| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

C I E N ✎ ATL ∙ M. SYLDER ∙ T. SABIDO.

A T L. 

 Terco ígneo ser ardiente entre estos restos de historia incide; en raudo caballo vamos. Ensueño, vigilia, difícil distinguir. A la hora en que somos más aún, resisto los embates del tifón. Disfraces, saltimbanquis, guerreros pacifistas, objetores de conciencia, palabras albañiles, armisticios no en la poesía. Este cuerpo adolorido se yergue puntual a diario con una singular curiosidad no todos los días, escudriñando el trémulo día a día buscando el hogar. Casi cien jardines, un incendio en masa, hartos ojos, manos, pieles de gallina. Somos en los ojos que leen y se preguntan qué demonios escriben los humanos de barro craquelado. Uno más.

M A R I O N   S Y L D E R.


Chapuzón 100 — en una sola toma

Otro día sin resolver la pregunta.

¡Carajo!

Dicen que

a quien nace pa’ tamal

del cielo le caen las hojas…

Los primeros pensamientos de la mañana me confirman que aún no he logrado librarme de la ansiedad. Aunque mi mente consigue quedarse quieta a ratos, de pronto —como un pinchazo— regresan esos impulsos eléctricos primitivos que activan el estado de alerta y me ponen en guardia ante el mundo y sus peligros, en cualquiera de sus formas y tiempos.

La mañana me encuentra mirando esas fotos antiguas que hoy adquieren otro tono por el paso del tiempo. Son hojas de otoño que envejecen ante mis ojos. Caían, girando lentamente, hacia mis manos a través de los años. Hoy descansan aquí, inmóviles, pero no intactas. Y algún día se borrarán de ellas las imágenes.

Como un perro que se persigue la cola, sigo un rastro. Intento olfatear huellas del porvenir. ¿Hay peligro en el aire? A decir verdad, muchas veces el aire ya no huele a nada…

Y ahí voy, pues, a la buena de Dios —subiendo los peldaños del trampolín sin mirar abajo.

Escribo estas palabras para Pies en los Hombros, como tantas veces.
Escribo.
En un salto de fe.
Dándole la espalda a la ansiedad,
porque el corazón exige —por diezmillonésima vez— un nuevo chapuzón en la hoja en blanco.

Venía

revoloteando, revoloteando

de aquí

para allá
dibujando
patrones improbables
y ahora
ha caído

en tus manos

una hoja más

de ese árbol

llamado

Pies

en

los

Hom-

bros.

Esta vez lleva grabado el número

✶ 100 ✶

Que sigan cayendo.

 

 

 T A R S I C I O  S A B I D O.

   Trabajo alternativamente entre mis pensamientos y el proyecto de vida que abandoné hace dos vidas: hace apenas dos párrafos, hace un par de segundos. El tiempo no es una línea sino una manía, una repetición obstinada. Me prometí ser algo en la vida. Me repetí  tantas veces como pude que sería alguien sobre la faz de la tierra que por poco me olvido  que todo y más ya está ocurriendo. Y saber que mi historia no será más que un pestañar en la vastedad del cosmos me paraliza y me deja mal parado. Seré un hombre de letras, me dije. Me extinguiré con las letras, pensé, sonriente y desnudo ante al espejo.

     Di por sentado que no descubriría el sentido de la vida. No en esta. Tal vez haya otras esperando turno. Y si he de reencarnar, pienso, que sea en un párrafo mejor construido. Y cada vez que me siento a escribir para Pies en los hombros, la pregunta vuelve: ¿existe algún sentido de todo esto? No encuentro respuesta. Cien publicaciones. Cien intentos. No son logros; son reincidencias. La prueba de que he vuelto a nacer cien veces en la misma habitación, frente a la misma máquina y su teclado en deterioro. Es de noche y el techo se convierte en un pequeño cementerio de luciérnagas eléctricas. Presiono las teclas y oigo el crujido diminuto de otras vidas acomodándose dentro de este cuerpo que insiste en creerse mío. Así se forman los recuerdos, pienso. No hay línea recta. Hay una habitación en la que la mesa tambalea siempre del mismo lado. La mesa en la que escribo tambalea. La calzo con un cartón doblado y, al hacerlo, tengo la absurda sensación de estar corrigiendo algo esencial, algo que debió corregirse desde el principio. Escribo sobre esa superficie inestable porque existir es exactamente eso: plasmar una idea sobre algo que no deja de moverse. No hay estabilidad; hay compensación. No hay equilibrio; hay ajustes sucesivos.

    Fallé una vez. Y vuelvo a fallar. Y, sin embargo, vuelvo a escribir. En cada texto hay una tentativa de ser aquello que nunca he sido. Ensayo futuros imposibles para que el pensamiento exista, aunque sea unos segundos, bajo otra forma. Escribir es inventar una versión de uno mismo que respira mejor que uno mismo.

     Escribo a toda prisa porque se me hace tarde para llegar a ningún sitio. Me urge volver a ser el mismo hombre frente a la misma mesa, ajustando el mismo cartón, repitiendo el gesto. Reencarnando en cada oración.

    Realizo una mirada circular y me encuentro insatisfecho. La insatisfacción es mi verdadera biografía. No hay nada que pueda cambiar fuera de mí. Cada texto escrito con tinta invisible. Cada letra respirando en la pantalla. He sido un foco fundido en medio de una pieza con los muros cuarteados. Lo sigo siendo. Pero incluso un foco fundido conserva en la memoria la luz que lo habitó. Escribir no significa iluminar, sino recordar la luz.

Dirijo la mirada hacia un punto fijo en el cielo. Siempre el mismo. Estoy obsesionado con observar la nada y me reconozco entre la inmensidad y la insignificancia. Permito que la nada ocupe mi pensamiento. Escribo aunque no haya sentido. Escribo porque no lo hay. O porque, si acaso existe, se esconde en el acto mismo de sentarse frente a la mesa que tambalea y decidir, una vez más, continuar.

   Hay una voz dentro de mí que no se calla. Acusa, ironiza, exagera, repite. Borro y comienzo. Borro y comienzo. Retroceder es, en ocasiones, la única forma honesta de avanzar.

   Cien publicaciones después, no he descubierto el sentido de la vida. He descubierto algo más modesto y verdadero: al escribir coloco un cartón bajo la mesa del mundo que habito. No busco enderezarlo. Tampoco salvarme de lo inevitable. Solo sostenerme un instante más. Y mientras la mesa no caiga del todo, mientras los dedos persistan en su terco desplazamiento sobre la superficie inestable, mientras alguien, aunque sea uno mismo, lea siquiera el título y sienta una leve interrupción en su propia caída, seguiremos aquí. Con los pies en los hombros. Insistiendo. Reencarnando en cada frase. Celebrando no el número, sino la obstinación de seguir escribiendo.

 


 

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