Urdimbres 𓎖 Diego Atl.
𓎖
Y aún hay muchas cosas que no he visto y dicho. No sé puede negar la historia y hay cosas que señalar.
Me escapé de la sombra y la luz. No soy alguien que les vaya a mentir, he sido cuanto menos un insensato, un bárbaro, cruel y embaucador, un ser en búsqueda de ternura, un terruño al cual pertenecer.
Prometo está vez no interrumpirle y dejarle ir si así lo desea.
Aquí hay tantas voces, tiempos, edades, materias y texturas diferentes.
Tengo que decir que amo el aroma del maíz en la milpa, chapulines, la masa cruda en el nixtamal y la tortilla en el comal, sal, la casa de Doña Lucina, aguacate criollo, el adobe y los pasillos largos y oscuros para llegar a cualquier lado. El tlecuíl, siempre el tlecuíl. Ese lugar perfecto dónde late el corazón de la caza.
Sobreviví de milagro a mi mismo.
Quizá debería dejar de escribir y parlotear, fingir que soy escritor o poeta, artista, humano o algo más.
Apenas alguien que conoció las palabras y su sonido y con ello hace trabalenguas de onomatopeyas y apenas supo regurgitar vestigios de antiguos gemidos primigenios.
En casa siempre hubo ofrendas generosas. Con 7 niveles y toda la parafernalia correspondiente bien documentada. Las flores de cempasúchil, el terciopelo y el copal me hicieron amar las ofrendas, los pueblos, las distintas tradiciones, los panteones, el color, la noche, las velas el humo, el fuego, la comida, la comunión, la fiesta, la memoria, Michoacán. El jorongo extingue el frío con un champurrado alrededor de tu muerto cantándole sus canciones favoritas mientras antiguos tu abuela y tío recién fuido vinieron a cenar.
Me nombraron como el agua, entre un pueblo famoso por su carne asoleada y el otro rico por sus cultivos y ríos. Me habitan vestigios y textiles de lana y una lengua que no domino asentado todo en el acta de nacimiento con ancestros a los que tatemaron sus pies para que cedieran sus tierras, el oro, sus alimentos y dignidad, pero necios algunos aún resisten. Quizá este dolor tiene un orígen común.
Tuve como oficio uno equivocado.
Te llevo en mi corazón CODEDI y Cherán, Atlixco y Ocuituco.
Mientras unos se niegan, otros hacen tequio y comunidad, otros gustosos entregan su casa y cambian el pox por coca.
Soy una pastiche del viejo mundo, hijo, nieto de aquellos migrantes que cruzaron la mar y de los que dejaron los khipus en el sur. Soy hijo de Don Goyo a quien los graniceros aún le llevan ofrenda para que haya buenas cosechas, y si acaso cubiertos en ceniza que sea abrazados como los amantes de Pompeya.
Aquí aprendimos a no temerle al rugir de la tierra. No hay a donde correr. Porque me salvaste tantas más veces como pocas veces tan profundo me hiciste daño. Creo que vine a perdonar.
Quizá heredó una rara disciplina el que escribe.
Oportuno Nezahualcoyotl. Afortunado quien lo lee.
Como un pintor de textos que nació en un antiguo siglo de promesas de autos voladores fracasados y teletransportaciones que no llegaron, me quedo con los voladores de Papantla. Cubierto de materia inerte que cubre la belleza viva de la madre tierra, insisto.
Nada de lo que digo tiene sentido. Habitar está patria constituída de desposeídos y cultivos flotantes, de infinita riqueza es su palabra, en sus botánicos y vapores, entro en su matriz, en la magia de su tacto, en la paciencia de sus cultivos, en el sabor de los saberes de los colores y de sus pieles. Nunca fui un genio.
Le toca continuar la tradición de creativos y seres nostálgicos que a través de sus obras aún se niega a morir de tajo. Extienden entonces la sinapsis y si no a sí el amor a los demás en la mano moribunda pueden entonces un poco más.
Este clan es atípico. Las asambleas ocurren sin asistencia, y es que las decisiones se tomaron en el futuro o en vidas pasadas, los decretos son perpetuos evidentemente porque nunca se hablaron o los pergaminos el tiempo ya los había extinguido.
Estos humanos tienen el pelo suave y los pies grandes, algunos de ellos muy toscos, mentes creativas, todos hábiles de las manos, unos cocinan manjares y crean atmósferas y comunican claramente, otros evitan las multitudes. Hábiles ladrones en vidas pasadas y definitivamente amantes del arte y el buen vivir.
Siempre con plantas, perros, gatos, tapetes y casas con luz en todas las vidas. Los excesos nunca faltaron.
De una u otra manera se evadían las vedas, los toques de queda, no eran revolucionarios ni comunistas pero algo en esa familia los volvía anarquistas de ellos mismos. Cosas que evidentemente les saboteaba.
Si algo es evidente lo negaban como una primitiva comunidad cualquiera en una considerada ciudad moderna como Nueva York, Ciudad de México o París.
Aquí se fuma y se bebe, se experimenta a escondidas desde niños. Destruir el templo buscando que alguno de los conejos tomarán la lengua y hablaran por él.
Consciente de su privilegio de clase, preciosuras de pinturas, sanar musica cerámica de alta y baja y torno poesía agricultura, fermentos bonsai collage y desinteresados ermitaños no por elección que construyen castillos solitarios con sus pies la barda de tierra apisonada.
Proyectos para los demás, plataformas, caminos, rutas que andar, la primer biblioteca, dealers de arte, redes comunitarias de mujeres, haber sacado al PRI después de más de 70 años, acupuntura pulso Morelos 33 El Callejón Hueyapan Doña Modesta Matisse desde la cama. El turrón duro español, el pavo en marzo, el pollo con curry y arroz blanco, el árbol de ciruela, la composta y el cafetal. Negus y el akita que duró 1 día. Benito y Juana. Y aprender a perdonar. Vainas de Macondo y el licor.
El presente, el que escribe, en ese pasado leyó un libro, El molino Rojo, y se embriagó, no con el hada verde. Con 2 lustros este marinero ya navegaba en altamar vomitando un mal agave o caña entre tabaco en el amanecer disfrutando el canto de los gallos, el sereno en los cachetes besando a una güera citadina que no volvería a ver. Ahí se quemaron dichosas cosas en el sistema nervioso y seguro más allá que hoy aquí no llegarán. Se hicieron destrozos sin saber qué le vamos hacer. Aprender a perdonar.
Mientras estás letras embriagadas se trenzan para hilar este homenaje que vibra de este lado y del otro tan hermoso y tentador. ¿Cómo realmente saber si es real? Casi noviembre. Un algo más otra vez.
Repetir las costumbres que me gustan. De nuevo no hice la ofrenda. Mis muertos han de estar molestos.
¿O estoy molesto porque yo soy uno de ellos y se olvidaron de mi ofrenda?
Dejó rastros anónimos que unos pocos logran descifrar pues no escribo o pinto para nadie. Lo hago en silencio y para algunos con los que coincido. Artista. Manía de escapista. Locos todos al fin. Bellísima familia a la que agradezco los piojitos, las cosquillas, la música, la libertad, el amor.
El caos es mío. El perdón también.
Entrego mis armaduras de hojas, plumas y poesía.
Más fuerte que un meteorito es un impacto al corazón. ¿Cuál es el color de la memoria? Mis tristes creencias perduran necias. Te digo en un suspiro, ven, querida mía, te espero aún sin prisa. He cambiado tantas veces de postal. No así mis ganas de besarte.
¿Acaso debe tener sentido lo que digo?
Pierdo la cordura y ruedo por la cordillera. La grana cochinilla explota, queda a mi paso dejando el registro vivo de los acuíferos y la población que se migró con ellos.
Cruzo una puerta grande de madera apolillada. Encandilado, tropiezo. Estoy en casa.
Es asombroso este silencio; Los árboles no lo son, son muros, se derriten. No hay grillos, ni llueve. Todo está congelado. La vegetación está suspendida como en una estampa japonesa. Me cuelgo de una rama, tengo el cuerpo cubierto de pelo, como hasta saciarme de fruta fermentada. Hay algo en mi memoria, pelo largo, perfume fuego, un peso en el pecho por algo que no comprendo. ¿curarme? Frío, abrazo, abrigo.
El viento parece mudo, la comunidad resopla y no hay calor, no hay frío. No tengo hambre ni prisa. Creo que dormí bien. No hay temor alguno. Ya no me muevo. Apenas tiembla un poco uno de mis dedos. Soy un espectador está vez. Caí hace unos unos minutos al vacío, resbalé y golpeé mi cabeza en una roca y un frío absoluto me abriga. Y agradezco. Una gran ave vuela a lo alto en círculos, creo que viene por mi.
No hay temor. Las hormigas me cobijan.
¿Dónde encuentro todas esas hermosas dudas que me hacen escribir, Cipactli? ¿Debajo de las rocas?
Desde las sombras de mis padres vienen mordiendo.
Yo dudo y por eso pienso, y por eso existo y quizá por eso estoy un poco loco. He llegado aquí, a esta sala de espera. Tan impaciente. Estaré rodeado, conejillo de indias.
Me han quitado mis calcetines largos amarillos, pretendía que me abrigaran en las noches que sabía vendrían heladas porque pensaron que me podría infringir algún estruendo incómodo envolviendo mi cuello a mi y mis compañeros de pabellón y entonces tuve que despedirme de ellos.
Como Juan O'Gorman. Si, si lo he pensado. Tan elaborado, tan perfecto e infalible. Un trago, una silla, una soga colgando de una viga y una Smith & Wesson calibre .38 Special.
Mi ventana da al periférico, no puedo salir. Apenas un día a la semana lo hacemos en fila al área común.
Los autos en el pavimento hacen con la lluvia un sonido similar al de las olas. Y eso está bien. Me recuerda el mar al que no he visitado desde hace tanto. No sé cuánto tiempo estaré.
Aquí, en el sur de esta ciudad convulsa, donde el sistema nervioso se retuerce y deja de hacerlo, estoy.
Añoro y me propongo no nombrar pero hay tatuajes invisibles.
Esta limpia sala de espera respira agitada. Me tiemblan las extremidades.
¿Qué podía esperar de este lugar? Locos por todos lados. Vomitar la palabra. Las paredes son blancas, demasiado neutras para mis gustos barrocos. Mi pasado primate dice que le faltan plantas, verde por todos lados. Yo, que amo el color aún en los marrones de los colores de la sequía, necesito lo que a otros quizá perturbaría.
Tengo un lápiz de minas de contrabando. Mi hermano lo metió en el subsuelo de su zapato y creo que mi
psiquiatra lo sabe. He tomado las pócimas y no puedo dormir. La cama está torcida y mi columna también.
Pero no me quejo. Es mejor aquí que mi desolación de afuera. Tengo una rutina. Me alimentan, he bajado de peso y parece que se preocupan por mi.
Aprecio hablar con los árboles, con el mar de ololiuqui que atiborran los baldíos y bendito que lo hacen.
Los líquenes me hablan, pero los atiborro de halagos a la menor provocación, son perfectos.
Aquí no hay uniformes, pero sí horarios. Hay un cuello tajado, su dueña medita. Me pregunto si mientras se lo cortaba estaba en trance, ella no habla con nadie. También he visto brazos con líneas rectas que cedieron a los vendajes. Miradas vacías como la mía, movimientos torpes por las drogas, pies que se arrastran, torpes juegos de mesa y poco tiempo para terminarlos. Un congreso de pobres de espíritu.
Volví a leer a Tolkien y Rulfo. Andrei me trajo a Cortázar.
Tengo una sed tan concurrida. Tan llena de silencios y apetitos salvajes. Creo que no me quiero ir.
Cierro los ojos y en Madero suena 20 años. Ya no me importa Bellas Artes. Me derrumbó. Recuerdo a
Buika en San Miguel. La casa tiene patas aún. Me hubiera gustado ser valiente y que el río que canta me hubiera devorado.
Pero tengo un baño para mi. Tengo un nuevo vecino, se llama Cristian; no es su primera vez. Otro escucha voces y parece molesto con ellas: voltea los lomos de los libros hacia la pared. El rompecabezas ha quedado inconcluso, nunca lo terminaremos. Ha llegado un nuevo inquilino al pabellón; grita y lo tienen que someter. Amanece amarrado de pies y manos, grita pero él no se escucha.Está lleno de excremento.
Todos queremos arrancarnos los oídos. Escribo, escribo todos los días.
¿Cómo iba a preocuparme por el presente, si ese instrumento musical es eterno e irrepetible? Soy afónico, un eterno inconforme. ¿O acaso ya había quedado registro en algún diario-partitura con la tinta desdibujada y ese aroma a lignina que amo tanto como espectro me persigue? Amo tanto ese aroma.
Busco en los recovecos de mi memoria esa biblioteca de niño. Los catálogos de las casas de subasta. El arte erotico y las partituras bajo el banco del piano. La dulce cereza del café.
Nunca volví a ver un árbol de cazahuate tan grande que aglomera tantos colibríes.
Perdí la cuenta de las veces que perdí.
Morí cuando niño por la sequía. Me secuestraron y me llevaron a una tierra que no conocía. Me cortaron una mano por robar una fruta. Perdí mi libertad por casi 13 años.
Resistí junto a más cómo yo.
Dije nunca más y morí.
Hice mi funeral al que asistió mi padre.
Abro las páginas del mundo. Tal vez no fuera más que una mota de polvo en la tensión superficial arrastrada por la corriente, engullida por una mojarras en la colonia 5 de mayo que, a su vez, sería devorada por una perra astuta que moriría de hambre y debía amamantar a sus crías.
Una de las veces que nací fué después de un desfile militar, mi madre había olvidado mi alumbramiento.
Nací en un siglo que agonizaba y que inventaba demonios y chupacabras. Los grandes muros caían y nos vendían paraísos artificiales de libertad.
Si hubiera seguido mi sueño de esa vida habría sido violinista. Crecería en un tranquilo pueblo y sería un alcohólico artista que me iría desdibujando con el tiempo. Escupiría sangre como un dragón dibujando con saliva.
Cuando el segundero se enfría y el viento se acelera los días piden encender el fuego. Improvisar los latidos de vez en cuando.
Trazar un círculo de piedras volcánicas y acomodar el guamúchil, el ocote y levantar las llamas para meterse en ellas. Es nuestra forma de invocar para susurrarle las preguntas trémulas que solo se hacen al calor de las brasas.
La vela de cera de abeja casi se extingue en la habitación abandonada.
Creí que era poeta o algo así. Parpadeo.
Una especie coralina que recibió los tesoros azotados de un naufragio que traficaba con especias de las Indias en el Caribe en un galeón en Argel. Hasta aquí me quedo, hasta aquí. Mis manos tiemblan como anémonas. Los mapas han ardido. Pero la ruta la tengo trazada en la memoria con amnesia. Aún no me levanto; los restos vuelan cual si fueran las cenizas ambarinas brillando como un tesoro robado a unos ingleses mercenarios en un remolino incesante hasta extinguirse y perderse a la vista entre las nubes, así es como se forman las estrellas.
Mis párpados, empenumbrados junto a los restos de mis camaradas corrompidos. Ojalá la marea, los besos de amor, me devoren.
Intento leer el astrolabio para llegar a ninguna parte. Cesó Eolo y nada se mueve.
Despierto y sello de nuevo las escotillas agrietadas con cera. En el bolsillo del chaleco, junto al corazón, guardo mi último dárico, regalo que me arrojó a la mar antes de mi último naufragio. No queda nada más; la noche se cierne ante mí.
Pericón, chicalote. Rozar un agua en calma y mirar las nubes hacer una tenue ola. Las cortezas son el reflejo del tejido del universo, mapas, urdimbres y tramas sagradas que laten entre el espacio de cada molécula, guardando aquellos arcanos que el ente humano apenas logra intuir entre preguntas aún no formuladas, estoy.
Pregunto al nigromante, en la choza helada, en San José.
Echo mi suerte y zarpo a la niebla en mi, tan adentro.
Me extravío en el desierto.
De pronto, lo inefable, abre las puertas desde dentro, quebrandolo todo con un zumbido venido de las profundidades del corazón de la tierra, arañando, Caronte, cumpliendole la promesa a Perséfone, yo, tomaré su lugar está vez. Un dardo envenenado, el mismo que yo arrojé. Nada me salvará del naufragio, solo sus labios, los míos han sido silenciados. La memoria será ceniza.
Los cabellos de mi amada acarician mis omóplatos mientras lee la Odisea. Patria o muerte. Yo partía de la costa recién bombardeada. Escribir todas las cartas de amor. No había a dónde enviarlas.
Me brotan de los poros plumas y gruesos filamentos pardos para cazar y cruzar las fronteras; nahual, felino y lechuza. La sangre de los otros late en mis fauces, la vida escapa, mi hambre se sacia.
Un clamor submarino que precede al desastre: un proyectil ha desgarrado la proa, desatando severas filtraciones donde el oleaje ruge con furia de bestias abisales. En este eterno retorno donde tantas veces he conocido la muerte —mía y no—, entre coros y cantos de sirenas y marinos, me resisto. Abro los párpados encendidos en fuego y trago la amarga espuma que el océano escupe.
Remo, remo, remo con las manos, con los sueños, con los restos.
Allá donde el mundo ya es solo un reino de sal que seca, conserva, da sabor, mata e hidrata.
Las burbujas ascienden como un hilo, tributo, desafiando la gravedad que el firmamento reclama a los cuerpos pedestres de estos seres efímeros; criaturas volcánicas, flores, letras, color, amanecer, verde, pájaro, amor.
Que albergan llamaradas por sangre y que, en su brevedad, son capaces de rozar la eternidad con su sexo.
Son un poema. Tonto, terco, de corazón expuesto. Fuí a Chalma siendo ateo más de una vez. Rece más de un padre nuestro, mantras y cosas que no recuerdo. Puse velas, altares, cartas, hechizos, fuí un pagado buscando a Dios, magia que no entendí. Trague menjurjes, brebajes y regurgite, hablé con abuelos, árboles, hongos, líquenes e intestinos y volé.
Conocí lugares insospechados y texturas inexplicables e inexistentes, personajes y lenguajes indescriptibles y aquí estoy.
Las cuerdas de cáñamo se tensan hasta el límite para sostener los jirones de la vela, mientras mi cuerpo flota a la deriva entre el naufragio de la teca astillada, flotando en una densa bruma donde se confunden los tronidos de la madera con los aromas tatemados de la carne de mis hermanos y las fibras sacrificiales.
Los perfumes de la vida existen sin embargo: Jazmin, floripondio, azar, café, sexo, petricor, amor, ven. Conservo un pergamino que traje de Oriente. Lo compré a un traficante de especias llamado Hamud. Lo traje escondido entre costales de cardamomo, canela y albaricoque. Este documento habría el pecho con su filo tan fuerte como un martillazo a un yunque explotando en chispas que habrían visto el comienzo del principio del fin del mundo para exponer su propio paisaje interior con una sola tinta y decir "aquí estoy".
Y mientras tanto detrás del librero, Minerva maúlla entre La insoportable levedad del ser y las correspondencias de un siglo muerto, estampando sus patas entintadas para esquivar los ríos de mi propio llanto, se queja porque no le he dado aún de comer. La luna, que, llena, juega con las nubes, hoy, 10 de octubre, hace un año salía del hospital psiquiátrico.
Yo bebí del Nilo cuando mi piel era la de un reptil antediluviano; fui pirata y traficante de especias en Port-au-Prince, comerciante en los canales del Río Amarillo.
Siempre atento a las sombras de las nubes; trazar mapas con saliva en tiempo de secas era una tarea que dejé a las golondrinas.
Y en mi casa siempre hubo bambú frente a mí, que me disputa la flexibilidad mientras apuro un trago antes de caer ebrio y dormido.
He olvidado cuándo dejamos de sostener nuestro corazón fuera del pecho, quedando ciegos por las cenizas de los ojos en medio de la batalla del Peloponeso o del chacuaco del ingenio, ya no sé, sin haber leído aún los vaticinios de Los detectives salvajes ni Los recuerdos del porvenir. Tuve miles de nombres y profesiones: fui roca milenaria sintiendo el azote colosal del Iguazú, me rompí en mil pedazos y estuve en Persépolis durante el fragor de un levantamiento armado junto a Leila.
Fui padre, fui abuelo, y luego muté en hoja de astromelia, danzando con un sombrero bombín porque mi cuerpo no olvida la memoria del mundo. Guardo la ternura del primer abrazo que di a mi hija. Extiendo mi meñique para tome con toda su mano y andemos con la calma que jamás ando a su lado con la más infinita felicidad brincando después de la escuela. Vería en sus ojos los ojos de mi amada. Y sonrío. Algún día. Te encuentre. Y quizá el antártico colérico deje de serlo.
Tuve oficios religiosos y vendí perdones por vicios en San Pedro. Comercié con armas y venenos dando la mano a las manos más santas y ensangrentadas ¿Cómo sería entonces un hombre de fé?
Soy más creyente en los hombres escépticos, no espero mucho de ellos pues yo soy uno más.
Cierro la puerta y camino en regresión: los granos de maíz retornan al elote en un orden cósmico e inverso, la inundación regresa al cielo en mi cultivo de arroz; pronuncio palabras herméticas, helecho, corazón, non, cianotipia, mientras la multitud danza en el nacimiento de un manantial, al pie de un ahuehuete milenario. Soy el fin de los sueños y preparo mi ofrenda en el cerro más alto en Chalma. Invoco en idiomas que mi razón desconoce.
Nací agrietado, como el concreto craquelado por donde las raíces buscan el agua profunda.
Sobre la mesa, el alma que reposa me mira.
Sabemos despedirnos del pasado mediante rigurosos rituales.
Pero: ¿Cómo se despide un hombre del futuro?
Un recio beduino lee poemas al regazo de su amada junto a una fogata en el desierto de Nubia, o de Cuautla, o en Cartagena, confirmando que amar poco nunca ha sido sabio ni suficiente.
En este teatro del mundo, me pregunto con la solemnidad que mi desfachatez me permite:
¿Cuál es mi verdadera función sobre la tierra?
Después del agua, viene la melancolía. Después de la euforia viene la resaca.
Después de la guerra vienen los conteos.
Dentro de mí habitan todas las voces, y es que sé cómo respiran las flores, pero a veces olvido cómo hacerlo yo.
Fuí una máquina, pero he preferido olvidar esa parte. Aquí pasó un artista, un obrero, un campesino, un poeta que supo respirar una flor, mirar un paisaje y tocar una piel.
Palabra y silencio a la lluvia del trueno.
¿Por qué importarían los segundos si al parecer estarías en todos los tiempos y en ninguno al mismo tiempo?
Mi hogar siempre está atrás o al lado o en un texto abstracto, no en mi. Mi camino siempre por delante tiene flores que a mis pies marchitos pétalos roza.
Y hay que aclarar que nunca sirvo a ninguna monarquía, a ningún dios, en todo caso exijo una noche suficientemente oscura para poder mirar las estrellas.
Pero, pese a todos mis errores, a ti, te esperé pacientemente todas las noches, en varias vidas. Te escribí cartas, poesía, que no te envié esperando una señal que nunca llegó y menos mal, porque lo di todo sin esperar nada.
¿Cómo hablará mi arte cuando muera?
¿Qué es lo nos hace funcionar?
¿Será la montaña, el amor, el agua debajo de ella, la risa de un bebé al mirar a su madre, el viento que roza por encima, la muerte, una quesadilla de huitlacoche o los rezos de los presos los que hacen mover a la utopía?
Si esto sigue así tendremos que volver a coincidir, flores con poesía en altamar para que la marea la lleve a tu puerta cada que vea un árbol de moras para confesar que me falló mi neurotransmisor, mis instintos y mis ojos de felino en la noche, no supe mirar y preferí correr a ciegas solitario para no hacer daño a las caricias que no dí, porque preferí defender la fiesta que me diste y no supe cómo enseñarte mi tristeza, se opacó con él sol que había entre nuestras manos. ¿Se puede conocer el mar de nuevo, Alfonsina?
Quiero que la calma me abrace con marea de labios tropicales en mi Pacífico bravío. Para que ese instante dure eterno.
¿Por qué la vida dura tan poco entre Querétaro y San Miguel?
Hay abrazos que nunca se vuelven a repetir y que oraron a los elementos para su preservación.
Siempre con especial cuidado de ternura.
Fui mal agricultor.
Intenté arrojar semillas, pero el viento es anarquista. Vivo dentro de un reloj cuyas manecillas, hace tiempo, pausaron su prioridad. Los fantasmas son espectadores mudos. El limbo giratorio de la brújula está averiado. Tengo una tetera con agua. Lleno el termo, cargo la yerba y me echo a andar por esta tierra fértil de volcanes. Siempre costó mucho trabajo diferenciar entre el otoño y el invierno, evitando especialmente la última semana del mes once.
Desde mis años primeros, en la montaña, con ocote y oyameles, pisaba tapetes de anís silvestre, me fue revelada por el viejo Alejo Durán que ponía mi padre en el viejo tocadiscos, aquella tremenda sentencia: que "como Dios en la tierra no tiene, no tiene amigos en el aire." Pedro, en una crónica de hace ya varios siglos, me había advertido sobre la inminencia de los quebrantos; no obstante, remonté la corriente hacia este territorio y hoy no conozco el arrepentimiento, a pesar de mi propia y voluntaria renuncia.
Evoco la nostalgia de tu ser en este destierro; la limpidez de tus pensamientos, tan nítidos como tus ojos claros, y la tersura de tus manos, contrapuestas a la tosquedad de las mías, llagadas por el hacha y la resina, que torpemente gesticulaban intentando detener el curso irreversible y cronométrico del tiempo. Soy un adicto. Mi brazo está gangrenado. Supura flores mientras me arrastro, no he comido en días, muero.
Creo que, por un instante, estuve cerca del amor. Hubo una vez en que el mundo se nos ofreció infinito, vasto como la selva inexplorada, para luego desvanecerse con la levedad de un acento en el lenguaje de los pájaros.
Pese a todo, bendigo haber entrado a su cocina, pues las jornadas posteriores se volvieron confusas, brumosas y llenas de fiebres; convictos de mis pensamientos no aprendí jamás el difícil talento de abrazar fantasmas en la penumbra, ni el de permanecer tan cerca del amor.
Y mientras tanto, sumido en el tedio de lo ordinario, surco este páramo cotidiano de fango y rutinas que me aminoran el espíritu.
Aseguraste que vendrías con el cambio de estación. ¡Oh, caricia de tiempo! Dejaré la puerta entreabierta.
Por los ventanales irrumpirán las aves y atravesarán mi pecho de lado a lado, desgarrando mi carne con el tornasolado de sus plumajes.
Jamás pretendí haberme sabido invencible ante la historia o el paisaje; y si hoy sobrevivo entre estas ruinas, si pienso y modulo la voz, es únicamente porque he muerto tantas veces detrás de mí, en revoluciones y en caminos, amor mío. No experimento temor ante el Dios de los templos ni ante el demonio de los altares paganos; temo, en verdad, a la crueldad de los hombres, pues he perpetrado actos terribles no solo en nombre de la necesidad y aún otros peores bajo el sol del trópico. Por ello te suplico, en esta hora de zozobra: no me abandones a la deriva en este naufragio vegetal.
Soy esto, único y nadie, al mismo tiempo.
Una necia cuerda vibrante de un instrumento antiguo y desafinado.
Y diría como última vibración de filamento, coloca tu índice y pulgar en la cuerda de mi, y apaga la brasa
de este sonido, por favor.
Aquí nadie me conoce.
¿Existe el alma, y si es así, está en nuestro cerebro?
Toco la puerta, nadie responde, tocó de nuevo.
No está cerrada, apenas emparejada. Brilla el tapete amarillo y recuerdo que tengo una invitación. Las bisagras antiguas chillán, cantan, resoplan. Estoy en casa. El limón cubierto en azar, Pánfilo aletea, Benito se restriega y maúlla casi mudo, Alf brinca por ahí suave y grande, el gallo pelón con su enorme espolón gallardo se pasea entre sus gallinas, y el arrayán generoso da.
Cruzo el marco y Negús me da la bienvenida. El viento de la frontera entre octubre y noviembre sacude las velas amarillas. La mesa está puesta. Mole Xico, mezcal jabalí y tepextate, calabaza en tacha con un chorrito de leche. La chimenea está prendida.
Unos parten, yo, trémulo.












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