Kū (空)
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Aquí estoy de nuevo, frente a ese silencio tenso que es el lienzo antes del primer trazo. Frente a la hoja que no dice nada pero lo contiene todo. Y pienso que quizá escribir no es más que pintar con sombras, y que pintar es una forma lenta de pronunciar tu nombre sin decirlo. Corro apenas las cortinas y la luna entra como entra un recuerdo: sin pedir permiso, inclinada, dejando una franja oblicua de luz que divide el mundo en dos, el mundo que ya fue y el que está por comenzar. La superficie blanca respira, la hoja también, y yo voy y vengo entre ambas, de aquí para allá, cruzando un puente invisible, tocando con los ojos, dudando con las manos. En la izquierda sostengo la paleta, pequeña constelación de colores primarios; rojo como el pulso, azul como el vacío, naranja como la promesa del amanecer que siempre vuelve. Los mezclo despacio, como se mezclan los recuerdos, como se mezcla el nervio con la alegría antes de un reencuentro. Con la otra mano titubeante sujeto el pincel, o la pluma, o ya no sé lo que tomo, y lo hundo en ese tono que aún no existe del todo, ese color que se parece a tu voz cuando pronuncia que pronto nos veremos. El primer trazo es siempre una caída, una entrega. Un amanecer nace arriba, tímido, abriéndose paso entre la nada absoluta, como si el mundo comenzara justo donde termina el blanco. Acto seguido vuelvo a la hoja. Y la palabra “luz” se estira, se deforma, se vuelve horizonte. Y el horizonte vuelve a ser una mancha de acuarela que corre lentamente. Tardé en adaptarme a la textura del aire que respiras, a ese modo tuyo de estar en el mundo sin empujarlo, al brillo de tus nubes que no anuncian tormenta sino calma. Tardé en aprender tus formatos de amar sin exigencias, tu manera de llenar los espacios sin ocuparlos del todo. Ahora voy y vengo, lienzo, hoja, lienzo, hoja, como si mi vida estuviera escrita con pinceladas y pintada con palabras. Y en cada regreso dejo algo tuyo: una curva que recuerda tu espalda, una frase que se parece a tu risa, una sombra que es la forma exacta de tu ausencia. Pintar es esperarte. Escribir es acercarme un poco más. Y aquí me quedo, bajo esta luz inclinada de luna, llenando cada espacio en blanco con todo lo que me haces vibrar, sabiendo que muy pronto no tendré que imaginar tu rostro en los colores ni tu presencia en las palabras, porque volveré a verte, y entonces, como siempre, el mundo se parecerá por fin a la obra terminada.











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