Vallín de Medellín.
Desnudo. Aquí estoy de pie. Solo y desnudo. Recargando la frente sobre la ventana de este cuarto sombrío. Me detengo un instante. Es lo que hago, mi deporte favorito: detenerme por un instante. Reposo la parte frontal de mi uniforme cabeza en la ventana mientras realizo pequeños movimientos circulares. Me propongo redactar el transcurso de los hechos. Paso a paso. Al pie de la letra.
Resulta imprescindible masajear la maldita testa para poner en orden las ideas. Así permanezco, inmóvil, hasta que percibo cómo se me acalambran las piernas. Estoy adherido al vidrio. Siento el frío del aire acondicionado recorrer mi espalda. Corro las persianas y me refugio detrás de ellas. Me inclino hasta alcanzar la bendita posición de cuclillas que me permite espiar entre las rendijas si es de día o de noche.
Medellín debe estar ahí afuera. Lo sé porque, en algún lugar detrás de las persianas, la ciudad continúa haciendo lo que hacen las ciudades cuando uno deja de mirarlas: respirar. Respirar sin uno. Eso es lo que siempre sucede. Todo continúa su propio ritmo cuando has dejado de observarlo. Y seguro están las montañas. Tienen que estar las montañas. Montañas y árboles creciendo con una desfachatez extraordinaria. Habrá agua bajando desde lugares que desconozco, agua que no necesita saber de mí para seguir bajando, y habrá pájaros, naturalmente, siempre hay pájaros, y vendedores ambulantes voceando sus inmejorables precios, y cientos, miles de motocicletas trasladando personas de un sitio a otro, de aquí para allá, de allá para acá, sin detenerse, sobre todo sin detenerse. Buses, iglesias y música. Frutas abiertas sobre algún puesto. Un hombre escogiendo un mango. El pie del mismo hombre aplastando un trozo de lulo. Una mujer esperando el cambio. Un niño que se resiste a caminar. Un perro callejero olfateando un cesto de basura. Dos gatas carey atravesando un tejado. Todos parecen conocer su destino. Pensar en eso me disgusta. Habrá también familias durmiendo debajo de algún puente y dos personas besándose en una esquina, porque siempre debe haber dos personas besándose en alguna esquina, pienso, incluso mientras otras dos se despiden para siempre en otra parte, y alguien nace, alguien muere, alguien pide otro guaro, alguien llama a su madre, alguien espera un taxi, alguien pierde las llaves, alguien contempla por primera vez las montañas que resguardan Medellín y piensa, Dios mío, qué hermoso es todo esto. Y todo eso sucede ahora. Ahora mismo. Mientras permanezco aquí. Desnudo. Con la frente contra la ventana. Sin mirar. Porque ésa es la parte verdaderamente insoportable: no necesito mirar para saber que Medellín continúa ahí. Podría cerrar los ojos. Los cierro. Medellín continúa. Podría cerrar las persianas. Ya están cerradas. Medellín continúa. Podría apagar las luces, desconectar el teléfono, meterme debajo de la cama, contener la respiración y procurar durante algunos segundos no existir. Y Medellín continuaría exactamente en el mismo sitio. Naturalmente que continuaría. Respirando, sin mí.
Y entonces se me ocurre, y en realidad no sé por qué se me ocurre, que quizá la ciudad no está detrás de las persianas. Que quizá soy yo quien está detrás. Y permanezco completamente quieto, con la frente pegada al vidrio, intentando decidir de qué lado de la ventana se encuentra realmente el encierro.
Cierro los ojos. Me concentro únicamente en la sensación de mi frente contra la humedad del vidrio. Una alegría descomunal, completamente injustificada, me invade. Sonrío. Celebro en silencio esta fusión milagrosa entre mi cuerpo y la ventana. Después de cinco días tomando decisiones lamentables, por fin algo parece corresponderme.
Se me ocurre besarla. Lo hago con cierta pasión, debo admitir.
—No tienes de qué preocuparte, nena. También lo estoy sintiendo.
Permanece en silencio. Eso me gusta. He tenido relaciones bastante más complicadas con personas que hablaban demasiado. La acaricio con la palma abierta. El vidrio está helado.
—Tampoco tienes que ser tan fría, bebé. Fue inesperado para ambos.
Nada. Ni una palabra. Una situación difícil. Me gusta todavía más.
Apoyo nuevamente la frente contra ella y permanezco así unos segundos, entregado a nuestra intimidad, hasta que comienzo a sospechar que la ventana está aprovechándose de mi vulnerabilidad.
—Te pido que no me hagas esto.
Silencio.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Silencio.
—No empieces, cariño.
Entonces, no sé si por efecto del cansancio, de las horas en vela, o de mi ya indiscutible capacidad para establecer vínculos afectivos con desconocidos, me parece escucharla.
—¿Qué dices? ¿Que dé media vuelta?
Me separo un poco.
—Eres una traviesa.
La ventana permanece en silencio, no lo niega.
Eso me preocupa.
—Mira, acabamos de conocernos.
Nada.
—Además, como puedes constatar, estoy atravesando un momento complicado.
Nada.
—Emocionalmente complicado.
Nada.
—Y financieramente tampoco estoy para presumir, cielo.
La ventana mantiene esa serenidad extraordinaria que sólo poseen los objetos y algunas personas que jamás han tenido que arrepentirse de nada. Una estoica, eso lo que es.
Me acerco nuevamente.
—No me malinterpretes, princesa. Me pareces preciosa. Vaya, transparente y algo fría, sí. Emocionalmente inaccesible, claro. Exactamente mi tipo, linda.
La beso otra vez.
Ahora con menos entusiasmo. Debo detener esto. He venido hasta el ordenador para reconstruir los acontecimientos, no para iniciar un romance con la arquitectura del hotel.
Me despido con la dignidad que consigo reunir.
—Adiós, amada mía. Nunca he de olvidarte.
Doy dos pasos. Me detengo. Regreso y apoyo una última vez la mano sobre el vidrio.
—Una última cosa, cariño mío. No le abras a nadie, por favor.
Entonces vuelvo al ordenador.
Encuentro distracción a cada instante. En cada minúsculo aspecto de mi entorno. No existe en el mundo algo que no consiga distraerme. Me repito a cada instante que no hay tiempo que perder. Que se debe aprovechar al máximo el valioso y eterno presente. Me digo que soy y seré perpetuo esclavo del eterno presente. Lo único cierto es que no hago el más mínimo esfuerzo para sacarle provecho al momento. Lo mismo podría estar haciendo esto o aquello, u otra cosa, o qué sé yo, y continuar reposando la frente sobre la ventana hasta que las ideas se alineen como es debido.
Hay algo afuera. No sé qué. No quiero mirar. Me satisface permanecer conmigo mismo por largos periodos de tiempo. Días enteros. Meses. Años. Nunca voy a ningún sitio sin mí. Aún no lo he cronometrado, pero seguro puedo estar conmigo mismo y mis pensamientos en la ventana por enormes lapsos de irrepetible y valiosísimo tiempo.
En ocasiones creo que mis pensamientos comienzan un nuevo rumbo. Tengo ideas brillantes. Me despego de la ventana, el inesperado amor de mi vida, y corro al ordenador para intentar registrarlas. Soy un maldito genio, pienso, y corro desnudo para plasmarlas. Un rumbo distinto, consigo escribir. Me quedo absorto contemplando mi reflejo en la pantalla. He plasmado tres palabras. Tres importantes palabras para mis fines literarios. Durante unos segundos no reconozco al hombre que aparece reflejado en el monitor. No debería haber escrito eso. Lo borro. Vuelvo a escribirlo.
Un rumbo distinto.
En muchas ocasiones permanezco con la cabeza inclinada ligeramente hacia la derecha pensando en la siguiente palabra hasta que comienza a escurrirme un hilo de baba que me saca del espantoso y profundo letargo. Entonces escucho un ruido. Me quedo quieto. No vuelve a repetirse. Quizá fue el aire acondicionado. Quizá una tubería. Quizá alguien caminando por el pasillo. No debo levantarme. Si me levanto, sabrán que estoy aquí, desnudo y huyendo de mí mismo.
Suelo hablarme con amabilidad y sumo cariño. Me repito a cada instante que soy alguien que presta entera atención a todo lo que sucede alrededor y esa es la única razón por la que no consigo concentrarme en mis propósitos.
También me digo que nadie me persigue. Lo repito varias veces.
Nadie me persigue.
Nadie me persigue.
La tercera vez ya no me lo creo.
Llevo a cabo un gran derroche de fuerza física para volver a la ventana e inmediatamente me oculto detrás de las persianas para esconderme de mí mismo. Me río como loco por concretar el arriesgado escape. Nadie me ve. Nadie sabe que estoy aquí.
A través de una pequeña abertura entre las persianas alcanzo a ver una porción de la ciudad. Una montaña verde. Una franja de cielo. Una casa roja, diminuta, encaramada quién sabe dónde. Me conmueve. Medellín siempre me ha parecido una ciudad imposible: demasiado viva para permanecer quieta, demasiado hermosa para explicarla. Incluso ahora, cuando no logro distinguir si el cielo está afuera o dentro de mi cabeza, el valle continúa ahí, inmenso y verde, rodeando la ciudad como si quisiera protegerla de algo. Pienso en las frutas. En los mangos abiertos bajo el sol. En las guayabas. En las mandarinas. En las flores que desbordan los puestos de la Placita de Flórez. Pienso en el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente. En la humedad que asciende por las paredes. En esa manera que tiene Medellín de trepar por las montañas, de encaramarse en las laderas, de llenar la cordillera de casas, de cables, de ventanas iluminadas, de voces que se llaman de una acera a otra. Pienso en las motos. En los vendedores de tinto. En los aguaceros de las cuatro de la tarde. En las busetas que bajan resoplando por las avenidas. Pienso en la música. En toda esa música que debe estar sonando ahora mismo en alguna parte de la ciudad. Un vallenato detrás de una persiana. Un reguetón atravesando las ventanas. Lucho Bermúdez y su orquesta en el Salón Málaga. La Bichota, bien verraca, retumbando en las bocinas de los convertibles que dan vueltas por el parque Lleras. Juanes sonando en una sucursal de Juan Valdez. Una niña de la mano de su abuela, esperando que cambie el semáforo, tarareando el nuevo sencillo de Maluma Baby. Pienso en el Pueblito Paisa. En sus fachadas blancas. En la quietud del parque Arví. En las nubes detenidas sobre el valle. Pienso en una cocina llena de colores. En una olla de fríjoles. En el chicharrón recién servido. En la bandeja paisa. En el dulzor espeso del arequipe. En una tienda de barrio con las puertas abiertas y un ventilador que gira sin entusiasmo. En una señora que barre la acera. En un hombre que mira llover desde una silla de plástico. En la ciudad entera subiendo y bajando, subiendo y bajando, como si no pudiera permanecer quieta, como si necesitara moverse para seguir siendo ciudad. Pienso en todo eso. En las frutas. En las flores. En la lluvia. En las montañas cubiertas de casas. Me gustaría estar allá. Me gustaría caminar sin rumbo por esas calles, entrar en una tienda, pedir un tinto, escuchar cómo pasa la tarde. Pero no puedo. No puedo porque alguien está afuera. Alguien espera afuera. Y yo debo permanecer aquí, donde estoy, y narrar los hechos al pie de la letra. Tengo que comenzar de algún sitio. Partir de un punto fijo. La estrategia consiste en encontrar el punto propicio y, entonces sí, dar inicio. Iniciar magistralmente.
—¿En qué momento llegué aquí? —me pregunto.
Hay fragmentos que no consigo acomodar. La memoria se ha convertido en una habitación llena de objetos que alguien revolvió durante la noche. ¿Cuál es el motivo de todo esto, en realidad?
Pudiera conservarlo todo en la memoria y dejarlo ir. Sí. Eso es. Dejarlo ir. Pero entonces escucho nuevamente el ruido. Esta vez estoy seguro. Tres golpes. Pausa. Dos golpes. Me incorporo lentamente. Alguien conoce el código que he inventado hace apenas un segundo. No sé cuál es el código, pero alguien ya lo conoce.
Me acerco a la puerta sin hacer ruido. Apoyo el oído contra la madera. Nada. Ni una respiración. Ni un movimiento. Solamente mi propio corazón, que ha comenzado a comportarse como un animal encerrado. Regreso a la ventana. Las avenidas permanecen en su sitio. Todo puede estar desmoronándose y, sin embargo, Medellín permanece exactamente en el mismo sitio.
Me persigue la idea de situarlo todo sobre el documento en blanco. Alguien va a venir y me encontrará en el presente estado crítico. Tal vez ya vino. Tal vez ya me encontró. Tal vez estuvo observándome mientras yo entablaba vínculos afectivos con la ventana.
¿Qué tal si me dejo de tanto rodeo y me grabo?, pienso. Con ayuda de mi dispositivo móvil. Qué tal si dejo de escribir. Qué tal si dejo de corregir. Qué tal si abandono de una vez esa frase que llevo tres días persiguiendo, esa frase que aparece cuando quiere, generalmente cuando estoy sentado en el retrete o a punto de dormirme, y que una vez trasladada al documento resulta no servir absolutamente para nada porque nadie la verá, nadie la leerá, nadie se detendrá siquiera un segundo frente a ella.
Podría hacer un video. Un video en vertical, naturalmente. Así como estoy. Desnudo. Tal cual vine al mundo, aunque considerablemente más grande y bastante más decepcionado. Me grabo de frente. Después de espaldas. Un par de tomas breves, suficientes para dejar constancia de la dimensión total de mi trasero y, con ella, de la dimensión total de mi existencia. Y lo publico en redes sociales. Eso sería todo. Ni siquiera tendría que pensar. Sobre todo eso. Me llama demasiado la idea de no pensar. No tendría que encontrar la palabra exacta ni preguntarme si el ritmo respira, si la imagen funciona, si esa palabra, precisamente esa maldita palabra, debería estar ahí o tres líneas más arriba. No tendría que releer el texto a las tres de la mañana y descubrir que todo está mal. No tendría que modificar una coma, quitar una frase, volver a ponerla, odiarla, perdonarla, volver a odiarla, dormir con ella y despertarme pensando que quizá, después de todo, el problema nunca fue la frase. Quizá el problema soy yo. No. Me grabo, publico y espero. Porque para eso están las redes sociales, pienso. Para que un hombre pueda ofrecerse en sacrificio sin necesidad de comprender por qué. Un rostro. Una comida. Una mascota. Una tendencia. Una opinión sobre cualquier cosa. La reseña de una película. Los resultados electorales. El desayuno. La tristeza. La felicidad. El gimnasio. La salud. Los buenos y los malos hábitos. Las expectativas de vida. El recién nacido. El divorcio. El viaje y sus postales. El regreso del viaje. Los trazos de leche texturizada sobre el café. El culo. Sobre todo el culo. Y ya que internet se encuentra repleto de culazos, por qué no sumarme a ello, pienso. Porque el culo posee una ventaja indiscutible sobre la literatura: no exige contexto. Entonces aguardo. Aparece el primer número. Uno. Alguien me ha visto. Uno. Lo miro. Actualizo. Dos. Actualizo. Siete. Por alguna razón ese siete produce en mí una alegría que ninguna de las páginas que llevo escribiendo durante días ha conseguido producir.
Siete personas han visto mi par de nalgas. Siete. Siete seres humanos. O quizá seis seres humanos y un robot. O siete robots. No importa. Siete entidades conscientes o aproximadamente conscientes han recibido durante unos segundos la noticia de que existo. Y siento la recompensa. Ahí está. Pequeña. Una descarga miserable y perfecta. Una gota de felicidad administrada por una máquina que finge no conocerme y a la que yo, sin embargo, he entregado mis gustos, mis horarios, mis fotografías, mis desplazamientos, mis insomnios, mis deseos y, finalmente, mi trasero con una confianza absoluta y conmovedora.
Entonces comprendo que he estado trabajando equivocadamente. He dedicado horas a escribir. Horas enteras con todos sus paranoicos segundos. He levantado frases como quien levanta piedras. Las he cargado. Las he colocado unas sobre otras. Las he derribado. He vuelto a levantarlas. He pensado en el ritmo, en la respiración, en la música secreta que produce una palabra cuando se coloca junto a otra. He intentado decir algo que nadie hubiera dicho exactamente de esa manera. He perseguido durante días una pequeña forma de verdad y, cuando finalmente creo encontrarla, la deposito con enorme cuidado sobre una página. Y nadie la mira. Mientras tanto giro el culo frente a un teléfono: ciento ochenta y cuatro. Ciento ochenta y cuatro. Tal vez ciento ochenta y cinco si alguien se equivoca y vuelve a mirar. ¿No es ésta una demostración bastante concluyente de que he estado haciendo el ridículo?
Quizá escribir sea únicamente eso, una forma particularmente sofisticada de no obtener nada. Uno escribe para nadie y luego se sorprende de que nadie responda. Uno habla en silencio para una multitud que no está allí. Las redes, en cambio, han resuelto el problema de una manera mucho más eficiente: primero te convencen de que todos están mirando y después te entregan un número para que puedas comprobarlo. Y yo, naturalmente, compruebo. Actualizo. Nada. Actualizo. Nada. Actualizo. Dos nuevos espectadores. Dos. Y ahí está otra vez. La pequeña descarga. La insignificante felicidad. El diminuto triunfo del condenado que escucha su nombre pronunciado desde una habitación lejana. Ciento ochenta y seis. Actualizo. Ciento ochenta y seis. ¿Por qué no aumenta? Actualizo. Ciento ochenta y seis. Algo sucede. No puede haberse detenido precisamente ahí. ¿Por qué ciento ochenta y seis? ¿Por qué ellos? ¿Quiénes son ellos? Abro la lista. Nombres. Fotografías. Personas que conozco. Personas que no conozco. Una cuenta sin fotografía. Me detengo. Vuelvo a mirarla. ¿Quién es éste? Entro. Nada. Cero publicaciones. Cero fotografías. Sigue a cuatrocientas personas. Entre ellas, a mí. Perfecto. Magnífico. Ya consiguió entrar la paranoia también en mi culo. Cierro la aplicación. La abro. Ciento ochenta y siete. Respiro. Todo está bien. Ha llegado otro. Entonces pienso que quizá debería dejar de escribir definitivamente. Sería mucho más práctico. Podría desnudarme todos los días. Girar lentamente frente a la cámara. Sonreír. Fingir que no espero nada. Y esperar. Esperar que alguien mire. Esperar que alguien toque la pantalla. Esperar que el número aumente. Esperar la confirmación electrónica de que todavía permanezco en el mundo. Porque acaso ésa sea la literatura de nuestro tiempo: no escribir lo que uno piensa, sino encontrar una manera cada vez más eficaz de demostrar que uno existe. Y qué alivio. Qué descanso. Qué extraordinaria liberación dejar de perseguir una frase que nadie leerá para dedicarme, sencillamente, a perseguir al espectador. Se acabaron las preguntas. Se acabó ese momento incómodo en que alguien pregunta a qué me dedico y yo cometo la imprudencia de responder que escribo. ¿Escritor? Sí. ¿Pero de qué? De palabras, generalmente. Entonces aparece esa mirada. La conozco bien. Una mezcla de compasión, curiosidad y preocupación financiera. La misma que se reserva para quien anuncia que ha decidido dedicarse profesionalmente a criar mariposas o a interpretar las señales de Dios en las manchas de humedad. Después viene la pregunta verdaderamente importante: ¿Y de eso vives? Ahí termina toda literatura. No más. Saldré de una vez por todas del cobijo y la miseria que las letras pueden ofrecer a un hombre que lleva años escondiéndose de su propia sombra. Abandonaré esta absurda ocupación de transcribir las voces que diariamente me atormentan y comenzaré a presentarme ante el mundo con la frente en alto.
¡Seré creador de contenido! Qué maravilla. Qué profesión tan limpia. Tan contemporánea. Tan difícil de cuestionar porque nadie sabe exactamente qué significa. Crearé contenido. Comenzaré por mostrar el trasero e iré definiendo mi rumbo artístico. No sé cuál. Eso es secundario. Lo verdaderamente importante es que habrá contenido. Muchísimo contenido. Contenido por la mañana. Contenido mientras desayuno. Contenido sobre el desayuno. Contenido explicando cómo preparé el desayuno. Contenido reaccionando al contenido donde expliqué cómo preparé el desayuno. Y, si la jornada ha sido particularmente fértil, contenido recordando mis mejores momentos preparando contenido sobre el desayuno.
No volveré a escribir un solo párrafo. Generaré una experiencia. No tendré lectores. Tendré audiencia. No necesitaré una obra. Tendré presencia. No padeceré una crisis creativa. Tendré una caída de engagement. No volveré a sentirme ignorado. Tendré problemas con el algoritmo. Por fin mis fracasos tendrán terminología profesional. Seré un ambicioso creador de contenido. Construiré mi reino. Un reino vertical, naturalmente. De quince segundos, en ocasiones más, casi siempre menos. Gobernaré sobre hombres que defecan mirando el teléfono, mujeres que esperan el autobús, adolescentes que deslizan el dedo con la velocidad de quien intenta escapar de sí mismo y algún anciano que habrá llegado accidentalmente a mi culo buscando juegos de cartas en línea. Ellos serán mi pueblo. Yo seré su creador. Y mi reino, como todos los grandes imperios de nuestro tiempo, no tendrá fin.
Y entonces aparece otra sospecha. Quizá nadie esté mirando. Miro nuevamente el número. Doscientos tres. ¿Doscientas tres personas? Imposible. Pienso en ellas deslizando el dedo mientras esperan el autobús, mientras defecan, mientras desayunan, mientras hablan con alguien a quien tampoco escuchan. Mi cuerpo aparece durante medio segundo en sus pantallas y desaparece inmediatamente bajo un perro, una receta, un discurso político, izquierdas contra derechas, unas vacaciones, un muerto, una muchacha bailando la canción de moda. Quizá eso significa ver en los tiempos que corren. Aparecer y desaparecer inmediatamente. Aparecer y desaparecer. Como el faro de Cabo Polonio. Sólo que el faro tenía la decencia de esperar doce segundos. Me invade entonces una tristeza bastante ridícula. Toda esa gente se ha perdido la majestuosidad de mi trasero por deslizar el dedo demasiado rápido. Qué desperdicio. Qué época miserable. Qué falta de sensibilidad estética. Dejo el teléfono sobre la cama. Regreso al ordenador. La frase continúa ahí. Esperándome. La leo. Sigue siendo mala. Pero es mía. Me siento. Pongo las manos sobre el teclado. Después de todo, alguien tiene que escribir esta estupidez.
Finalmente consigo hilar un par de pensamientos. Giro el cuello de un lado a otro, hago crujir las vértebras y comienzo a realizar pequeños círculos con los hombros, convencido de que semejante gimnasia contribuirá de alguna manera al ordenamiento de mis facultades intelectuales. Entonces veo algo. O creo verlo. Una sombra se desliza por debajo de la puerta. Me quedo inmóvil. Desaparece. Espero. No vuelve. Quizá nunca estuvo ahí. Me inclino lentamente hasta colocar la cabeza a pocos centímetros del suelo. Observo la estrecha franja de luz que separa la puerta del piso. Nada. Ni una sombra. Ni un movimiento. Me parece escuchar una respiración, pero cuando contengo la mía desaparece también la otra. Magnífico.
Regreso al ordenador. Debo escribir. Eso es lo importante. Escribir antes de que las ideas vuelvan a dispersarse, antes de que el cuerpo comience a exigir explicaciones que la cabeza no está en condiciones de ofrecerle.
¿Por dónde empezar? Estoy tergiversando. Otra vez. Otra vez llevándolo todo por las ramas, como se suele decir. No comprendo nada de lo que escribo. Leo las últimas líneas y tengo la desagradable impresión de que alguien más las ha escrito en mi ausencia.
Quiero relatar lo acontecido. Nada más. Paso a paso. Al pie de la letra. Sin omitir nada. Sin inventar nada. Miro la puerta. Sigue cerrada. Debo apresurarme. Antes de que alguien llegue. Antes de que vuelva. Antes de que regrese quien nunca ha venido. Y no debería ser tan estúpidamente complicado poner en orden los acontecimientos. De una u otra forma tuve que atravesar el continente para llegar hasta aquí. Aunque, pensándolo bien, quizá no atravesé absolutamente nada. Fueron los países los que, uno tras otro, me atravesaron a mí. Entraron, dejaron lo suyo y siguieron de largo. Y yo sencillamente tuve la cortesía de llevármelos conmigo por un tiempo indeterminado.
De cada sitio conservo algunos recuerdos. El desplazamiento constante termina por dispersar la memoria: los lugares se confunden, los rostros cambian de ciudad y uno ya no distingue qué sucedió antes y qué después. Todo en unos cuantos meses. Días. Horas. Segundos que no cesan y que se me escurren entre los dedos de las manos.
Ahora, desnudo y encerrado, me propongo reconstruir la travesía. Ordenar los recuerdos, registrar los tropiezos y dejar constancia de lo ocurrido antes de que mi memoria termine por confundirlo con aquello que jamás sucedió.
Pienso en Uruguay con nostalgia. En mi hermano caminando delante de mí. Fuimos en busca de un faro que atraviesa la oscuridad cada doce segundos. Pienso en los rostros que me acompañaron por aquellas tierras. En el asado tendido sobre la parrilla. En el candombe y la milonga. Veo Montevideo alejándose otra vez, como si todavía me estuviera marchando. Respiro Buenos Aires y la adrenalina de sus calles. Mis neuronas bailan tango. Brasil y sus fronteras. Pienso en aquella montaña peruana que nunca llegué a ver. En la ciudadela inca que me fue negada.
Y pienso en mi padre. No demasiado. Lo suficiente. Hay muertos a los que conviene recordar de a poco.
Este viaje también era suyo. Quizá lo fue antes que mío. Durante años habló de recorrer Sudamérica, de atravesarla sin demasiada prisa, de detenerse aquí y allá, conocer sus ciudades, sus caminos, su gente. Habíamos hablado de hacerlo en algún momento de nuestras vidas. Lo hablamos tendidos sobre la arena de Manzanillo. Alguna promesa debió quedar flotando entre nosotros, pronunciada o no, y ahora sospecho que llevo meses obedeciéndola. El problema es que no estoy seguro de estar haciéndolo bien. A veces siento que fallo, casi siempre.
No creo que haya imaginado esta versión de mí atravesando el continente: perdiendo cosas, perdiéndome a mí mismo, despertando en habitaciones desconocidas, abusando de mi cuerpo, confundiendo días, huyendo de peligros que quizá ni siquiera existen. Me gustaría poder explicarle que sigo avanzando. Que, a pesar de todo, estoy haciendo el viaje. El suyo. El nuestro.
Que he llegado hasta aquí, a Medellín.
Colombia, querida. Qué país tan peligrosamente entrañable. Antioquia, entrañable. El valle Aburrá, las flores, los árboles, los pájaros, la humedad, las calles, los perros, los taxis, los edificios que aparecen de pronto entre las montañas como si alguien los hubiera colocado allí durante la noche. Todo parece excesivo. A veces camino por Medellín y pienso que a mi padre le habría gustado contemplar todo esto. Entonces prefiero mirar por los dos. Aunque, pensándolo bien, mi padre ya me había enviado de viaje mucho antes. Muchísimo antes. La primera vez que salí de él. Porque antes de Uruguay, antes de Buenos Aires, antes de Perú, antes de Colombia, incluso antes de convertirme en esta criatura desnuda que conversa con ventanas y desconfía de los ruidos del pasillo, fui un espermatozoide dentro de los genitales de mi padre, así es.
Y no parece un comienzo particularmente heroico, pienso. Pero fue el mío. Éramos millones. Una multitud microscópica agitando la cola en la oscuridad, esperando una orden que jamás llegó. Nadie explicó las reglas. Nadie señaló la meta. Nadie tuvo siquiera la cortesía de informarnos qué demonios estaba en juego. Y, de pronto, partimos. Millones. Mis primeros compañeros de viaje. Mis primeros adversarios. Debí adelantar a una cantidad obscena de hermanos posibles: médicos, músicos, asesinos, santos, hombres sensatos, buenos maridos, malos poetas, excelentes hijos. Alguno de ellos habría sabido administrar mejor esta existencia. Alguno habría cumplido con mayor dignidad las promesas hechas a nuestro padre. Estoy casi seguro. Pero perdieron. Todos. Yo seguí adelante. No tenía cerebro y, curiosamente, jamás he vuelto a estar tan seguro de hacia dónde dirigirme. Atravesé aquella oscuridad inaugural con una determinación que después pasaría el resto de mi vida intentando recuperar, hasta encontrar el óvulo de mi madre.
Llegué primero. Yo. El mismo que tantos años después habría de sentirse derrotado en habitaciones de distintos países. El mismo que no llegó a Machu Picchu. El mismo que perdió personas, oportunidades, certezas. El mismo que ahora está aquí. En Medellín. Desnudo. Con el ritmo cardiaco acelerado. De modo que tampoco sería justo contar mi historia como una sucesión de derrotas.
Antes de aprender a perder, gané una carrera contra millones. El premio fue existir. Mi padre puso en marcha la carrera. Mi madre estaba al final del trayecto. Y yo, sin saber todavía nada de promesas, fronteras, muertos ni despedidas, conseguí llegar. Quizá por eso sigo viajando. Quizá llevo toda la vida haciendo exactamente lo mismo: avanzar a oscuras hacia algo que no alcanzo a comprender. Solo que esta vez llevo a mi padre invisible conmigo. Y mientras tanto Colombia sigue ahí, completamente indiferente a mis tribulaciones, produciendo flores, montañas, pájaros y personas que parecen no tener otra intención en la vida que ser excesivamente hospitalarias.
Me gusta Medellín. Me gusta de verdad. Desde ciertos lugares uno contempla la ciudad y cuesta creer que haya sido construida: parece más bien que hubiera germinado. Como si después de una temporada de lluvias alguien hubiese sembrado unas cuantas casas en el valle y al amanecer siguiente hubiera aparecido Medellín entera. Todo crece aquí. Las plantas. Los edificios. Las montañas. Los traseros. Mi paranoia. Especialmente mi paranoia.
Disfruto el tinto por las mañanas. Esa infusión negra y elemental que circula por Medellín como si formara parte del sistema sanguíneo de la ciudad. Un paisa sirve tinto. Otro bebe tinto. Otro paisa recorre las calles cargando un termo y ofreciendo café con una cordialidad que parece no agotarse nunca. «¿Un tintico, parcero?». Acepto. A veces pido un perico, café con leche, aunque prefiero la oscuridad sin concesiones del primero. Bebo y durante unos minutos recupero la hijaeputa confianza. Después comienzo a sospechar del café, del hombre que me lo vendió y de las buenas intenciones de los paisas. Pero eso ya es asunto mío.
Medellín es un brebaje extraño. Uno bebe de ella y encuentra flores, comercio ambulante, aguardiente, devoción, deseo, antiguas violencias, ternura, fútbol, poesía, música en cada esquina y una obstinada voluntad de seguir celebrando. Todo revuelto. Todo al mismo tiempo. Los paisas parecen haber llegado a un acuerdo tácito con sus propias contradicciones: aquí se puede rezar por la mañana, pecar por la tarde y agradecerle a Dios por ambas cosas antes de acostarse.
Carlos Gardel lleva muriéndose en Medellín desde 1935 y, sin embargo, basta caminar unas calles para escuchar desde algún automóvil un reguetón con bajos suficientes para resucitarlo. Me gusta imaginar al Gardel levantándose de entre los muertos, sacudiéndose las cenizas del traje y preguntando, con comprensible indignación, qué hijueputas pasó con el tango. Parecido a México, aquí los muertos parecen tener también una vida extraordinaria.
Por estas tierras escribió Tomás Carrasquilla, observando a la gente con esa minuciosidad de quien sabe que una conversación cualquiera puede contener un mundo entero. Aquí Botero decidió que el mundo podía ensancharse: las personas, los caballos, las frutas, los obispos, las prostitutas, las manos, las desgracias. Todo podía ocupar más espacio. Y es que quizá comprendió algo esencial sobre Medellín: aquí las cosas se resisten a ser pequeñas. Ni las montañas. Ni las flores. Ni la música. Ni la memoria. Ni siquiera el miedo.
Camino por El Poblado sin saber demasiado bien hacia dónde voy. Me gustan los árboles que aparecen sobre las calles, las flores que parecen ignorar las estaciones, los pájaros que producen sonidos cuya procedencia mi cerebro, en su estado actual, considera altamente cuestionable. Me gusta la humedad que mantiene la vegetación despierta y hace que por momentos la ciudad entera parezca estar respirando. Eso es. Respirando. Medellín respira.
Y cuando uno lleva suficientes horas sin dormir y determinadas sustancias continúan negociando con el sistema nervioso, una ciudad que respira deja de ser una metáfora y se convierte en un problema. Me detengo. Escucho. La ciudad inhala. La ciudad exhala. Yo también. Procuro sincronizarme con ella. Mala idea. Ahora estamos respirando juntos. Continúo caminando.
Hay demasiada gente. Demasiadas ventanas. Demasiados balcones. Demasiadas motos. Demasiadas conversaciones que alcanzo a escuchar solamente a medias. Ese es el problema de escuchar la mitad de una conversación: la otra mitad la completa uno. Uno mira hacia abajo y hay alguien. Mira hacia arriba y hay alguien. Mira hacia atrás y también hay alguien.
Comienzo a caminar más rápido. El hombre detrás de mí también. Doblo a la derecha. Él dobla. Acelero. Él acelera. Ya está. Me encontraron, descubrieron mi escondite. Después el hombre me rebasa, entra en una panadería y compra dos buñuelos. Perfecto. Magnífico. Sensacional. He sido perseguido durante seis cuadras por un buen hombre. Me río. Carcajeo. La paranoia, humillada, se retira durante algunos minutos. Pero vuelve. Siempre vuelve.
Miro hacia una ventana y durante un segundo creo distinguir a alguien observándome desde allí. Desnudo. Después la ventana queda vacía. Pero ya es demasiado tarde. La sospecha ha entrado.
Fui a un concierto de Jorge Drexler. Eso es lo último que recuerdo con cierta claridad. Lo último que todavía parece razonable antes de encontrarme desnudo, encerrado en esta habitación, conversando con una ventana. Y, soledad, aquí están mis credenciales.
Debo comenzar por Drexler. Aunque para comenzar por Drexler tendría que regresar muchos años atrás, a la adolescencia, a la cafetería familiar, a las tardes interminables detrás de una barra donde Maniel, mi hermano, y yo aprendimos que el tiempo podía desperdiciarse de maneras extraordinariamente provechosas.
Trabajaba ahí algunos días. Mi hermano y mi madre atendían el negocio y yo colaboraba con una disposición que dependía, principalmente, de la cantidad de clientes. Había tardes enteras sin demasiada actividad. La gente acudía a la cafetería a disfrutar de su tiempo libre y nosotros, por una cuestión elemental de cortesía, procurábamos disfrutar también del nuestro. Escuchábamos discos completos. Leíamos. Conversábamos con los clientes habituales, algunos de los cuales parecían acudir menos por el café que por la posibilidad de encontrar a alguien dispuesto a escucharlos. Y escuchábamos. Escuchábamos sus historias, sus opiniones, sus pequeñas desgracias domésticas. Después volvíamos a la música.
Pero lo que más me gustaba era imaginar. Imaginarlo todo.
Detrás de aquella barra pasé horas inventándome una vida que todavía no había comenzado. Me veía recorriendo ciudades desconocidas, entrando en habitaciones extrañas, atravesando países cuyos nombres pronunciaba con la solemnidad de quien cree que nombrar un lugar equivale, de algún modo, a poseerlo.
Entonces apareció Jorge Drexler. No recuerdo la fecha exacta en que escuché el disco por primera vez. Recuerdo, en cambio, la impresión de estar escuchando a alguien que había encontrado una manera muy particular de ordenar el mundo. Drexler podía tomar una idea diminuta, una coincidencia, una pregunta, una observación que cualquiera habría dejado pasar, y convertirla en algo inmenso sin necesidad de levantar la voz. Cantaba como si estuviera pensando y pensaba como si las palabras, colocadas en el orden preciso, pudieran revelar un mecanismo secreto de la existencia.
No ofrecía grandes respuestas. Eso me gustaba. Parecía más interesado en descubrir por qué las preguntas continuaban abiertas. En sus canciones había ciencia, deseo, geografía, azar, cuerpos que se encuentran, cuerpos que se separan, caminos que no llevan a donde uno esperaba. Una obstinación hermosa por recordarnos que nada permanece quieto, que incluso aquello que creemos nuestro viene de alguna parte y terminará, tarde o temprano, en otra. Y estaba aquella forma suya de cantar, casi conversando, como quien comparte una confidencia y de pronto, sin que uno comprenda cómo, termina hablándole de algo que llevaba toda la vida intentando entender.
Escuché 12 segundos de oscuridad. Doce segundos. Un título extraño para un muchacho que todavía creía disponer de una cantidad prácticamente ilimitada de tiempo. Fue entonces cuando supe de Cabo Polonio, Uruguay. Un pueblo junto al océano atlántico. Un faro. La oscuridad. Una luz que regresa cada doce segundos. Me fascinó inmediatamente. No sé si por el faro, por el mar o por la idea de que hubiera un lugar donde la oscuridad pudiera medirse con semejante precisión. Me parecía extraordinario que alguien hubiera encontrado poesía en un intervalo. Doce segundos sin luz. Después la luz. Después otros doce segundos. Como si el mundo necesitara desaparecer periódicamente para recordarnos que seguía allí.
Maniel hablaba demasiado del sito. Algún día iremos, dijo. Y la verdad no se lo dijo exactamente así. Quizá solamente escuchábamos el disco y yo imaginaba que los dos estábamos haciendo una promesa. La memoria tiene esas costumbres.
Lo cierto es que fuimos. Años más tarde sobrevolamos el continente para aterrizar en Uruguay. Caminamos desde Valizas hasta Cabo Polonio. Estuvimos frente al océano, frente al faro, frente a esa inmensidad que durante tanto tiempo había existido únicamente detrás de la barra de una cafetería.
Y ahí estaba; el lugar, el mar. Mi hermano. La luz regresando. Doce segundo, doce.
Durante un instante tuve la impresión de que algo se había cerrado, aunque ahora sospecho que las cosas importantes nunca se cierran del todo. Uno llega al sitio que imaginó durante años y descubre que el viaje no ha terminado. Que apenas ha cambiado de forma. Que aquello que parecía un destino era solamente otra manera de continuar. Eso también lo aprendí escuchando a Drexler. O es probable que lo aprendiera viajando y después decidí atribuírselo a Drexler, que es una manera bastante cómoda de adjudicarles a los artistas la responsabilidad de nuestras revelaciones.
Pasaron los meses. Pasaron los países. Maniel regresó a México. Yo seguí viajando hasta terminar en Medellín.
Supe que Drexler se presentaría en el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, con su gira Salvavidas de hielo. Compré una entrada. Primera fila. Después de tantos años escuchándolo detrás de una barra, después de haber seguido una canción hasta un faro al otro extremo del continente, ahí estaba yo, sentado a unos cuantos metros del hombre que, sin saberlo, había contribuido a ponerme en movimiento.
Qué cosa tan extraña. Uno escucha una canción. La canción menciona un lugar. Uno imagina el lugar. Uno viaja hasta el lugar. Después sigue viajando. Y un día se encuentra frente al hombre que escribió la canción. Como si la vida, por una vez, hubiera tenido la delicadeza de construir una frase con sentido. Canté. Bailé. Lloré. No necesariamente en ese orden.
Recuerdo la emoción de escuchar aquellas canciones que habían acompañado tantos años de mi vida. Recuerdo su voz, la inteligencia de sus palabras, esa manera de convertir una idea en música sin quitarle nada de su complejidad y, al mismo tiempo, sin hacer sentir estúpido a quien la escucha. Recuerdo haber pensado en mi madre. En la cafetería. En Maniel. En el faro. En todo lo que había tenido que suceder para que yo estuviera sentado allí. Y recuerdo haber sentido una gratitud inmensa. Una gratitud casi insoportable.
Salí del teatro y caminé durante horas. Medellín continuaba despierta. Los automóviles, las motocicletas, la música, las luces extendiéndose por las montañas. Todo parecía participar de una celebración a la que yo había sido invitado sin merecerlo demasiado.
Finalmente abordé un taxi.
Llevaba todavía la música dentro del cuerpo. No quería regresar al hotel. No quería dormir. No quería que terminara aquella noche. Ése fue, probablemente, mi primer error.
Aunque sería injusto responsabilizar a Jorge Drexler de lo que sucedió después. El hombre había dedicado buena parte de su carrera a cantar sobre el movimiento, los encuentros, el azar y las consecuencias. No tenía por qué hacerse cargo de que yo interpretara todo aquello como una invitación a perder el juicio.
Después comenzó la rumba. Y la rumba continuó. Continuó cuando debió terminar. Continuó cuando ya no quedaba nada que celebrar. Continuó hasta que dejé de saber si estaba celebrando algo o intentando desesperadamente que algo no terminara.
Y ahora estoy aquí. Desnudo. Frente al ordenador. Tratando de reconstruir cinco días que parecen haber transcurrido en doce segundos de oscuridad. Sólo que esta vez la luz no ha vuelto.
Un día. Dos. Tres. Cinco. Cinco días. En algún momento dejé de saber qué día era y aquello, al principio, me pareció una forma extraordinaria de libertad. Después comprendí que ignorar la fecha constituye una libertad bastante miserable. Y estoy aquí por débil. Ésa es la verdad. No por aventurero. No por audaz. Mucho menos por ese pensamiento estúpido y romántico de perderse para encontrarse. Por débil. Me dejé seducir por la célebre sustancia de Medellín. Conocía su historia. Conocía sus consecuencias. Había escuchado suficientes advertencias y, naturalmente, terminé probándola. Porque saber algo y actuar en consecuencia son dos facultades que rara vez se presentan juntas.
Y pienso en la sangre derramada. En los muertos. En las generaciones que crecieron bajo el estruendo de una guerra librada contra un negocio que jamás dejó de prosperar. Pensé en los Estados Unidos de Norteamérica, en su insaciable apetito por aquello que condena, en la extraordinaria comodidad de señalar con un dedo a los países productores mientras con la otra mano se sostiene el mercado que los alimenta. La mercancía viaja hacia el norte. Las armas, el dinero y las consecuencias circulan en todas direcciones. Los muertos, en cambio, suelen quedarse donde cayeron. Y yo, que tanto había reflexionado sobre aquella infamia, terminé contribuyendo a ella con la insignificante pero irreprochable aportación de mi propia estupidez.
Ahora estoy encerrado en una habitación.
Lo curioso es que vine a Medellín precisamente para estar afuera. Para caminar. Para contemplar el paisaje. Para tomar tinto por las mañanas y dejar que la ciudad hiciera conmigo lo que quisiera.
Y aquí estoy. Sin atreverme siquiera a abrir las persianas. Me sudan las manos. Las miro. No dejan de sudar. Afuera Medellín sigue ocurriendo. Ésa es quizá la parte más ofensiva. La ciudad no sabe que estoy aquí. Las montañas continúan en su sitio. Y yo estoy sentado en una habitación preguntándome si me están vigilando. Porque sí. Ahora comienzo a sentir que me vigilan. Y no sé quién ni desde dónde. Pero la sensación está ahí.
Un ruido en el pasillo. Una puerta. Unos pasos. Me quedo quieto. Los pasos se detienen. O eso creo. Me acerco a la puerta. No la abro. Qué prudencia, pienso. Soy el Dios de la mesura, me digo. Después de cinco días tomando decisiones extraordinariamente sensatas, finalmente he descubierto la virtud de no abrir una puerta porque alguien caminó por un pasillo.
Vuelven los pasos. Esta vez estoy seguro. Alguien pasa frente a mi habitación. Después vuelve. O es otra persona. O son los mismos pasos regresando. Me arrodillo frente a la puerta y acerco el oído a la madera. Nada. Intento concentrarme. Hay algo. Una respiración. Estoy seguro. Alguien está respirando del otro lado. Contengo la mía. Ahora solamente respira él. Aguardo. Diez segundos. Quince. Veinte.
Entonces llaman. Tres golpes. Me aparto de la puerta. No digo nada. De inmediato vuelven a llamar.
—¿Señor?
Reconozco una voz de mujer. Eso no significa nada.
—¿Señor? Limpieza.
Claro, limpieza.
Miro alrededor. La cama deshecha. Las botellas. Mi ropa sobre el suelo. Las persianas cerradas. El ordenador. Los restos de cinco días distribuidos por la habitación como evidencias de una investigación que nadie ha solicitado.
Quieren entrar. No sé por qué, pero estoy completamente seguro de que no debo permitirlo.
—¡No necesito limpieza, gracias!
Mi propia voz me asusta. Silencio. Escucho el carrito alejándose. Me acerco inmediatamente a la mirilla. Ahí está. Una mujer empujando toallas, jabones, sábanas. Se detiene frente a otra habitación. Toca. ¡Limpieza!. Perfecto, no venía por mí. Me siento ridículo. Regreso a la cama.
Todo está bajo control.
—Todo está bajo control —digo. — Todo está bajo control.
Mi corazón discrepa. Late demasiado rápido. Pongo dos dedos sobre mi cuello e intento contar. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Pierdo la cuenta. Empiezo otra vez. Uno. Dos. Tres. Suena el teléfono. Doy un salto. Miro el aparato. Suena otra vez. Nadie sabe que estoy aquí. Eso es falso. El hotel sabe que estoy aquí. Suena otra vez. No contesto. Cuarta llamada. Quinta. Me acerco. Levanto el auricular.
—¿Sí?
—Buenas tardes, señor Vallín. Le hablamos del bar. Queríamos saber si desea ordenar algo.
Me quedo callado.
Del bar. Claro. El bar.
Intento hablar con normalidad. Necesito demostrarle a ese desconocido, y sobre todo a mí mismo, que sigo siendo una persona capaz de pedir comida por teléfono.
—Sí. Cervezas.
—¿Cuántas, señor?
La pregunta me parece sospechosamente específica.
—Unas cuantas.
—¿Desea algo de comer?
Las personas comen. Recuerdo eso.
—Una hamburguesa.
—¿Con papas?
Pienso demasiado la respuesta.
—Sí.
—Perfecto, señor. Enseguida se lo enviamos.
Cuelga. ¿Enseguida se lo enviamos?, pienso y me quedo mirando el teléfono.
¿Enviamos? ¿Quiénes? No. Basta. Una hamburguesa. Van a enviarme una hamburguesa. Eso es todo.
Camino por la habitación intentando recuperar algún tipo de autoridad sobre mí mismo. Todo está bajo control. Todo está bajo control. Hay frases que pierden credibilidad a medida que uno las repite. El corazón continúa acelerado, demasiado. Ahora puedo sentirlo sin tocarme. En el pecho. En el cuello. En las sienes. Pum, Pum, Pum. Me siento en el borde de la cama. Respiro profundamente. Nada. Otra vez. Nada.
Entonces ocurre algo que hasta ese momento había conseguido evitar. Pienso que puedo morir. No como concepto. No como aquella abstracción elegante que he utilizado en mis textos. Morir de verdad. Aquí. Ahora. En esta habitación. Y me invade una tristeza inmensa. ¿Aquí termina todo? Después de Uruguay. Después de Maniel caminando delante de mí hacia Cabo Polonio. Después del mar. Del faro. De aquella luz regresando cada doce segundos. Después de Buenos Aires. De Beatriz. De Omar. De Nieves. De Rubén. De Antonio y su familia en Artigas. Después de Montevideo alejándose. De Lima. De la montaña que nunca llegué a conocer. De Carlos y su compañía en esta misma ciudad. Después de tantos rostros. De tantas despedidas. De tantos lugares que continúan existiendo sin mí. Después de aquella promesa silenciosa a mi padre.
¿Aquí, en un hotel de Medellín? ¿Desnudo y esperando una hamburguesa? Qué final tan indigno. Miro el teléfono. Recepción. Puedo llamar a recepción. Pedir auxilio. No necesito explicar demasiado. Me siento mal. Mi corazón está demasiado acelerado. Necesito ayuda. Tres frases perfectamente razonables. Levanto el auricular. Escucho el tono. Mi dedo permanece suspendido sobre el cero. Dudo. Si llamo, vendrán. Si vienen, tendrán que entrar. Si entran, me verán. Si me ven, harán preguntas. Si hacen preguntas...
Cuelgo. No. Lo levanto otra vez. Esta vez voy a hacerlo. Entonces llaman a la puerta. Me quedo inmóvil. Tres golpes. No puede ser. Miro el teléfono. Miro la puerta. Vuelven a tocar. Me acerco despacio. Apoyo el oído contra la madera. Hay alguien. Estoy seguro. Escucho movimiento. Una bolsa. Una respiración. Quizá dos. Dos personas. ¿Por qué dos?
—¿Quién es? —digo.
Mi voz apenas sale.
—Servicio a la habitación, señor.
No respondo.
—Señor, su pedido. La hamburguesa.
Claro. La maldita hamburguesa.
Permanezco todavía unos segundos con la frente apoyada contra la puerta.
Entonces escucho:
—Y sus cervezas, caballero.
Cierro los ojos. Una felicidad pequeña, absurda, casi religiosa me recorre el cuerpo. Abro. No hay policías. No hay perseguidores. No hay médicos. Hay un muchacho sosteniendo una hamburguesa y varias cervezas. Le doy las gracias. Cierro rápidamente. Pongo el seguro. Después la cadena. Después compruebo el seguro. Después compruebo la cadena. Después vuelvo a comprobar el seguro. Todo está bajo control. Afuera Medellín continúa siendo Medellín. Verde. Húmeda. Ruidosa. Hermosa. Completamente indiferente a mí.
Adentro abro una cerveza con las manos temblando. El corazón sigue corriendo. Y pienso que el corazón no puede seguir latiendo así, que en algún momento tendrá que detenerse, porque nada puede continuar a semejante velocidad sin terminar por romperse, pienso, y me llevo la mano al pecho y siento los golpes, pum, pum, uno detrás de otro, y pienso que quizá sea mejor no tocármelo, que quizá sea mejor no prestar atención, porque si continúo prestándole atención terminaré por escuchar algo que no quiero escuchar, o por dejar de escucharlo, que sería todavía peor, y entonces pienso que necesito agua, que el agua podría tranquilizarme, aunque no sé de dónde he sacado semejante idea, porque el agua no tiene ninguna obligación de tranquilizar a nadie, pero necesito escuchar algo que no sea mi corazón, algo que continúe sonando sin que yo tenga que preocuparme por mantenerlo vivo.
Y ahora pienso un poco en la familia de mi padre, en que soñaban las cosas y las cosas ocurrían, eso decían, aunque a veces pasaban años y había que recordar el sueño, recordar si había sido así, porque habían visto a mi padre morir en un accidente automovilístico y fue su corazón, fue su corazón frente al volante, pero estaba el automóvil y para ellos bastaba, y también habían soñado que yo probaría las exquisitas drogas, alguien me lo dijo una tarde, creo que fue una tarde, y ahora estoy aquí, en esta habitación de Medellín, en esta situación específica, tan extraordinariamente específica, tratando de recordar si aquella persona dijo que lo había soñado o que temía soñarlo, porque existe una diferencia, una diferencia considerable, entre soñar una desgracia y temer soñarla, aunque en mi familia esas diferencias nunca parecieron importar demasiado. Y entonces me pregunto cómo soñaban. Cómo funcionaban aquellos sueños. Si veían la desgracia completa, con todos sus detalles, o si únicamente recibían una especie de anuncio, una notificación nocturna de lo inevitable, y si en esos sueños aparecía la persona exacta, con su rostro exacto, con su ropa exacta, en el lugar exacto, a la hora exacta, o si bastaba con una impresión, con una sospecha, con una imagen vagamente desagradable que después, muchos años después, cuando finalmente ocurriera algo, cualquier cosa, pudiera recuperarse y presentarse como una revelación. Me pregunto, por ejemplo, si soñaron esta habitación. Si soñaron Medellín. Si soñaron estas paredes. Esta cama. Esta ventana. Si soñaron la ropa que llevo puesta, las cantidades verdaderamente desproporcionadas de sustancias que he consumido, sustancias fuertes, fuertes e ilegales, sustancias que seguramente habrían despertado una considerable actividad profética entre los miembros de mi familia, y me pregunto si soñaron también la música que llega desde la calle, el ruido del ventilador, mi respiración, la motocicleta que ahora pasa frente al edificio, porque acaba de pasar una motocicleta, la he escuchado pasar, la sigo escuchando, escucho cómo se aleja, cómo continúa alejándose, cómo parece alejarse sin terminar nunca de alejarse, y entonces pienso que quizá soñaron también esa motocicleta, que quizá alguien, hace veinte años, soñó una motocicleta alejándose por una calle de Medellín mientras yo permanecía encerrado en una habitación consumiendo las exquisitas drogas, y que quizá no me lo dijeron, quizá decidieron callarlo, porque también me pregunto si soñaban cosas que nunca contaban, cosas que preferían reservarse, desgracias demasiado pequeñas para merecer una advertencia, desgracias demasiado grandes para pronunciarlas en voz alta, y si de verdad creían que callar un sueño podía alterar los acontecimientos, o que contarlo podía precipitarlos, o que bastaba con soñar algo para que aquello quedara condenado a suceder. Y me pregunto cuánto tiempo dedicaron a semejante actividad, a soñar, a recordar, a interpretar, a vigilar las vidas ajenas en busca de alguna correspondencia, de alguna coincidencia, de alguna miserable prueba de que habían tenido razón, y cuánto daño podían causar con esa manía, con esa necesidad de anunciar el porvenir, de convertir cada acontecimiento en la confirmación de una desgracia previamente soñada, porque al final, con sueños o sin sueños, con advertencias o sin advertencias, con revelaciones nocturnas o sin ellas, mi padre murió frente al volante de un automóvil y yo estoy aquí, encerrado en una habitación de Medellín, consumiendo enormes cantidades de sustancias fuertes, fuertes e ilegales, y afuera una motocicleta sigue alejándose, sigue alejándose aunque ya no debería escucharla, aunque hace rato que debería haber desaparecido, y entonces se me ocurre algo que hasta ahora no se me había ocurrido, algo verdaderamente desconcertante, y es que nunca, nunca nadie me habló de un sueño en el que ocurriera algo bueno. Nunca. Ni una sola vez. Como si en aquella familia estuviera permitido soñar únicamente las desgracias. Como si la felicidad, por alguna razón que todavía desconozco, no tuviera ningún valor premonitorio. Como si nadie quisiera responsabilizarse de anunciarla. Y la motocicleta sigue alejándose. O quizá ya se alejó. Quizá hace mucho que se alejó y soy yo quien continúa escuchándola. Qué cosa tan rara. Qué cosa tan extraordinariamente rara ¿no?.
Me levanto y camino hacia el baño. Me vibra la cabeza. Me vibra tanto que por momentos creo que la vibración viene de la habitación, de las paredes, de las tuberías, pero no, viene de mí, todo viene de mí últimamente, y pienso que eso es lo verdaderamente insoportable, que no hay manera de alejarse de uno mismo, ni siquiera atravesando países enteros, ni siquiera encerrándose en una habitación lejos de todo.
Abro las llaves. El agua comienza a caer. Y escucho. Escucho el agua. Me quedo escuchándola un momento, porque hay algo tranquilizador en su manera de caer, en esa absoluta falta de preocupación con la que cae, como si no tuviera ninguna otra cosa que hacer y ninguna otra cosa hubiera hecho jamás. Abro el cancel y entro en el cubículo de la ducha. Me coloco de espaldas al chorro. El agua me golpea los hombros, baja por la espalda, se desliza por las piernas, y yo permanezco inmóvil, sintiendo cómo cae, cómo sigue cayendo, y pienso que quizá debería aprender a hacer lo mismo, simplemente caer, dejarme caer, no tener que decidir nada, no tener que recordar nada, no tener que averiguar si hay alguien detrás de la puerta o si todo lo que he escuchado durante estos días ha sucedido únicamente dentro de mi cabeza. Pero el corazón continúa su ritmo acelerado y yo continúo escuchándolo. Incluso debajo del agua.
Pienso que podría detenerse ahora mismo, que podría dar un último golpe y después nada, y me pregunto si alcanzaría a darme cuenta, si uno sabe que su corazón se ha detenido o si para entonces ya no queda nadie que pueda saberlo.
Me tiemblan las piernas. Me siento en el piso mojado y apoyo la espalda contra el muro de la ducha. El agua me cae sobre un hombro. Luego sobre el otro. Inclino la cabeza y dejo que me golpee la nuca.
Y entonces escucho el sonido de la puerta. Un movimiento de manija. Después otro. Me quedo quieto. Pienso que no debería haber escuchado nada con el ruido del agua, pero lo he escuchado, estoy seguro de haberlo escuchado, y quiero levantarme para cerrar las llaves, aunque las piernas no me responden.
Escucho la cerradura. Después unos pasos. Y pienso que ya está, que finalmente han venido, que después de tantos días imaginando tantas cosas, finalmente han venido, aunque no sé quiénes son ni por qué tendrían que venir, y precisamente por eso me parece tan terrible que hayan llegado. Los pasos se acercan. Me quedo mirando la puerta del baño.
Y entonces aparece mi padre. Está ahí. Mi padre está ahí, pienso, y no me sorprende tanto como debería sorprenderme, porque lo reconozco inmediatamente, reconozco su manera de caminar, su manera de detenerse antes de entrar en una habitación, esa pequeña inclinación de la cabeza que tenía cuando quería averiguar qué estaba haciendo yo, y pienso que no puede ser él, naturalmente que no puede ser él, porque mi padre ha muerto, y sin embargo es él, no encuentro otra manera de decirlo.
Lleva una camisa que recuerdo. No sé si alguna vez tuvo esa camisa, pero le queda bien, le queda como le quedaban sus camisas.
Me mira. Yo lo miro. Y pienso que debería decir algo, que no todos los días entra el padre muerto de uno en el baño de un hotel de Medellín, y que sería una descortesía extraordinaria quedarse callado, pero no consigo hablar. Estoy absorto. Estupefacto.
Mi padre se acerca. No parece preocupado. Yo estoy convencido de que voy a morir y él, que ya ha muerto, parece no encontrar nada particularmente alarmante en el asunto.
Se inclina hacia las llaves del baño y apoya una mano en una. Me mira como me miraba cuando era niño y había hecho algo que no sabía cómo explicar.
Y entonces me acuerdo de tantas cosas, de cosas que no había recordado durante años, de su manera de sentarse, de la forma en que pronunciaba algunas palabras, de sus manos, sobre todo de sus manos, y pienso que he pasado meses buscando paisajes, montañas, ciudades, mares, cuando lo que verdaderamente quería encontrar era una de sus manos.
—Papá —digo.
Y me parece extraordinario poder decirlo.
Papá. Una palabra tan pequeña. Una palabra que había pronunciado miles de veces sin pensar y que ahora me cuesta tanto pronunciar. Él mueve la cabeza. Como si hubiera escuchado. Como si todavía fuera posible llamarlo.
—Papá —repito.
Y él sonríe apenas.
Entonces pienso que debería contarle el viaje, que para eso he venido, que debería hablarle de Uruguay y de Maniel, de aquella caminata desde Valizas hasta Cabo Polonio, del faro encendiéndose cada doce segundos, de Buenos Aires, de Montevideo, de Nieves, de las noches de Artigas, de Lima y de la montaña que nunca conocí, y también de Medellín, de los paisas, de las flores, de los tintos, de todo lo que he visto y de todo lo que todavía quisiera ver, porque él quería conocer estos lugares, porque alguna vez hablamos de ellos, porque después de su muerte empecé a sentir que viajar era una manera de llevarlo conmigo.
Y pienso que quizá haya sido una estupidez.
Porque él no necesitaba que yo fuera a ninguna parte. Eso pienso. Que quizá no necesitaba nada de mí. Que quizá soy yo quien necesitaba creer que todavía podía hacer algo por él.
Mi padre se sienta a mi costado. Y entonces ocurre algo que me parece mucho más extraño que su aparición. Se queda. Simplemente se queda.
No me pregunta por qué estoy desnudo. No me pregunta qué he tomado ni por qué llevo tantos días encerrado. No me pregunta por qué tengo miedo. No me pregunta nada, y pienso que es una suerte, porque no sabría qué responderle, y también pienso que quizá los muertos han perdido el interés por las explicaciones, que quizá después de morir uno comprende lo poco que importa saber por qué alguien ha hecho algo.
El agua continúa cayendo. Quiero cerrar las llaves, pero no quiero moverme. Tengo miedo de que desaparezca.
Y entonces pienso que no es la primera vez que tengo ese miedo, que lo he tenido desde el día en que murió, desde mucho antes incluso, aunque entonces no sabía reconocerlo, porque uno pasa buena parte de su vida temiendo perder a quienes ama y después, cuando finalmente los pierde, descubre que el miedo no desaparece, que continúa ahí, que uno sigue temiendo perderlos, como si todavía quedara algo que pudiera serle arrebatado.
Mi padre dice algo. No lo escucho. El agua cae sobre los azulejos. Le digo que espere. Que no se mueva. Que voy a cerrar las llaves. Pero él vuelve a decir algo y yo no entiendo, y me invade una desesperación absurda, porque he esperado tanto tiempo para volver a escucharlo y ahora que está aquí no consigo distinguir una sola palabra.
—No te escucho, papá —digo.
Él me mira. Y entonces levanta una mano. Hace un pequeño movimiento con ella. Un gesto que conozco. Un gesto que significa que no importa. Y pienso que sí importa, que importa muchísimo, que hay tantas cosas que nunca le pregunté, tantas cosas que no llegué a decirle, que no puede venir desde la muerte para decirme que no importa, pero él continúa mirándome con una serenidad que nunca le conocí mientras estaba vivo.
Y de pronto comprendo que estoy llorando. No sé desde cuándo. El agua cae sobre mi cara y las lágrimas se mezclan con ella, y pienso que quizá llevo llorando desde que entré al baño, quizá desde que llegué a Medellín, quizá desde que salí de México, quizá desde el día en que murió mi padre y comencé a hacer esas cosas que uno hace cuando no sabe muy bien qué hacer. Viajar. Caminar. Beber. Quedarme un rato mirando el mar. Conocer a alguien. Despedirme de alguien. Volver a caminar. Y escribir. Escribir sin saber del todo qué decir, volver sobre una frase, dejarla reposar. Salir después a caminar y volver con unas cuantas palabras, casi siempre con las mismas.
Y pienso que he recorrido tantos kilómetros para no detenerme, porque detenerme significaba encontrarme otra vez con su muerte, y ahora que por fin me he detenido, ahora que no puedo levantarme del piso de este baño, mi padre está sentado junto a mí.
Como si hubiera estado esperándome. Como si hubiera sabido que tarde o temprano tendría que detenerme.
Quiero abrazarlo. Pienso que debería abrazarlo. Pero no lo hago. No sé si puedo. Y entonces él se levanta. Lo hace despacio. Se dirige hacia la puerta.
—Papá —digo.
Se detiene.
—Espera.
Me mira.
Y yo quiero decirle que lo siento, aunque no sé exactamente qué siento, quiero decirle que he intentado hacer las cosas bien, que he intentado ser alguien de quien pudiera sentirse orgulloso, que no lo he conseguido, que he cometido estupideces, muchas estupideces, y que probablemente continuaré cometiéndolas, pero también quiero decirle que he sido feliz, que hubo días hermosos, que el paisaje de Uruguay era inmenso, que Maniel estaba conmigo, que vimos el faro, que llegamos hasta allí.
Pero sólo consigo decir:
—Fuimos, papá.
Él permanece inmóvil.
—Fuimos hasta el faro.
Y entonces me parece que sonríe.
No estoy seguro. El agua me nubla los ojos. Me los limpio con una mano. Cuando vuelvo a mirar, mi padre ya no está. Me quedo esperando. Pienso que quizá regrese. Que quizá haya salido a buscar una ambulancia. Que quizá vuelva a entrar para preguntarme si necesito una toalla, y esa idea me produce una tristeza insoportable. El agua sigue cayendo. Y yo continúo sentado. No sé cuánto tiempo pasa. Pienso que quizá me he quedado dormido. Que quizá he imaginado todo. Que quizá mi padre nunca estuvo aquí, y eso sería lo razonable, por supuesto, porque los muertos no entran en los baños de los hoteles, no se sientan junto a uno, no escuchan a sus hijos hablar de sus errores. Pero también pienso que, si no estuvo aquí, entonces he tenido que traerlo yo. Y no sé qué me parece más extraño. Que haya venido, o que haya tenido que atravesar tantos sitios para conseguir traerlo.
Me llevo una mano al pecho. El corazón continúa latiendo. No sé si más despacio. No sé si más fuerte. Late. Y por primera vez no intento averiguar cuánto tiempo le queda. Pienso en mi padre. En el faro. En Maniel caminando delante de mí. En aquella luz que regresaba cada doce segundos. Y pienso que quizá no vine hasta aquí para despedirme de él. Quizá vine para comprender que no tenía que seguir despidiéndome.
El agua cae. El corazón late. Y yo permanezco sentado en el piso de la ducha, con la espalda contra el muro de azulejos, y pienso en el faro del Cabo Polonio, en aquella luz que regresaba cada doce segundos, y pienso que quizá mi padre continúa aquí, que quizá no se ha marchado, que quizá está del otro lado del agua, mirándome, y levanto una mano hacia donde creo que se encuentra, aunque no veo nada, solamente el agua, y me pregunto qué pensaría alguien si me viera así, desnudo, saludando a una habitación vacía, pero nadie me está viendo, pienso, nadie salvo mi padre, naturalmente.
—Hasta pronto, papá —digo.
Y espero. Uno. Dos. Tres. Sigo
contando en silencio. Cuando llego a doce cierro los ojos. Y pienso que quizá
la luz ha vuelto. Que quizá está iluminándonos a los dos. Mantengo la mano
levantada. Y no abro los ojos. No todavía.












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