Champurrado (Día de Muertos)
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Perplejo. Estoy sentado y perplejo. Siento el frío recorrer mis nalgas. Bajo la mirada. No. No puede ser. Reconozco la tela, reconozco el elástico, pero no reconozco semejante agujero. Paso un dedo. Pasan dos. Me detengo, no continúo. Hay cosas que uno no necesita averiguar por completo.
Debí tirarlos ayer. Eso pienso ahora. Ayer tuve tiempo. Estuve sentado buena parte de la tarde pensando en lo que debía hacer hoy. Pude haberme levantado, dirigirme hacia la habitación. No habría tenido inconveniente alguno en abrir un cajón. Pero uno piensa en demasiadas cosas al mismo tiempo. Otoño siempre trae consigo un abanico de pensamientos. Se deberá al descenso de la temperatura, pienso. Al inevitable y lento desprendimiento de las hojas. El sendero de hojarasca. O será mercurio retrógrado. Tiene que ser eso. Un planeta altera su marcha aparente y uno pierde la capacidad de concentración. Es comprensible. Hay fuerzas mayores. Lo leí en alguna parte, estoy seguro que lo leí en algún sitio, aunque no recuerdo dónde. Tampoco puedo exigirle tanto a mi memoria con Mercurio en esas condiciones. Mejor esperar. Aguardar, vaya. Dejar que los astros se acomoden. Entretanto empieza a oler a mandarina. Aparece el papel picado. En las esquinas venden flores de un amarillo que uno reconoce antes de recordar para qué las venden. Después llega el olor del cempasúchil, ese olor que nunca me ha gustado y que siempre me hace pensar en alguien. Uno recuerda a sus muertos. Compra flores. Compra veladoras. Se pregunta si habrá cerillos en casa. Debí tirar estos calzoncillos ayer, pienso. Pero ayer pensaba en otra cosa. En más de alguna cosa habré estado pensando. San Mercurio retrógrado, otra vez. Por fortuna los muertos tienen su día señalado. Basta con salir a la calle para que alguien se lo recuerde. Los calzoncillos, en cambio, dependen enteramente de uno. Y uno tiene tantas cosas en la cabeza que termina por pasar por alto esto y aquello. Después habrá tiempo, piensa. Y continúa sentado.
La calabaza, pienso. Fue la calabaza en tacha. Aunque también estaba el camote achicalado. Tan buenos que estaban ambos. Tan suaves. Apenas los tenía en la boca y ya se deshacían. Ahora preferiría no recordarlos, pero los recuerdo. Recuerdo el almíbar y su sabor al chupar la cuchara. Recuerdo haber dicho que sólo otro poco. Bajo la mirada. El agujero sigue ahí, intacto e inerte. Junto los bordes de la tela. Los suelto. Vuelven a separarse. Otra punzada en el estómago. Quizá fueron los tamales. Comí dos. El segundo, mientras explicaba que ya no me cabía nada. Después vino el champurrado. Exquisito brebaje de maíz con chocolate y piloncillo. Espeso, dulce. Desde el primer sorbo le encontré algo sospechoso. Tomé otro sorbo. Lo sospechoso seguía ahí, debajo de lo dulce. Me lo terminé por educación. Siempre he tenido esa dificultad: prefiero un daño a una descortesía. Dije que estaba muy bueno. Incluso di las gracias. Y ahora esto. El frío en las nalgas. Y una punzada más. Los calzoncillos entre los zapatos. Vuelvo a juntar los bordes de la tela. Los sostengo un momento. Así, juntos, casi no se nota.
Llegué al panteón. Primero de noviembre. Las flores bajo el brazo, los cerillos en el bolsillo. Sentí una punzada y después otra. Entre la primera y la segunda comprendí que quien me esperaba podía seguir esperando, pero yo no. Encontré este baño junto a la entrada. Alcancé a cerrar y por suerte alcancé a sentarme. Después debió bajarme la presión.
Recuerdo
haberme inclinado hacia delante. Un poco y luego otro poco más. Después el
golpe de la frente contra la puerta. Alguien preguntó si estaba ocupado. Dije
que sí. Debí decirlo muy bajo porque volvieron a preguntar. Volví a decir que
sí, ocupado. Luego derribaron la puerta. Hay gente que no sabe esperar bajo ninguna circunstancia.
Ahora la puerta está otra vez en su sitio. Eso me tranquiliza. Me gusta que las cosas vuelvan a su sitio, sobre todo las puertas de los baños. Pero lo que en verdad me inquieta ahora mismo son estos calzoncillos. Si llegara a pasarme algo. Si vinieran a levantarme. Porque primero lo levantan a uno y después lo desvisten, naturalmente. Y ahí estaría el agujero, a la vista de todos. Uno procura andar limpio, perfumado, saludar a propios y extraños, llevarles sus flores a los difuntos. Procura cumplir en todo, vaya. Y basta un descuido para que, al año siguiente, entre el pan de muerto y el café, alguien diga: pobre hombre. Y otro pregunte cuál. Y le respondan: el de los calzones rotos.
Pienso en el Tigre de Santa Julia. Don Eutiquio, el del puesto de periódicos, decía que lo habían abatido mientras hacía sus sagradas necesidades. Sagradas, decía. Y bajaba la voz, como si todavía hubiera que guardar respeto por lo que aquel hombre dejó a medias. Yo pensaba que bien podían haberlo esperado. Permitir que terminara. Que se subiera los pantalones, o qué se yo. Ya después lo que dispusieran. Pero no. Según decía don Eutiquio, ni tiempo de limpiarse le dieron. Así lo contaba él y parecía ser cierto. Después alguien me explicó que lo habían agarrado así y que lo fusilaron más tarde. Puede ser. Don Eutiquio contaba todo de memoria, entre el cambio que daba y los periódicos que acomodaba. A veces mataba al Tigre de santa Julia entre los nopales. A veces alcanzaba a llevarlo a la cárcel. Pero siempre lo encontraba con los pantalones abajo. Eso no cambiaba. Era la única invariable en su relato. Tantas cosas que habrá hecho aquel hombre. Tantos años de andar por ahí. Y cada Día de Muertos, cuando don Eutiquio ponía su veladora junto a la caja del dinero, volvía a contarlo. Lo de los pantalones. Lo de las sagradas necesidades. Y entonces desciendo la mirada y espero que a su debido momento alguien tenga otra cosa que contar de mí.
Escucho pasar gente. El día más concurrido en el panteón. Es una suerte que los baños estén justo en la entrada. Escucho que unos pasos se detienen. Una mujer dice que las flores están cada año más caras. Los pasos continúan. Luego vuelvo a escucharlos. Se detienen en el mismo lugar. La mujer dice lo de las flores. Debe tener razón. Las mías siguen aquí, junto a mis zapatos. No se han marchitado. Las sustraje del jardín principal a media noche, mientras el pueblo dormía. Aquí las tengo junto a los pies y en cuanto termine iré a dejarlas. Sé dónde. Al fondo, después del árbol, donde siempre. No recuerdo el nombre escrito en la piedra, pero sabré reconocerlo cuando lo vea. Hay nombres que uno reconoce sin necesidad de leerlos. Los oye y vuelve la cabeza.
Ya que ando por aquí, pasaré también a ver a don Eutiquio. Le llevaré unas flores. Le contaré lo de la calabaza. Le va a dar risa. Si hasta me parece oírlo. Aunque también me parece haberle contado esto. Lo del camote achicalado, lo del champurrado. Haber dejado estas mismas flores junto a su nombre y haberme quedado esperando a que dijera algo. Algo dirá, pensaba yo. Siempre tenía algo que decir. Y mientras esperaba, alguien golpeaba una puerta junto a la entrada. Dejaba de golpear. Volvía a empezar.
Pero primero debo terminar aquí. Después visitaré a mis difuntos. A cada quien sus flores. A cada quien su rato. Luego volveré a casa y tiraré estos calzoncillos. Sin falta. Antes de que se me pase. Paso un dedo por el agujero. Pasan dos. Sigue del mismo tamaño. Algo es algo.
Afuera alguien dice que es primero de noviembre. Se acercan unos pasos. Se detienen. Las flores están cada año más caras, dice una mujer. Eso ya lo dijo. O lo dijo el año pasado. Recuerdo la voz. Recuerdo los pasos.
Voy a levantarme. En cuanto pase esta punzada he de ponerme en pie. Me acomodo. Hay tiempo, pienso. Primero lo primero. Entonces alguien golpea la puerta y pregunta si está ocupado. Voy a responder. Sé bien lo que voy a responder. Lo he respondido tantas veces y siempre me parece la primera. Siento el frío recorrer mis nalgas. Bajo la mirada y permanezco unos instantes perplejo.
Voy a levantarme. Dentro de un momento voy a levantarme.
Afuera se detienen los pasos.
—Aquí fue —dice la mujer.
Siempre dice que las flores están más caras. Esto también lo ha dicho. Ahora recuerdo.
—Lo encontraron un primero de noviembre. Venía a visitar a quién sabe quién.
Alguien pregunta hace cuánto. No alcanzo a oír la respuesta. Oigo un número. Miro las flores. Siguen frescas. Las sustraje a media noche del jardín principal. Recuerdo perfectamente haberlas tomado sin que nadie me viera.
—Como al Tigre de Santa Julia —dice otra voz.
Quisiera corregirla. Al Tigre lo apresaron haciendo sus sagradas necesidades y lo fusilaron después. Tuvo tiempo de levantarse. De acomodarse la ropa. Eso importa, yo mismo investigué la verdadera historia.
Dicen que llegó ya bien malo, comenta una mujer. Pues yo lo que supe es que le dio una de esas famosas diarreas explosivas, dice la otra. Pues sabrá Dios, dicen. Cuando abrieron la puerta, ya estaba bien frío. Bien frio y bien zurrado.
—¿Y de eso hace cuántos años ya?
Pasa una carretilla. No oigo la respuesta. Después alguien se ríe y alguien dice que con los difuntos no se juega. Quisiera pedirles que hablen más fuerte. Saber de quién hablan. Pero viene otra punzada y vuelvo a inclinarme. La puerta está cerca. Tiene una mancha a la altura de mi frente. Me parece reconocerla. Debieron limpiarla. Aunque quizá sea la madera. La humedad. En estos lugares nunca se sabe.
Las flores siguen junto a mis zapatos. Frescas. Las tomé a media noche sin que nadie me viera. Sería la calabaza o el camote achicalado, pienso. En cuanto termine este asunto iré al fondo, después del árbol. Sé bien cómo llegar. He ido tantas veces que no necesito mirar los nombres. Llevaré las flores y me quedaré un rato. Hay cosas que sólo se me ocurren cuando estoy ahí y que después, de vuelta en casa, ya no recuerdo. De paso visitaré a don Eutiquio. Le hablaré de mercurio retrógrado y del sabor del champurrado. Algo habrá que contarle para que no diga que uno sólo viene por cumplir con la fecha.
Afuera arrastran algo.
—Cada año es lo mismo —dice una voz.
Puede ser por las flores. Por lo que cuestan. Por la multitud o las cubetas que la gente deja atravesadas.
Me acomodo. Todavía alcanzo.
Las puertas del panteón siguen abiertas. Huele a copal, a veladoras encendidas, a algo
dulce. Cierro los ojos y vuelve el sabor del chocolate. No debí repetir, pienso.
Alguien golpea la puerta.
—¿Está ocupado?
Voy a decir que sí. A pedirle
que espere. Sólo un momento. Que me permita levantarme y acomodarme los pantalones.
—Aquí es —dice la mujer—. Cada año se oye igual.
—Pues abre.
Quiero sujetar el pasador. Recuerdo haberlo sujetado. Recuerdo el golpe. La puerta en el suelo. Unos zapatos junto a mi cara. Pero la puerta está en su sitio. El pasador está echado.
Tal vez me quedé dormido. Tal vez lo soñé mientras esperaba a que se me pasara el retortijón.
—¿Ves? No hay nadie.
Debieron abrir otro baño. Yo sigo aquí. Afuera se alejan los pasos. Durante un rato no se oye nada. Miro las flores. No se ha caído un pétalo. Después vuelven los pasos. Se detienen.
—Las flores están cada año más caras —dice la mujer.
Debo darme prisa. Hoy es primero de noviembre. Me esperan al fondo, después del árbol. También debo pasar con don Eutiquio. Pero primero tengo que terminar aquí. Luego volveré a casa y tiraré estos calzoncillos, sin falta.
Perplejo. Estoy sentado y perplejo. Siento el frío recorrer mis nalgas. Bajo la mirada. No. No puede ser. Reconozco la tela, reconozco el elástico, pero no reconozco semejante agujero. Paso un dedo. Pasan dos. No continúo. Hay cosas que uno no necesita averiguar por completo. Debí tirarlos ayer.












¿Cómo se expresa un suspiro con letras?
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