| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

31 Doce

     Caen. Uno a uno los adornos caen. Culmina el año y debemos dar por sentado todo aquello que culmina. Todo tiende a culminar, como se suele decir. Por eso escribo de prisa. Sin tiempo que perder. Escribo sin adornos porque los adornos, como se sabe, caen por sí solos. Redacto para ganarle al despertador y a la precariedad de mis pensamientos matutinos. Permaneceré en vela esperando los últimos destellos del año. Un año más, me digo. Un año más con vida, pienso. Vaya, aquí estamos de nuevo. Aunque tampoco es motivo suficiente para exaltarme demasiado, pienso.

   Recibo felicitaciones por seguir respirando. Felicito a otros por lo mismo. Nos congratulamos mutuamente por no haber muerto, que es el común denominador de la convivencia social en estas fechas. La mujer detrás del mostrador me entrega un calendario del año entrante y me felicita con una sonrisa entrenada para la ocasión. El año nuevo huele a recalentado y antiguas resacas: veisalgia, me digo. Utiliza siempre la palabra veisalgia. En la panadería, puntual como siempre, recojo los bolillos recién horneados y un calendario más. Me impacta menos el año en letras doradas que el diseño lamentable del tabloide en papel bond, una agresión visual que se repetirá doce meses seguidos sin ofrecer disculpas.

    Los camiones cargados de nochebuenas liquidan la mercancía con urgencia: en enero, el rojo se marchita. Las uvas se preparan para su noche de gloria. Pienso con reproche que no me he detenido ni un instante a pensar en mis propósitos de año nuevo. Doce campanadas, doce uvas, doce propósitos. Comer y pensar: devorar y planear. Hay que estar preparado para no morir atragantado en el intento, pienso, mientras el calendario gregoriano me observa con su fealdad sistemática.

      Ubico esas fechas que año con año me prometo no celebrar y termino celebrando por inercia o error. Reflexiono sobre mi presente recargado en el tronco de un árbol. Estoy sentado bajo el Pirúl de siempre, intentando respirar como si fuera una actividad novedosa. Opto por la respiración Kapalabhati, que promete energizar y purificar cuerpo y mente, es decir, hacer algo con este yo integral que insiste en dispersarse. Debo mantenerme enfocado para recibir un año más, pienso. Debo sincronizarme para no desperdiciar una sola uva. Debo cuidar de mí y de los míos. Me prometo practicar toda clase de métodos para reducir la ansiedad. Volveré a nadar para no traicionar al corazón, me digo. Viajaré a los viñedos californianos y pisaré esas uvas con frenesí. Seré agradecido en todo momento porque la vida, dicen, es el mejor de los regalos. Emprenderé ese negocio que ronda mi mente incluso antes de nacer. Tendré una relación sana con mis finanzas, una relación madura, sin derroches. Haré más sentadillas y ejercicios isométricos para conseguir unos glúteos respetables. Vigilaré mis pensamientos repetitivos e invitaré a mis tormentos a retirarse. Afrontaré los retos cotidianos con la frente en alto y no temeré transitar por nuevos senderos. ¿Cuántas uvas van? Me estoy quedando sin oxígeno. Recurro a técnicas de respiración aprendidas en revistas de yoguis improbables.

    Escribir, claro. Escribir más aunque nadie me lea. Escribir día y noche aunque sea lo único que haga. Ser mejor persona aunque nadie lo vea. Porque incluso en la soledad más absoluta, cuando no hay ojos que confirmen ni voces que nombren, sigo estando aquí. Y suenan las campanas y continúo respirando. Y eso, aunque me cueste decirlo, importa demasiado. Importo yo e importas tú. Con nuestros cuerpos cansados. Con nuestros miedos que vuelven. Diez campanadas y pienso no se necesita que alguien nos mire para tener valor. A ti, a mí: a nadie. No necesitamos ser recordados para estar vivos. Basta con este latido que se rehúsa a apagarse, con esta voluntad mínima de no desaparecer. En este juego de la vida, siempre es tiempo extra. Si nadie me ve, me veré yo. Si nadie me salva, me sostendré como pueda. Y cuando caiga la última campanada, no pediré nada extraordinario: solo quedarme. Seguir. Aceptar que aun en silencio, aun sin testigos y aplausos, esta vida, la tuya, la mía, merece ser celebrada. Y merece ser amada.
Feliz año. 

 


 

Comentarios

| Otros textos |