El cielo se mueve de lado ✎ Msylder.
Poco a poco, el sonido de las ruedas del tren empezaba a desvanecerse en su cabeza.
Había ingerido una dosis de LSD en ayunas, a las tres de la madrugada, momentos antes de salir del departamento que la tía de una vieja amiga le había prestado durante su breve paso por Ollantaytambo.
No era la primera vez que consumía la droga. Llevaba año y medio habituado a tomar ácido para realizar distintas actividades. Desde ir al cine, ponerse a escuchar música con su equipo de alta fidelidad, hasta microdosificar para enfocarse en tareas que exigían atención sostenida, como preparar una presentación ejecutiva para la Dirección de Área.
Para él, más que una droga de aspectos mágicos, el LSD era un potenciador mental. Le permitía experimentar con hiperfoco, atravesando los límites naturales de la percepción.
Junkies ingenuos se maravillaban con los colores que aparecían frente a sus ojos después de la ingesta. Él no. Lo que veían —lo sabía— no era más que el fenómeno de la defragmentación de la luz. No se entretenía con esa clase de pequeñeces.
Ese día, decidió que era perfecto para tomar una dosis completa. Se previno, como de costumbre, por si algo salía de control. Al final, con los psicodélicos, uno nunca sabe.
Guardó la cartera y el pasaporte en su chamarra, en bolsas con cierre. Se aseguró también de cerrar correctamente el departamento y guardó la llave junto con lo demás. Subió al vehículo que lo llevó hasta la estación del tren. Una vez ahí, preguntó a un empleado sobre el abordaje, y luego subió sin mayor dificultad al vagón de la línea Peru Rail, en un asiento junto a la ventana. Se colocó los audífonos y se quedó mirando el paisaje. La vista disipaba, poco a poco, los descontentos del viaje. Todo se iba. Primero, ese taxi abusivo al llegar a Lima. Un robo descarado. Luego, el pésimo cebiche en el Sheraton, cuya explosión de sabores vendido en folletos y que medio mundo pregonaba nunca reventó. Para culminar, ese baño de pueblo peruano durante su caminata en Miraflores, que fue más de lo mismo, con esos anticuchos similares a morder guante de caucho. Recordó las palabras de su amigo Tarcisio cuando se refirió a la capital como “Lima insípida”, rematando: —No te dejes engañar. El cielo en Lima no es niebla. Es humo. Vete de ahí cuanto antes. Pisa y corre.
Y sí, el tránsito había sido insoportable. El smog acentuaba el color gris de una Ciudad que parecía haberse quedado en los años sesenta —y no precisamente para bien.
Por si fuera poco, para salir de la pesadilla limeña y llegar a Machu Picchu había que soltar un montón de dinero: un vuelo a Cusco —porque por tierra el trayecto era de veintidós horas—, un taxi colectivo de Cusco a Ollantaytambo, un tren hasta Aguas Calientes, que además costaba trece veces más para los extranjeros, con el precio expresado en dólares, sin ninguna alternativa posible...
Sí. El paisaje diluía la acumulación de esos malditos disgustos. El ácido, penetrando y recorriendo su sistema nervioso, lo mantenía en estado de vigilia plácida. Miraba por la ventana mientras las ruedas del tren marcaban un ritmo que se colaba por debajo de los audífonos y se fundía con la música de Porcupine Tree que escuchaba.
La máquina avanzaba cortando el valle, abriendo una brecha entre lo real y lo fantástico. El chirrido metálico en bucle que retumbaba en sus oídos desapareció finalmente minutos después de arribar a Aguas Calientes, donde le informaron que aún debía tomar un autobús para subir al sitio sagrado. Otro tramo. Otro pago. Otra fila. Pagó resignado, como quien entrega la cartera a un ladrón para evitar el balazo.
En la cima, antes de ingresar al sitio arqueológico por el control de tickets, recibió junto al resto del grupo indicaciones puntuales para el recorrido. Subió por un camino corto pero empinado de escaleras de piedra que lo llevó directamente a la Casa del Guardián. El conjunto de construcciones que aparecía en todas las fotos emblemáticas, con Machu Picchu y el Huayna Picchu de fondo.
Después de tomarse las clásicas selfies para el recuerdo, comenzó a descender para recorrer la ciudadela propiamente dicha. Siguió un sendero que lo condujo a través de las principales áreas. Primero bajó por un amplio camino empedrado, flanqueado a ambos lados por las terrazas agrícolas que descendían en escalones perfectamente alineados.
Al final de ese tramo, se encontró con un muro largo, de ensamblaje preciso, que marcaba la entrada al área urbana: una estructura conocida como el Muro de la Quinta Real. Se adentró entonces en el laberinto de calles y construcciones, caminando entre recintos rocosos con pequeñas grutas, pasajes estrechos y muros milimétricamente encajados.
Cruzó la Plaza Principal, un enorme espacio abierto donde, por un momento, se detuvo a llenar los pulmones con aire puro. A continuación, se acercó al Templo del Sol, una edificación que destacaba por su torre semicircular y unas peculiares ventanas trapezoidales, cuidadosamente construidas alrededor de una gran roca natural.
Aquella integración entre la piedra viva y la arquitectura lo hizo dudar seriamente de que ese lugar hubiera sido un asentamiento improvisado. Todo parecía calculado con una intención que iba más allá de lo funcional.
Cuando terminó de explorar la zona baja, frente al Templo del Sol, ascendió por una empinada y ceremonial escalera de piedra, tallada directamente en la roca de la montaña que lo condujo al sector más sagrado de la ciudadela: el Sector Hanan.
Era una subida corta pero exigente. Con cada paso, el bullicio de los visitantes en la plaza iba quedando atrás, se ahogaba por la música nítida en sus audífonos. Una sensación de solemnidad crecía en su interior como una bruma invisible. Las nubes, cada vez más próximas, descendían con una intención casi humana, en una especie de recibimiento místico y silencioso por igual. Un estribillo conocido se abrió paso en su conciencia, dejando de ser solo una canción para convertirse en la banda sonora perfecta de aquel instante:
We lost the skyline We stepped right off the map Drifted into blank space And let the clocks relapse…
En la cima, se encontró con una plataforma ceremonial. Un santuario abierto al cielo con una vista imponente. En el centro reposaba la Piedra Sagrada, cuyo nombre solo conocería días después, cuando navegaba por internet buscando información sobre el sitio, mientras trataba de discernir si lo que había experimentado era una señal auténtica o un simple truco disfrazado por su ego: la Intihuatana. Un monolito gris. Un prisma irregular con una columna central apenas levantándose de una base más ancha. Nada especial.
Se acercó, mientras se quitaba los audífonos, y escuchó al guía que hablaba ante un grupo de turistas que rodeaban la piedra con aire reverente. — Se dice que de esta piedra los incas amarraban el sol —dijo el guía, haciendo el gesto de un vaquero que lanza un lazo sobre un animal salvaje.
Luego explicó que la estructura había funcionado como reloj solar y centro ceremonial para observar los astros, medir solsticios y equinoccios, y así organizar los calendarios agrícolas. — Algunos incluso dicen que servía para algo más que eso —agregó—. Por favor, sin tocar la piedra —advirtió, alzando la voz—. Superpongan las manos por encima. Se dice que la piedra irradia energía. Yo no les digo nada, ustedes tienen la última palabra.
Observó cómo otros visitantes, ataviados con diversas prendas de alpaca, seguían las instrucciones con expresión concentrada, desplazándose con pasitos laterales alrededor de la piedra. — Sí se siente la energía —decían entre ellos, con sonrisas amplias en los rostros.
Están claramente sugestionados, pensó con una risa burlona, solo para luego tener algo mágico que contar a su regreso.
Decidió hacerlo también para reafirmarse. Para confirmar su teoría de la sugestión masiva.
Nada. Como era de esperarse.
Lo que sentían los demás no era sino un engaño, como quien toma el pulso de otra persona de manera torpe y sólo puede percibir el temblor de sus propios dedos.
Y entonces ocurrió.
Una voz —algo más que pensamiento, diferente a su conciencia hiperenfocada— le dictó, claro, sin urgencia: — Las palmas van al cielo.
Obedeció.Giró lentamente las manos hacia arriba.
Su mirada se quedó fija entre el vértice más alto de la piedra y la línea del horizonte, en el punto donde cielo y montaña se fundían como un telón que empieza a revelar su mecanismo. Y entonces, sucedió un efecto visual inesperado. Similar a esas imágenes ocultas en un autostereograma, como si el foco estuviera más allá de la superficie. Los patrones aleatorios se superponían y cruzaban, revelando de pronto la figura tridimensional escondida en la profundidad. Solo que esta vez, la figura no estaba sobre un papel, sino en el aire, en el cielo, en la piedra. Las nubes eran el oráculo.
Con la cabeza quieta, miró de reojo a un lado y luego al otro para cerciorarse de que no se trataba de un efecto alucinatorio propio de la droga, pero a los costados todo seguía igual.
Regresó la vista al frente, volvió a enfocar y ahí estaba de nuevo, el cielo develando su secreto geométrico.
¡Eureka!
Pensó, como si hubiera redescubierto un secreto antiguo, extraviado entre ruinas que nadie había visto —al menos no en esta época—.
Allí estaban los otros, con la boca abierta, pasándole las manos por encima a una roca fría.
Y allí estaba él, el escéptico, el racional, convencido de ser el único que veía con claridad.
Él había descifrado el código.
A sus pies, el mundo conocido se desvaneció.La ciudadela, las montañas, todo se fundió en un vasto diagrama de energía, un patrón que se extendía infinitamente.
La pieza que se dibujaba ante sus ojos era una especie de códice cósmico.
Posiblemente inca, sin embargo, en su expansión, entre el gran mapa, reconoció con estremecimiento glifos mayas que se entrelazaban con otros desconocidos, siguiendo una lógica superior.
El diseño se expandía en múltiples sistemas de escritura antigua. Todo encajaba como un solo mecanismo, una sintaxis que sostenía el universo entero. La gramática de la creación.
Pero el mapa distaba de ser estático. Cobraba vida segundo a segundo, mutando con posibilidades infinitas, expandiéndose más allá de su campo visual. Su mente, a punto de estallar por el cúmulo de información, finalmente cedió.
El códice comenzó a mostrarle no solo la geometría sagrada del universo, sino también los pliegues más oscuros de su propio ser.
Vio cómo aquello que lo había llevado hasta ahí no era un accidente, sino un engranaje necesario en una maquinaria celestial tan terrible como perfecta.
Comprendió, con un pavor que le heló la sangre, que estaba predestinado a abrirse paso hasta allí, a violar con su soberbia intelectual la cerradura sagrada.
Él era la llave.
Pero una llave consciente de su función destructiva.
Preso del terror apartó la mirada.
Quiso negarlo y atribuirlo al ácido, pero esa voz numinosa, la misma de antes, ahora investida de una autoridad absoluta, resonó no en sus oídos, sino en la médula de su existencia: — Arrodíllate.
Su primer impulso fue de rebeldía.Miró a su alrededor, a los turistas absortos en su ritual superficial, y pensó en el ridículo que haría.
Imaginó las risas, los comentarios, la historia del loquito que se postró en Machu Picchu viralizada en redes sociales.
Pensó en echarse a correr, en escapar de aquella locura. Intentó convencerse de que todo era sólo un malviaje.
Aléjate —se dijo—. Toma aire.
Lamentó no llevar consigo una botella de agua.
Dio media vuelta y comenzó a caminar, luego a trotar, con la determinación de quien huye de sí mismo. Pero con cada paso que intentaba alejarse del epicentro de su revelación, la voz se hacía más fuerte. No en volumen, sino en densidad.
El aire y los vientos cruzados parecían compactarse en torno a él para enjaularlo, impidiéndole la fuga. Además, una gravedad distinta minaba su voluntad.
Sintió que una fuerza espiritual lo arrastraba hacia su centro. Ya no era una sugerencia en su mente, sino un regaño estruendoso que surgía de todas partes. Un mensaje ancestral que lo reprendía por su ceguera al creer que podía poseer el misterio en lugar de honrarlo.
Sin embargo, en esa misma frecuencia —admonitoria, vibrante, severa— latía una cura.
Era la misma voz. Y empezaba a entenderlo: el regaño era la cura. La única salida.
Pero él era incapaz de decidirse…
Hasta que sus piernas lo traicionaron.La fuerza que lo sostenía se desvaneció de súbito. Las articulaciones flaquearon y cedieron sin su consentimiento, doblándose en una caída que fue, al mismo tiempo, violenta y profundamente ceremonial.
Cayó de bruces sobre la hierba húmeda, lejos del sendero principal, y la inercia llevó su frente a golpear con suavidad la tierra.
Allí, postrado, con el rostro hundido en el pasto frío de las alturas, su resistencia se quebró por completo.
Un dolor agudo le recorrió la espalda.Una tensión insoportable en los músculos de la nuca y los hombros, le gritaban que se levantara, que esa postura de suplicante no era la suya. Le ardían los empeines y las rodillas, dobladas en un ángulo forzado para su cuerpo, que nunca se había arrodillado ante nada ni nadie.
Cada fibra de su ser clamaba en protesta.
La música seguía escapando, apenas audible, de sus audífonos enredados alrededor de su cuello.
A dislocated day peers into the ether Counts the stars inside the sky and flies into the never Looped around my eyelids, a thousand shining flecks…
En un rincón de su mente, aún lúcido a pesar del pavor, entendió que se estaba quedando allí por miedo. Miedo a que la voz lo destrozara, miedo a la disolución total, miedo a la autoridad inmaterial absoluta que lo aplastaba.
Al hundir el rostro en la tierra sintió que descendía a una capa más profunda de su ser.Algo emergió. No un pensamiento. Una certeza. Lo que lo mantenía postrado, aguantando el ardor del dolor y el frío de la humillación, era algo más antiguo que el miedo: una necesidad desnuda, brutal, de rendirse. Un anhelo callado de dejar de luchar. De soltar, al fin, el peso insoportable de su propio yo.
La vergüenza se transformaba en el reconocimiento de una máxima largamente negada. Que, en el fondo, eso era lo que siempre había querido: algo ante lo cual arrodillarse.
Por primera vez, no obedeció ni a su cuerpo, ni a su mente, ni a su miedo. Apretó los dientes, sintiendo la humedad de la tierra empapando su ropa, y en lugar de aliviar la presión, se hundió más contra el suelo que parecía vivo bajo su peso.
Decidió mantenerse allí, soportando la quemazón muscular, ya no por terror, sino porque ese era el único lugar verdadero que le quedaba en el universo. Hasta recibir el perdón.
Ya no había código que descifrar, ego que proteger o mente que comprender.
Se sintió desnudo. Expuesto. Como si todos sus secretos hubieran sido volcados hacia afuera.
Ya no importaba lo que pensaran los otros.
El viento le rozó por el lado izquierdo.
Entonces,
con la frente en el pasto,
sin verlo,
lo supo:
El cielo se movía de lado.












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