A r u 在
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Acudiendo a los hábitos que fomentan una vida equilibrada, limpie la maleza de su subconsciente antes de volver en sí. Procure no despertar con esperanza. La esperanza es resbalosa en diciembre y suele terminar en derroche y confesiones innecesarias. Sitúe una extremidad fuera de la cama y levántese con cautela. Tome una profunda bocanada de oxígeno e intente no pensar en el futuro inmediato. Para celebrar la Navidad, empiece por aceptar que ya es tarde. Siempre lo es. No intente corregir esto. Acepte la versión editada de sus seres queridos e intente combinar su sonrisa con la falsedad de la ocasión. Respire. Inhale y exhale. Cuente hasta diez. Si se distrae en el siete, vuelva inmediatamente al cuatro. Mantenga en todo momento la compostura, esa prenda incomoda que suele usar en reuniones familiares. Siga las tradiciones, pero con distancia. Arrulle al niño sin mirarlo a los ojos. Hoy no ha nacido nadie. Entone los villancicos sin creer demasiado en ellos. Coloque en el árbol la estrella ligeramente torcida, asemejando su fe en el futuro. Si el árbol es de plástico, agradézcalo en silencio: pues no perderá hojas ni ilusiones. Evite cuidadosamente los siguientes temas: ¿Y tú, para cuándo…? Antes no eras así. Deberías sonreír más. Si alguien pregunta por su vida sentimental, laboral o espiritual, responda con frases cerradas y amables, del tipo: “Ahí vamos.” “Interesante, la verdad.” “Un proceso.” Estas frases no significarán nada para usted, pero funcionarán como puertas impenetrables. Si un familiar insiste en contar una anécdota que ha escuchado con anterioridad, asienta con gravedad. No lo contradiga. La memoria navideña es sagrada y profundamente inexacta. Si alguien intenta involucrarlo en una discusión política, religiosa o nutricional, mire fijamente el centro de la mesa. Finja fascinación por el mantel. Pregunte por la receta. Los romeritos siempre ganan. Para brindar, levante la copa con la mano menos temblorosa. Diga algo breve. La Navidad no tolera discursos largos ni verdades completas. Un “salud” es suficiente para no revelar los tormentos que este año trajo consigo. Agradézcase mentalmente todo lo vivido; que ha llegado hasta aquí, que no es poca cosa. Y coma. Aunque no tenga hambre, coma. Aunque esté lleno de fastidiosos recuerdos, coma. La comida navideña no se ingiere: se cumple. Mastique despacio para no pensar rápido y que Dios lo asista en el recalentado. Si en algún momento siente ganas de llorar, hágalo en el baño, junto a la vela con olor a manzana y canela. Llorar ahí es higiénico y socialmente aceptable. Permítase entonces un llanto más hondo, no por una pérdida concreta, sino porque ha comprendido, de golpe y sin ceremonia, que todos los que lo rodean están en proceso de extinción. Llore porque sus cuerpos avanzan como relojes defectuosos, porque sus voces ya ensayan el eco, porque incluso ahora, sentados a la mesa, comienzan a desaparecer lentamente. Llore por las risas que un día quedarán suspendidas en el aire como muebles abandonados, por los nombres que se irán deshilachando hasta volverse polvo. No dramatice: este llanto no exige testigos ni consuelo. Es el reconocimiento íntimo de una verdad impronunciable, una forma discreta de acompañarlos mientras todavía existen. Piense en el Hijo del Hombre y su rotunda inexistencia. Observe su reflejo en el espejo y reconozca que usted es su único compañero. Posteriormente lávese la cara y vuelva como si nada. La Navidad premia la discreción. Finalmente, cuando todo termine y quede el silencio lleno de envolturas y promesas falsas, felicítese a sí mismo, pues no murió en el intento. Apague las luces con cuidado. Mañana será otro día ordinario, que es, en el fondo, el mejor de los regalos. No olvide dormir. Soñar es opcional.











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