| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

T R E G U A ✎ A T L

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    Se cierra la ventana de un Renault 12, modelo 1972. En el cristal se refleja —mira con atención— una longeva estela que lleva un árbol a cuestas. Una pelota amarilla desciende, tropieza con ella y se detiene contra un muro rojo, quedando inmóvil en el tope. Enfrente está la Florería Perséfone. Aura, sentada, teje como si extrajera de las flores la historia de su pueblo; aquel tiempo en el que todavía llegaban entusiastas abejas y colibríes.

Quienes miran el silencio se dan cita puntual. La cortina se levanta con su habitual escándalo. Iluso e infinito, Eusebio, mudo de nacimiento, lee de forma insaciable todo lo que encuentra y juega ajedrez sobre un tablero desgastado de concreto. Una niña canta «Witsi Witsi Araña» mientras hunde los brazos hasta los codos en un costal de frijoles negros. No hay mejor forma de prepararlos que con hojas de aguacate o epazote.

Los pies son turistas de las nubes dormidas; suben y bajan del tren ligero. El bestiario de Leonora transita por la avenida de la Luz. Caminan sobre una sola rueda, cubiertos por una capucha de universo y luciérnagas. Cada noche, al despertar, los gatos del sueño, devoran los faroles antes del amanecer. Las ventanas abiertas ronronean al acecho. La luz de la luna cae sobre el escritorio y escribe en el papel lo que cabe en un abrazo; mucho, aparentemente. Hay una apuesta pendiente. En el aire, el personaje de pantalones desgastados tararea con mirada melancólica. Atrás quedaron los días en que dictaba clases de historia en la universidad. ¿Sus hijas aún lo recordarán? ¿Lo habrán perdonado?

Atravesar y besar los fantasmas, los linderos, el amor. El primer beso en el parque, tardío, a los casi treinta años. La creación del afecto en medio del temblor del 17. Los cuerpos anudados. La Ventosa, el pueblo en ruinas y su gente aún sonriente.

Estoy cansado, pero aún camino. El rumbo se mueve, pero habrá que inventarlo hacia alguna parte. Deseo un temporal de lluvia, un guashmole y un agua de tamarindo; la sombra de un amate y llorar a lágrima viva, tal como escribe Oliverio, como un cocodrilo, como un cacuí.

Ábreme el pecho, toma mi corazón y llévatelo; es tuyo, ya te lo había entregado. Me pesa este disfraz, la rutina. Todos estamos cansados de fingir planes para la eternidad.

También somos lo que hemos perdido. Nuestro hogar. La tristeza es una mudanza. Mi casa, el mar. El miedo de olvidar —me digo—.

Los pasillos, las pastillas, las lunas, el olor a tierra mojada, el libro viejo, el pastel de tres leches, las flores, el temporal de mango, la poesía, el bosque, los cuerpos anudados negados a despertar y las infusiones.

En carne propia, el fuego mira dentro.

Tregua.

¿Dónde está mi barco?

En el horizonte con el atardecer anaranjado.

Dame tu mano, invítame a entrar, Terruño.

Se hace tarde. ¿Será para sembrar un jardín

con flores de colores que partieron hace tiempo?

Escribir en el aire con el perfume el perfume.

Estoy ciego. Busco a tientas. Trémulo escudriño. Ven, pajarillo, no hay puertas ni ventanas. Solo quiero verte, sentir la poesía de tus alas. Guardamos los mismos recuerdos de mimos. En un laberinto de historia donde se lloran plantas en los muros de la memoria.

Hay un bosque dentro del mar.

Yo puedo escuchar el canto.

Pero aún no conozco la nieve.

El silencio tiene una forma extraña.

Acercarse. Largo viaje a la noche.

Hay gatos en la luna; escucho su ronroneo desde aquí. Descalzo.

 


 

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