M A R E A
♒︎
Eres de cierto pensamiento que, por demás, nos parece curioso. Eres de ese pensamiento que sostiene que todo vuelve a su sitio. Y dices que todo vuelve, y te aferras a ello. Vuelve, vuelve: seguro que vuelve, dices.
Y nadie sabe si regresa o si, en realidad, nunca ha partido, porque la ola que toca la arena ya estaba allí incluso antes de nacer, dormida dentro de otra ola, y esa misma dentro de otra, y dentro de otra. Como bien hemos aprendido, el agua no sabe hacer otra cosa que soñarse a sí misma hasta olvidar quién comenzó el sueño.
Porque no existe una primera ola, es que no existe una última. Sólo una respiración interminable que cambia de nombre cada vez que alcanza la orilla.
Repites que vuelve.
Y hay algo respirando bajo la espuma.
No es un pez. No es el viento.
Es algo anterior al agua. Una habitación sumergida donde las paredes conservan la humedad de las palabras que jamás fueron pronunciadas y que envejecieron por permanecer ahogadas. Las algas escriben lento, en calma.
Miras el agua.
Y dices que el agua te mira.
Y entre esas dos miradas ocurre una tercera, inmóvil, que no pertenece a nadie.
Y, a
decir verdad, no se sabe cuál de los dos sueña al otro. Ni siquiera se sabe si
todavía existen un tú, un yo y un mar. Todos pensamos, es decir, somos de la idea de que esa obsesión terminará por hundirte en tu propia miseria.
Una gaviota cae hacia arriba.
Los peces flotan en un cielo líquido.
El sol se convierte en una pupila inmensa, fatigada, que intenta recordar el rostro que la soñó antes de que existiera la luz.
A menudo comentas que todo posee una lógica insoportable: una lógica líquida, una lógica tan antigua que las piedras apenas son un accidente dentro de ella. Las preguntas nadan como peces ciegos. Las respuestas, si alguna vez existieron, fueron devoradas hace siglos por un animal transparente cuyo cuerpo era exactamente igual al del mar.
El mar vuelve, dices, y te aferras a ello.
Vuelve.
Vuelve.
Cada regreso deshace el anterior. Lo corrige. Lo niega. Lo reemplaza con otro regreso que también será negado, porque el mar jamás vuelve al mismo sitio, aunque insistamos, absurdamente, tercamente, desesperadamente, en llamarlo regreso, cuando parece no ser más que la obstinación infinita del agua por convertirse en memoria.
Una obstinación igualmente infinita de la memoria por fingir que alguna vez conoció el reposo.
Entonces la serenidad comienza a pudrirse lentamente hasta confundirse con el vértigo.
La espuma deja de ser espuma.
Es un rebaño de pulmones blancos respirando al unísono.
Cientos.
Miles.
Millones.
Respiran.
Respiran.
Respiran.
Y cuanto más respiran, más evidente resulta que no buscan aire, sino olvido.
El agua golpea la arena con la paciencia de un creyente que ha rezado durante mil años la misma plegaria sin comprender una sola palabra. Con la violencia de un dios que olvidó la causa de su furia pero no la costumbre de destruir.
Cada ola insiste.
Fracasa.
Cada ola vuelve a insistir, porque el fracaso necesita repetirse para no desaparecer.
Todo avanza.
Retrocede.
Permanece.
O quizá nada permanece y somos nosotros quienes, incapaces de soportar el movimiento absoluto, inventamos la permanencia del mismo modo que inventamos el horizonte, el tiempo, los nombres, el mar.
Inventamos el mar para no admitir que somos nosotros quienes estamos siendo soñados por una inmensa criatura dormida bajo las aguas, una criatura que mueve apenas un músculo mientras duerme y cuyo movimiento mínimo levanta continentes, arrastra lunas, envejece rostros, construye recuerdos que jamás ocurrieron.
La orilla tiembla.
No como arena.
Después, de repente, nada.
Sólo el rumor.
El ir.
El volver.
Sólo esa respiración que continúa incluso cuando nadie escucha.
Y comprendes que las olas no se mueven.
Nunca se movieron.
Somos nosotros quienes atravesamos lentamente la memoria del agua. Somos nosotros quienes pasamos por ella como una sombra atraviesa un espejo, convencidos de caminar mientras el océano, inmóvil en el centro de su infinito, nos sueña una y otra vez hasta desgastarnos, hasta devolvernos, grano por grano, al lugar del que nunca salimos.
Te repites que el mar vuelve.
Vuelve.
Vuelve.
Y cuando el silencio, exhausto de repetirse, aprende finalmente a respirar con el agua, ya no queda nadie para distinguir entre el mar, el sueño y aquello que, desde el principio, respiraba debajo de ambos.











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