| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

Fata Morgana.


¿Para qué vivimos,
si el viento tras nuestros zapatos
ya se está llevando nuestras últimas huellas?
Stefan  Zweig.

A Paco:

Esto ha pasado.

Caminábamos junto al mar. José de Villavicencio miraba el agua. Yo también la miraba, aunque en realidad no veía el mar. Pensaba en un vaso de agua. Un vaso cualquiera: transparente, al alcance de mi mano. Tenía sed. Una sed absurda. Y no llevaba un solo peso. Los bolsillos vacíos. La mar rebosante de agua y yo seco por dentro. Aquella paradoja me pareció una de esas bromas que el divino creador se reserva para sí mismo.

—Dios, pensé.

—Dios me ampare, me dije.

José de Villavicencio se detuvo frente a unas aves que giraban sobre la espuma. Permaneció observándolas durante algunos segundos, como si estuviera esperando una revelación o una respuesta.

Luego señaló el horizonte.

—Los peces —dijo.

Se quedó callado.

—Las aves.

Volvió a callar.

—Ellos no se preocupan por su alimento. Por eso son plenos.

Y pensé que quizá también eran plenos porque no tenían sed. Pero permanecí en silencio.

—Eso es bíblico —continuó—. Tal vez te parezca una mamada, pero yo no lo inventé. Fue Dios. Y no deberías poner en duda la veracidad de un autor tan exitoso. Dios es invisible, pero cierto.

—Te recomiendo darle un vistazo a las sagradas escrituras, wey. —sugirió en su templanza— Podrías encontrar cosas interesantes. Una que otra respuesta a las incómodas incógnitas que te impiden conciliar el dulce sueño.  

Seguimos caminando. Las olas iban y venían. El eterno vaivén del mar, como suele decirse. Y yo pensaba que toda la literatura, toda la filosofía, toda la historia de la humanidad podían resumirse en una sola pregunta: ¿dónde consigue agua un hombre cuando no tiene dinero?

 José cerró los ojos unos segundos. Parecía escuchar algo. Tal vez el mar. Tal vez a sí mismo.

—Para escribir esa clase de historias hay que fumar mucho porro, wey. — dijo sonriendo.

—Eso pienso—continúo— Los antiguos profetas, los novelistas, los poetas. Todos esos cabrones. Fumando quién sabe qué, bebiendo vino avinagrado, rascándose la sien y el culo indiscriminadamente hasta que aparecía una frase.

Se quedó mirando la arena.

—Pero luego entendí algo. —dijo— Da igual si eres o no eres un fumeta. Lo importante es la historia.

Tomó una pequeña piedra y la lanzó al agua.

—Te cuentas una historia sobre tu vida. Pasan veinte años. Treinta. Y un día descubres que era falsa. Que viviste dentro de una narración equivocada. Que el protagonista eras tú, sí, pero el argumento estaba mal escrito. ¿Me explico?

La piedra desapareció entre la espuma de una ola batiente.

—Eso duele más que cualquier tragedia.

El viento levantó arena. Seguimos caminando. En ocasiones hablaba él y parecía ser dueño de una claridad excepcional. Pocas veces hablaba yo. Con frecuencia no hablaba nadie. Nos gustaba sobre cualquier cosa escuchar hablar a la mar.

—¿Has visto alguna película de Terrence Malick? —preguntó de pronto—. El árbol de la vida. Ahí está todo. Perderlo todo y seguir caminando. — dijo riendo.

—Como Job, wey. — añadió

—A Job le quitaron los hijos, sus pequeñas crías. Las tierras, la salud. Quiso reclamarle a Dios. Y cuentan que Dios le respondió. Imagínate. El creador del universo entero contestando una llamada.

Miró el cielo.

—Yo no sé si Dios responde. Pero sé que las preguntas permanecen. Vaya que lo sé.

Seguimos avanzando. Yo escuchaba con la atención multiplicada. Escuchaba porque tenía sed. Y porque cuando uno tiene sed escucha mejor. Escucha el cuerpo. Escucha el miedo. Escucha el paso del tiempo. Escuchaba cada paso sobre la arena a orillas de la mar.

—Nos enseñaron que se gana o se pierde —dijo José—. Pero nadie nos explicó que casi todo consiste en aprender de la pérdida. Ahí la gran lección.

Comenzó a hablar de música. De Richard Barbieri. De indescriptibles texturas sonoras. De sonidos que parecían llegar desde otra realidad. Y habló también de la estupidez. Defendió la estupidez con la pasión con que otros defienden una postura política o religiosa.  

—Ser pendejo está infravalorado, carnal —declaró—. El mundo sería más amable si dejáramos de fingir que entendemos algo.

Y por primera vez en horas tuve la impresión de que entendía algo de todo aquello que me decía. Porque la mar tampoco parecía entender nada, sin embargo continuaba llegando, inalterada. Acudía a nuestros pies y nos mojaba suavemente los dedos y las plantas. Seguía llegando y seguía retirándose, y eso bastaba para continuar caminando. Habíamos recorrido medio país en unas semanas. Dormimos en sitios que ya no recuerdo. Conocimos personas cuyos nombres desaparecieron antes que sus rostros. Vimos amaneceres que no volverían a existir. Y entonces José dijo algo que todavía recuerdo.

—No volverás a pisar los mismos granos de arena.

Miré mis pies.

—No volverá la misma ola.

Contemplé el agua.

—No volverá este instante.

Observé el horizonte.

Y por un momento sentí una tristeza extraña. Porque comprendí que todo estaba ocurriendo por última vez. Incluso aquello. Incluso nosotros. José siguió hablando. Entonces me deseó viajes. Me recomendó lecturas.

¿Has leído El retrato del artista adolescente? ¿No? Pues ya vas tarde, wey. Léelo. Confía en Joyce. Te digo, si alguna vez quieres que un libro te desordene las ideas para acomodarlas de otra forma, Joyce es el indicado. Al final todo esto se trata de encontrar una voz propia, aunque para hacerlo tengas que romper con medio mundo.

Hizo una pausa antes de continuar.

—¿No te parece que cada vez hay más personas que son la réplica exacta de otras? Obsérvalas bien: las mismas ideas, los mismos peinados, la misma ropa, las mismas aspiraciones. Todos convencidos de ser distintos mientras repiten el mismo libreto. —pareció reflexionar un segundo. Algo se está extraviando, no estoy seguro qué. Sin lugar a putas dudas yo prefiero perderme por completo antes que dejar de buscar mi propia voz. Al final, ese es el único viaje que realmente vale la pena.—dijo.

Seguimos andando sin otra brújula que el impulso del trayecto. José habló de música. Me recomendó álbumes enteros de bandas que en mis dos décadas de vida jamás había escuchado.  Me deseó conversaciones futuras con los muertos. Me deseó volver a encontrar a mi padre cuando ya no estuviera. Me deseó otra vida.  Y luego otra. Y otra más. Como si el universo fuera un camino circular y tarde o temprano todos termináramos sentados nuevamente en la misma mesa. Hablando de las mismas cosas. Riéndonos de los mismos errores.

Se detuvo otra vez.

Permaneció inmóvil unos segundos, mirando el mar como quien escucha algo que sucede muy lejos. Después elevó las manos hasta el rostro. Curvó los dedos, unió los pulgares y los índices hasta formar dos círculos perfectos. Los acercó a los ojos como si acabara de construir unos prismáticos invisibles.

Observó el horizonte.

—Qué falso es todo esto de las percepciones —dijo finalmente—. ¿Te das cuenta? Nada es verdaderamente lo que parece.

Luego me ofreció aquellos binoculares inexistentes.

Los recibí por instinto.

—Compruébalo tú mismo.

Me llevé las manos a los ojos e imité su postura.

—¿Qué ves? —preguntó—. Observa bien.

No entendía qué debía encontrar. A varios kilómetros mar adentro solo podía apreciarse la inmensa quietud del océano. El agua y el cielo parecían unidos por una costura perfecta. Nada más.

—No estás usando bien los lentes para ver de lejos —dijo—. Afina la mirada.

—Es probable que no funcionen conmigo.

—¿Cómo chingados no van a funcionar? Lo que pasa es que eres corto de miras, wey. Anda. Esfuérzate un poco.

 Volví a mirar.

 Al principio no ocurrió nada.

 Luego, cuando estaba a punto de rendirme, aparecieron unas formas difusas suspendidas sobre la línea del horizonte. Eran sombras inciertas, fragmentos de algo que parecía querer revelarse.

Parpadeé.

 Las figuras permanecieron allí.

 —Ah, cabrón —murmuré—. Creo que ya lo vi.

 Las formas comenzaron a adquirir volumen.

 —¿Es un barco flotando?

 —Sigue mirando. ¿Qué más ves?

 Continué observando.

 El barco parecía elevarse varios metros sobre el mar. No descansaba sobre el agua: flotaba en el aire, sostenido por una lógica distinta. Y detrás de él comenzaron a surgir otras estructuras. Torres. Edificios.

 Una ciudad.

 Una ciudad completa suspendida sobre la superficie marina.

 Sentí un escalofrío.

 Aquella visión poseía la consistencia de los sueños y, sin embargo, estaba ahí, delante de mis ojos. Tan nítida que resultaba imposible negarla. Tan imposible que resultaba difícil creerla.

 —Eso que ves —dijo— en realidad no existe.

 Guardó silencio unos segundos.

 —O mejor dicho: existe, pero no está donde crees que está.

 Volví a observar la ciudad flotante.

 —Se llama Fata Morgana.

 Pronunció las palabras como si revelara el nombre de un antiguo hechizo.

 —Es un espejismo superior. Una ilusión óptica. Cuando distintas capas de aire poseen temperaturas muy diferentes, la luz deja de viajar en línea recta y comienza a curvarse. Entonces actúa como si atravesara una inmensa lente atmosférica. Los objetos que se encuentran más allá del horizonte aparecen desplazados, multiplicados, estirados, invertidos o suspendidos en el aire. Lo que ves no está allí. Puede encontrarse a decenas o incluso cientos de kilómetros de distancia. Tus ojos registran algo real, pero tu mente interpreta otra cosa.

 La ciudad continuaba flotando.

 —Por eso los marineros creían ver castillos, continentes imposibles y reinos enteros elevándose sobre el mar. Pensaban que habían descubierto nuevas tierras cuando en realidad observaban imágenes deformadas por la atmósfera. La luz los engañaba. Y ellos, como todos nosotros, confundían la visión con la verdad.

 Guardó silencio.

 El océano respiraba lentamente frente a nosotros.

 —Lo más inquietante —continuó— es que no solo ocurre aquí afuera. También sucede dentro de nosotros. Pasamos la vida viendo fatas morganas. Creemos conocer a las personas. Creemos entender nuestras derrotas. Creemos saber quiénes somos. Y muchas veces no vemos las cosas como son, sino como la luz de nuestros deseos, nuestros miedos y nuestros recuerdos las deforman.

 Miré una vez más aquella ciudad imposible.

 Por un instante pareció deshacerse.

 Las torres se estiraron, se fragmentaron y volvieron a confundirse con el horizonte.

 Entonces comprendí que la realidad posee una habilidad inquietante para disfrazarse.

 Porque los ojos rara vez mienten.

 Pero casi siempre interpretan demasiado.

Arribamos a la Quinta Avenida algunos kilómetros y horas más tarde. Yo caminaba entre la multitud. Sudaba. Sudaba demasiado. Los calzoncillos pegados al cuerpo. Entre las nalgas.  Las manos húmedas. El corazón acelerado. La gente avanzaba en todas direcciones. Los anuncios brillaban por doquier. Las bocinas sonaban con toda clase de ritmos. Las luces y los adoquines parecían respirar. De pronto vi peces. Miles de peces nadando entre los locales comerciales. Atravesando los escaparates. Flotando sobre los famosos predatorios taxis blancos con franjas aqua. Las aves giraban entre la multitud de turistas y vendedores ambulantes. De pronto el océano entero se había trasladado a la Quinta Avenida.

 José de Villavicencio caminaba unos metros delante de mí. O eso creí.

 Volteó.

 Sonrió.

 Señaló el horizonte inexistente de la avenida.

 —Los peces —dijo.

 —Las aves. — dijo — ¿También las ves?

 Quise responder algo. Pero la sed regresó más grande que nunca. Tan real como Dios. Tan invisible como Dios. Y mientras el sudor me corría por la espalda y las luces comenzaban a doblarse sobre sí mismas, perdí de vista a José de Villavicencio. No preciso el momento exacto. Quizá al cruzar una calle, cuando los peces comenzaron a salir de los escaparates. Porque para entonces los peces estaban en todas partes. Nadaban entre las ventanas de los restaurantes. Atravesaban las marquesinas luminosas. Un pez enorme emergió del costado de un quiosco de información turística y desapareció detrás de una farmacia. Yo lo vi. Lo juro. Y si no ocurrió exactamente así, ocurrió de una manera muy parecida. El calor era insoportable. La Quinta Avenida parecía derretirse. Todo a mi alrededor parecía respirar. Las fachadas se ondulaban como medusas. Las luces se doblaban unas sobre otras formando geometrías imposibles. Tenía la lengua seca. La cabeza pesada. Las piernas parecían pertenecer a alguien más. Pensé por instantes que iba a desmayarme. Creí que probablemente ya me había desmayado. Seguí caminando un poco más, lo que pude. No mucho. Lo suficiente para comprender que estaba completamente extraviado. Absolutamente extraviado. No sólo en la Quinta avenida, sino extraviado dentro de mí mismo. Había olvidado por completo quién era el personaje principal de la historia. Como si hubiera leído demasiadas páginas y no recordara el comienzo. Entonces me senté en una banqueta frente a una tienda departamental.  El sudor me caía por la frente y me nublaba la visión. Observaba a la multitud pasar frente a mí. Decenas de personas disfrutando del Caribe. Cientos de vidas en la algarabía de la vacación. Me hice a la idea de que quizá todos estaban fingiendo. Que seguramente todos estaban igual de perdidos o más que yo. Busqué consuelo en ese pensamiento. Preferí tapar mis ojos con ambas manos.  Escuchaba el murmullo ir y venir. La música, las voces. El rumor lejano de algo parecido al mar. Y entonces ocurrió. Sentí una mano sobre mi hombro. Una presencia detrás de mí. No escuché pasos ni escuché su llegada. Nada. Apareció desde otra dimensión o desde una página anterior del relato. Era José de Villavicencio. Se encontraba como de costumbre sonriendo. Con una pequeña bolsa de Liverpool en la mano. Una bolsa elegante. Ridículamente elegante. Antes de que pudiera decir una palabra, sacó un frasco de perfume. Un azul y brillante. Pesado. Absurdamente caro. Lo destapó y me roció el cuello. Una vez. Dos veces. Tres veces. El aroma descendió sobre mí como una bendición química; cítricos, melón, ámbar y quién sabe qué otros menjurjes. Durante un instante desaparecieron los peces. Desaparecieron las aves también. Desapareció incluso mi sed. José guardó el frasco. Me observó como quien contempla una obra terminada. Asintió satisfecho. Y dijo:

 — ¡Eureka, wey! Aquí lo tienes: Ralph Lauren number one— prosiguió—  El mismísimo Big Pony número uno.

 —Mira, cabrón— agregó— Dios puede encargarse del hambre.

 Hizo una pausa.

 —Y quizá también Dios puede hacerse cargo de la sed.

 Otra pausa.

 La avenida entera parecía escucharlo.

 —Pero del mal olor debemos hacernos cargo nosotros mismos, ¿no crees? Lo necesitábamos.

 Y sonrió de oreja a oreja.

 Luego añadió:

—No se puede andar por la vida siendo un cochino, apestando a mierda. ¿Sí sabes eso? ¿Es de tu conocimiento? ¿No? Pues ahora ya lo sabes.  

Y siguió caminando. Como si acabara de pronunciar una de las grandes verdades de la humanidad. Lo observé alejarse entre la multitud. La bolsa de Liverpool balanceándose en su mano. Cada vez más pequeño. Hasta desaparecer. Y mientras el perfume flotaba alrededor de mí como una nube invisible, comprendí que tal vez toda sabiduría auténtica termina siendo muy parecida a una broma. A un gran chiste.  O tal vez ocurre al revés. Que las mejores bromas son, en realidad, la única forma soportable de la sabiduría.

 Me puse de pie. La mar y el bullicio seguían allí. La sed también. Pero ya no olía a derrota. Y por alguna razón que todavía no consigo explicar, eso pareció suficiente.


 «Miren las aves del cielo.
No siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo,
el Padre celestial las alimenta.
¡Y ustedes valen mucho más que las aves!»
(Mateo 6:26)

 


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