P E C E S 𓆝 𓆟
Es la quinta vez que nazco. La quinta, me digo. Esta es la quinta ocasión que nazco, y nazco mal; nazco torcido, nazco ya cansado. Cinco veces y siempre el mismo error, siempre el mismo gesto mal hecho, la misma frase dicha tarde, la misma mano extendida hacia el vacío. Dos enfrentamientos de armas, un suicidio asistido y la lenta y consciente caminata hacia el desfiladero. Si contamos bien, son cuatro. Esta es la quinta. Esta es la que he decidido dejar que ocurra, sin resistencia, sin empujar el mundo para que se mueva. Estoy cansado de volver. Cansado de volver al mismo sitio. Al mismo segundo del tiempo. A la misma ilusión de que ahora sí será distinto. Quizá usted, amable lector, distinguida lectora, si es que existe y no es solo una proyección más de mi fiebre y de mis incesantes alucinaciones, no lo sepa. Pero ya me ha leído antes. Me ha leído cinco veces. Cinco vidas completas. Y lo peor no es haber muerto, sino que usted no me recuerde. Que no recuerde nada. Nada de nada, como se suele decir. Ese es el verdadero horror: escribir y volver a escribir y que el texto se borre cada vez, como un sueño que se deshace al amanecer. Esto es un bucle. Un mecanismo maldito. Una respiración cósmica que se repite hasta que uno acierta con la puerta correcta. El portal de lo eterno. Ese punto exacto donde ya no se nace. He escrito en cinco idiomas distintos. En todos fui leído, poco o mucho, intensamente o apenas hojeado. Pero siempre fui leído. Y antes de morir en mi cuarta vida soñé, con una precisión obscena, esta misma existencia: la mesa, la luz, el cansancio en las piernas, los pies en los hombros. Por eso ahora no duermo. Porque dormir es ensayar el infierno que viene. Porque soñar es adelantar la condena. Estoy condenado a repetir los mismos patrones. A amar igual. A fallar igual. A decepcionar de la misma manera pulcra y sistemática. Aprendí a no mentir. Sí. Pero también aprendí a rodear la verdad con palabras, a vestirla, a volverla irreconocible Y mientras escribo cuento el ritmo de mi respiración, uno, dos, uno, dos, pero ya no sé si soy yo quien cuenta o si alguien cuenta por mí, porque el uno se adelanta al dos y el dos se queda atrás, y entonces empiezo de nuevo, uno, dos, uno, dos, como si al contarlo pudiera asegurarme de que falta poco, de que siempre falta poco, de que esta vez sí falta poco, aunque esa frase ya la he dicho antes, muchas veces, demasiadas veces. Y lo siento en el pecho, brr, brr, brr, no como un latido sino como un motor mal ajustado, como algo que quiere salir o entrar, no lo sé, y pienso que quizá no es el corazón sino una idea golpeando desde dentro, insistiendo, brr brr brr, mírame, escúchame, repíteme. Hablar de anos y de coito me vuelve más irrespetuoso, dicen, pero ¿quién dice?, ¿ellos?, ¿los mismos de siempre?, porque todos tienden al ano y todos tienden al coito, eso es evidente, eso es biológico, eso es casi tierno, pienso, pero no todos tienden a la histeria repetitiva de la religión, pienso, aunque cuando tienden a ella son absueltos, siempre absueltos, lavados, bendecidos, borrados. Porque vale más la hipocresía. Vale más la hipocresía que el cuerpo. Vale más la deshonestidad dicha en voz baja que la verdad dicha en voz alta. Y siempre es así. Siempre. Lo digo y lo repito porque si no lo repito se me escapa, se me desarma el mundo. Una y otra vez es y será así, aquí sí, allá no, esto sí, esto no, este cuerpo sí, este no, esta culpa sí, esta no. La misma tolerancia dosificada con jeringa, con regla, con miedo. Dos peces nadan en direcciones opuestas, pero recuerdan el mismo origen del agua. Saben que el mar no perdona los regresos y que el tiempo, como la corriente, separa sin preguntar. Entonces eligen hundirse, no por rechazo a la vida, sino por fidelidad al encuentro: dejar de luchar contra el cauce para reunirse en lo profundo, donde el agua ya no empuja y todo vuelve a ser uno. Allí no hay final, solo un fluir distinto, más lento, más verdadero, donde reconocerse otra vez. ¿Y cómo se siente esta quinta vez? Y lo sé, lo sé demasiado bien, y aun así lo vuelvo a pensar, lo vuelvo a decir, lo vuelvo a escribir, porque pensar otra cosa sería confiar, y confiar ya no me ocurre. El mismo dedo acusador señalando el cuerpo mientras absuelve la guerra. Y sueño demasiado. Sueño incluso despierto. Sueño con corredores infinitos llenos de mis propios libros, escritos por versiones mías que ya no recuerdo, con peces que leen mis frases en voz alta desde el fondo del mar. Sueño con los peces que saltan de su pecera para volver a la inmensidad. Sueño con un niño que soy yo y que me mira decepcionado porque no fui capaz de detener el ciclo. Sueño con mamá que me ha visto tantas veces y aún le resulta complicado reconocerme. Esta es mi quinta vida, pienso. Y he decepcionado a todos. Incluso a mí, pienso. Y voy a hacer otro texto para justificar mi existencia, me digo. Dos siluetas se cruzan sin tocarse. Una mira hacia atrás, cargada de peso; la otra avanza, casi transparente, como si ya hubiera entendido. Dejar ir no es huir: es aceptar que una parte de nosotros se queda quieta para que otra pueda seguir caminando. El adiós no rompe, aligera. Y en ese paso hacia adelante, algo duele: pero algo, por fin, respira.












Comentarios
Publicar un comentario