D i e z
Diez años.
En ocasiones pienso que fueron diez años y otras tantas imagino que fue hace tan solo diez segundos. O creo que fue ayer y pongo en duda que realmente haya ocurrido. Me digo que posiblemente sucederá mañana y que aún hay tiempo para una última llamada. Porque hay cosas que no pertenecen al tiempo, cosas que permanecen debajo del tiempo, como una piedra permanece debajo del agua, y uno puede caminar durante años, durante toda una vida quizá, y de pronto volver a rozarla con el pie.
Nunca has sido tan invisible.
No sé dónde estás.
Pero ya no pienso mucho en eso.
Durante algún tiempo imaginé que cruzaste una puerta, después pensé que era una habitación, después un sueño, después nada. Ahora que ya casi no pienso en nada, que todo pensamiento ha encontrado su merecida extinsión, creo que quizá la muerte sea simplemente escapar de la luz que nos resulta visible.
Porque eso hiciste alguna vez.
Abandonaste la faz visible de la tierra para direccionar unos pies que caminaban al revés. Y quiero escribir de nuevo que soy un pez experimentando la adultez con demasiada estupidez y que partiste un día tres y de eso ya son diez. Me animo a conservar las letras anteriores para recordarme en un futuro la justa mediocridad de mis intenciones literarias. Descarto una oración para sustituirla por otra peor.
Diez años. Diez años de escribirte, de no saber escribirte. Diez años de buscar una palabra que no existe. Y, sin embargo, hay otra conversación. Porque escribir aquí ha sido en gran medida la primera y única forma de conversar contigo. Una conversación que aún no sé cómo nombrar. Una interacción que prefiero callar con el escaso entorno.
Y comienzo a pensarte sujetando el volante. Respiro, inhalo y exhalo, miro hacia dentro. Te visualizo con una expresión de serenidad, entusiasmado por el paisaje a los costados. Entonces algo sucede en el silencio, algo tan diminuto que parece no existir. Un viento acaricia mi espalda.
Y pienso que estás ahí, de frente, intentando decirme algo. Y te escucho, recibo tu mensaje, percibo lo que dices, quiero decir. Quién sabe, quizá soy yo quien, después de diez años, ha aprendido a escucharte. Me he hecho a la idea de que eres tú y yo conversando en plenitud y cualquier otra explicación me resulta absurda e incomprensible.
Ya no quiero preguntarte por qué ocurren ciertas cosas. Hay preguntas que también desaparecen. Últimamente prefiero pensar que caminamos juntos durante un tramo y después el camino, naturalmente, se divide.
Yo continúo en este lado del camino.
Imaginando que aquí sigo.
A veces desorientado. En ocasiones cansado. Casi siempre feliz por cosas verdaderamente insignificantes.
El café sobre la mesa.
La lluvia.
El murmullo de lo efímero.
Las notas de una canción sin concluir.
Un halo de luz.
La luz de la mañana.
Siempre la mañana.
No hay mucho que pueda decirte después de diez años.
Que sigo aquí.
Que contemplo la luz del faro.
Que irremediablemente camino con los pies en los hombros. Con los pies en tus hombros.
Y que ciertos días, ciertas mañanas caprichosas, cuando el día comienza y por un instante todo parece quedarse quieto, vuelvo a sentir que no estoy tan solo en esto.
E ignoro si eres tú.
No sé si soy yo, en alguna realidad alterna.
Quizá no haya ninguna diferencia.
Quizá conversar contigo haya sido siempre esto:
continuar caminando,
seguir escribiendo,
contemplar el silencio,
descifrar el mensaje de una procedencia lejana
o de muy dentro de mí.
Y si alguna vez estuviste aquí,
si alguna vez fuiste tú quien habló,
si alguna vez hubo alguien al otro lado,
no permitas que lo olvide.
Y si no fuiste tú,
si nunca hubo nadie,
concédeme la gracia
de seguir escuchando.
Diez años.
Y todavía no he llegado al final de aquella conversación.
Nunca has sido tan invisible.
Nunca he estado tan cerca de ti.












Al otro lado del sol...
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