José de Villavicencio ✎ Msylder.
Así conservo el recuerdo.
Caminábamos junto al mar. Yo paseaba la vista en la distancia, con el cerebro suelto, tarareando para mis adentros una y otra vez:
A
mi playa, nadie viene
Estoy solo frente al mar…
Tarcisio, por su parte, alternaba la mirada entre mi rostro y el mar. En alguno de esos puntos parecía buscar algo que yo no podía adivinar.
Cuando sus ojos se lanzaban, como una caña de pescar, hasta el punto más lejano que le permitía la vista, se encontraban con el azul más profundo del mar. Después de unos segundos, sus ojos regresaban retraídos de golpe sin haber picado nada, mientras yo por dentro seguía entonando:
Mi
canoa, mi guitarra
Y una red para pescar…
Entonces Tarcisio volvía hacia mí, con la boca medio abierta, y en vez de eso que buscaba, encontraba mi rostro desvelado. Luego giraba apenas el cuello, como si corrigiera un error de cálculo, y lanzaba otra vez el anzuelo que volvía siempre vacío.
En eso detuve el tarareo y detuve el cuerpo también para ver a unos albatros que revoloteaban cerca de donde pasábamos.
Será porque no hay nada donde busca —pensé—, mientras me llevaba una mano contemplativa a la barbilla.
Frente a mí, los colores parecían recién salidos del horno. Los albatros giraban en el aire con una lentitud imposible. Un ligero aire levantaba granillos de arena que se reacomodaban en la inmensidad de la playa, reconfigurándola en algo distinto que sin embargo lucía de la misma manera.
Mi vista se fundió con ese espectáculo.
Y de pronto me hice híper consciente de mi cuerpo, de cada milímetro de piel. Me percaté, por ejemplo, de mi lengua, todavía adormecida por el alcohol de anoche; la punta reposaba contra los dientes inferiores, pesada, como un borracho desplomado contra un árbol al amanecer.
Pero la fiesta apenas habría de comenzar.
La sacudí con un movimiento rápido, sin decir agua va. Luego, alcé el brazo y señalé el mar.
— Los peces… —dije.
Hice una pausa intencionalmente dramática.
— Las aves…
Esperé de nuevo unos segundos antes de continuar.
— Ellos no se preocupan por su alimento. Por eso son plenos.
Él sonrió, sarcástico.
— Mateo 6:26 —dije. Tal vez te parezca una reverenda estupidez, pero no veo por qué cerrar las posibilidades.
Seguí con el índice la trayectoria de un albatros que se elevaba triunfante con un pez en el pico.
— Te recomiendo las sagradas escrituras —le sugerí—. Dios es un autor encomiable, aunque el trabajo de sus transcriptores haya dejado tanto que desear.
Advertí en el gesto de sus ojos que no era la clase de recomendación que quería escuchar, así que agregué:
— Alguna palabra nueva podrías aprender, si es que no encuentras algo más que sea de tu agrado.
Reanudé la marcha y él vino un poco atrás de mí, como una segunda sombra que apenas aprende a sincronizarse.
Las olas iban y venían al ritmo habitual de aquellas horas, sólo que ahora el sonido no llegaba a mis oídos, entraba en mí. Descendía en espirales invisibles hasta algún lugar por debajo del ombligo y regresaba por el mismo camino, erizándome la piel con cada respiración. Caminé unos pasos con los ojos cerrados, reconociendo a aquel viejo huésped que volvía a abrirse paso otra vez por mi sistema nervioso.
Tarcisio mencionó algo sobre la historia que estaba escribiendo, porque iba en serio con eso de hacer sus pininos en las letras y no quería empezar con el pie izquierdo.
— ¿No crees que está demasiado trillada?
Una galería de imágenes invadió mi mente. En todas estaba él con ese desparpajo de hojas tachoneadas entre las manos, jalándose los pelos de impotencia ante la imposibilidad de trasplantar su mente en el cuerpo de un papel en blanco.
¿O era yo?
Dudé por un instante.
Es peculiar la forma en que uno recuerda.
Ya no estaba seguro de casi nada. Por eso dije:
— Pasamos muchos años contándonos historias sobre nuestra propia vida. Hasta que un día descubrimos que es falsa. Que vivimos dentro de una narración equivocada…
Él hurgaba sus bolsillos, distraído, mientras yo decía eso.
— …Que el protagonista eras tú, sí, pero el argumento estaba mal escrito. ¿Me explico?
Asintió con seguridad, sin un segundo de reflexión, sin dejar tampoco de explorar sus bolsillos. Me pregunté qué quedaría de mis palabras cuando intentara recordarlas años después.
Dios castigó la soberbia confundiendo las lenguas.
Nadie entiende realmente a nadie. Regresé a la canción del inicio:
Esperando quien se acuerde, de mi vida el gran señor ,
y dejar la playa sola, y reunirme con mi amor…
Me incliné para recoger una concha nacarada de caracol que reposaba sobre la arena y la aventé tan fuerte como me permitieron las fuerzas. Con la mirada puesta en el horizonte pensé también: Quizá algún cangrejo ermitaño, allá en el mar, rezó a su manera —haciendo clic clac con sus tenazas— por una casa. Dios lo escuchó, como también escuchó y respondió a Job después de tanta penuria.
— ¿Conoces la historia de Job? —pregunté a Tarcisio.
Sin darle oportunidad de respuesta, le platiqué en breves palabras todo el asunto: la apuesta de Dios con el Diablo, la pérdida de sus hijos y su esposa, sus tierras, la salud. Él no pareció interesado, así que circundé el asunto para llegar a la misma idea.
— ¿Has visto el árbol de la vida? Ganó la palma de oro en Cannes. Justamente empieza con una cita del libro de Job
— ¿Quién la dirigió? —preguntó esta vez, curioso.
— Terrence Malick.
Él pareció encontrar en el nombre una pista que guardó como evidencia mientras sonreía. Quise seguir por ahí. Hablar de Job. De lo que queda cuando parece que ya no queda nada. Pero entonces Tarcisio, para sacarse otra duda agregó:
— ¿Y de quién…
Carraspeó para aclararse la garganta, luego tragó saliva con mucha dificultad. Recordé todas esas cervezas que se había bebido una tras otra. Pensé también en el justo momento cuando rechazó el agua mineral que le ofrecí. A su edad también yo seguía de largo algunas cuantas sugerencias prudentes que otros me hacían. Ahora, todo parecía tan lento que me sobraba tiempo para pensar y perderme en elucubraciones adentro mientras el mundo seguía su ritmo pausado. Tarcisio volvió a intentar hablar con mayor fuerza, pero solo logró un sonido gutural, mientras se apretaba el cogote como si quisiera enderezarse la tráquea con la mano:
— ¿De quién dices que era esa música que pusiste ayer?
— Richard Barbieri.
— Richard Barbieri —repitió por lo bajo con la misma sonrisa de antes.
Entonces me pregunté si todo aquello —los gestos de Tarcisio, el mar entrando en mí, la concha que quizá nunca recogí y el cangrejo orando fervientemente por una casa— era real o si mi cabeza comenzaba a reorganizar el mundo siguiendo una lógica distinta.
Terrence Malick.
Richard Barbieri.
Esos nombres parecían acariciar el cerebro de Tarcisio. Cada vez que los pronunciaba, el cansancio abandonaba su rostro. Como si encontrara pequeños oasis en medio del desierto. O quizá todo aquello fuera una interpretación mía. Para sacarme la duda, decidí poner a prueba aquella intuición.
— ¿Ya leíste El retrato del artista adolescente de James Joyce?
Apareció en su rostro esa sonrisa que me daba la razón. Era la misma pregunta que yo habría hecho años atrás. En ese momento quise regalarle todo el conocimiento inútil que cargaba en el cerebro, para que él llevara el peso, para que de una vez por todas supiera que solo era una carga. Aunque eso, de haber existido la posibilidad, habría sido cruel. Quizá yo estaba ahí con él para liberarlo de caer en el mismo laberinto en el que yo encontraba.
Disfrutar las cosas con las que el mismo Dios había salpicado la existencia. Sin pensar en nada.
Entre corrientes de viento trenzado, un alivio inmenso me inundaba al imaginar que mi cerebro se volvía tan ligero como la paja.
Afuera las respuestas parecían llegar muy despacio.
— ¡Uuuuuy! — respondió echando al momento el torso hacia atrás, como temiendo profanar un territorio sagrado — ¿Tú crees que estoy listo para leerlo?
No me sentí capaz de responder a eso. ¿Quién era yo para decirlo? Uno más de tantos. Poca diferencia hay entre un pez y otro, entre un grano de arena y otro.
— Te recomiendo más La Biblia —dije otra vez.
Y sin darle oportunidad esta vez siquiera de que pusiera los ojos en blanco o refunfuñara, continué:
— No volveremos a pisar esta arena… Ni veremos nunca más esas olas
Pensé en nosotros como una extensión de esa inercia marina; dos hombres caminando a la orilla, dedicados a la persecución de algo que alguien, en algún siglo remoto, empezó sin proponérselo. Un libreto que nos fue impuesto y que ahora recitábamos como si fuera nuestra propia verdad.
— ¿No te parece que somos una réplica de otras personas? De algunas que ya existieron... y de otras que ahora mismo andan por ahí, entretenidas en sus cosas.
— La mayoría son unos pendejos —dijo Tarcisio secándose el sudor de la frente con el antebrazo, luego continuó entre jadeos—. Todos convencidos de ser distintos mientras repiten lo mismo.
Esta vez lo reconocí claro. Déjà vu. Yo había pronunciado esas mismas palabras tres años antes frente a él. Entonces vi mi propio rostro en el suyo. Los versículos que había leído y escuchado tantas veces dejaron de parecer letras muertas. Ahora eran leyes claras.
Por un instante tuve miedo. No de que Tarcisio no entendiera mis palabras, sino de que las entendiera demasiado bien. De que al repetir mi camino estuviera llegando al mismo lugar del que yo todavía intentaba salir.
Sí. Tarcisio era yo, siguiendo los pasos evidentes del destino. Pensé que salvarlo era salvarme a mí mismo. Aquella comprensión me obligó a levantar la mirada al cielo. La tarea, sin embargo, se me antojó difícil, porque parecía que a Tarcisio cada vez le costaba más trabajo avanzar, como si intentara salir de arenas movedizas.
— Y eso es un alivio —respondí mientras experimentaba un verdadero descanso, como si todo mi ser ya fuera líquido y se estuviera hundiendo plácidamente en la arena para fundirse con la playa.
Con la sensación burbujeante de que el tiempo me absorbía en sus entrañas, cogí un puñado de arena y dejé que se escapara entre mis dedos
— Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.
Él parecía cada vez un poco más harto del sol y de la arena, pero no tanto como de escucharme pronunciar el nombre de Dios. Lo imaginé pensando en aquella frase que alguna vez me había parecido una revelación: Dios ha muerto. Lo vi repitiendo la frase por dentro... Y todo por culpa del libro que yo le regalé en un pasado cercano. Ahora parecía que llevaba años peleándose con un Dios en el que decía no creer.
Continuamos nuestro andar, siguiendo el camino curvado que la playa dibujaba. Pensaba en todas esas veces en que había hablado sin pensar. La muerte y la vida están en poder de la lengua. Mientras pensaba en eso Tarcisio hacía preguntas y pedía recomendaciones literarias. Su voz había empezado a hacerse visible. Y yo hablaba pausado porque examinaba cada una de mis palabras antes de pronunciarlas. Tarcisio me prestaba tanta atención que a veces me daba vértigo existencial. Como si cada palabra mía fuera a convertirse en una profecía o en un mandato sagrado.
En nuestro avance, el mar había ganado terreno sin que apenas lo notáramos. Como una persona tímida, haciendo acercamientos discretos, para conseguir un amigo. Aunque quizá solo era parte de su estrategia para enterarse de todo e ir corriendo a contarle a Dios. Acudía a nuestros pies y nos mojaba las plantas, como suplicando por un poco más de chisme. Así que decidí guardarme la lengua y dejarlo echando espuma por la boca, obligándolo a retirarse con la próxima ola, más hambriento de palabras que antes.
Después, calculé el tiempo que nos llevaría arribar a nuestro destino desde dónde estábamos. Consideré que era un tiempo perfecto para invitarlo a caminar en mis propios zapatos; a pisar la misma arena eléctrica por la que yo iba flotando. A Tarcisio le gustan mucho las sorpresas —pensé—.
— ¿Quieres? — le ofrecí, sacando de mi bolsillo el empaque, una de esas gomitas que me rechazó al inicio de la caminata.
Y por un segundo creí adivinar que iba a volver a cuestionarme
— ¿Por qué comes dulces de niño?
Pero en vez de eso, hundió la mano y yo tuve que apretar los dedos en torno al empaque para evitar que tomara más de una. De inmediato la llevó a su boca y comenzó a triturarla como si fuera una gran y jugosa fruta.
— No seas envidioso. Dame otra — dijo.
— Muchos dulces pueden picarte los dientes —les respondí sin dar más explicaciones.
Él replicó, pero yo ya estaba absorto en esa blanca formación a la distancia que repentinamente aparecía en mi visión. Quería asegurarme de que no se tratara únicamente de una distorsión en mi mente. Permanecí inmóvil unos segundos, mirando el mar como quien escucha algo que sucede muy lejos. Después me llevé las manos al rostro. Curvé los dedos, uní los pulgares y los índices hasta formar dos círculos perfectos. Los acerqué a mis ojos a manera de binoculares.
— Qué peculiar es todo esto de las percepciones —dije—. ¿Te das cuenta? No todo es siempre lo que parece.
Le ofrecí los binoculares invisibles y el fingió tomarlos. Subió las manos hasta los ojos, imitando mi postura.
— No hay nada —se apresuró a decir.
Esta vez me puse a su costado y perfilé la dirección de su mirada. Como ya había bajado los brazos, le recordé:
— Los binoculares.
Repitió el gesto de antes y esta vez entrecerró los ojos. Yo tenía la seguridad de que no podría ver lo que yo. Al menos no con la misma claridad y definición con que mi cerebro se encargaba de contornear la realidad como un dibujo.
— Ah, cabrón —murmuró—. Creo que ya vi. ¿Es un barco flotando?
Pero tampoco era una alucinación mía.
— Fata morgana. Un espejismo superior. Una ilusión óptica.
Parpadeó muy rápido, bajando los lentes invisibles; luego, dejándose llevar ya por el juego, volvió a mirar a través de los prismáticos.
— Por eso los marineros creían ver castillos, continentes imposibles y reinos enteros elevándose sobre el mar —dije—. Pensaban que habían descubierto nuevas tierras cuando en realidad observaban imágenes deformadas por la atmósfera.
Él contemplaba aquella fascinante formación con admiración. Nada es lo que parece —pensé—, mientras tanteaba el empaque de las gomitas bañadas en LSD dentro de mi bolsillo. ¿Habría rezado Tarcisio por una de ellas?
Seguimos nuestro camino, esta vez casi en completo silencio. Lanzando solamente alguna migaja de chisme insustancial al mar de vez en cuando, hasta que nuestros pies se despidieron luego de una larga caminata, de la arena para entrar en el adoquín y así poder arribar a la Quinta Avenida, donde nos colamos entre la multitud.
Tarcisio sudaba escandalosamente. Una cascada de sudor bajaba desde el nacimiento de su frente. Se sacaba sin pudor el calzón de entre las nalgas. Se hurgaba la nariz. Miraba hacia todos lados sin poder descansar la mirada en algún punto concreto. Sus pupilas revelaban demasiado su estado interior.
De pronto comenzó a quedarse atrás, como si dudara de sus pasos. Yo volteé y pregunté:
— Los peces… las aves. ¿También las ves?
Pareció
invadido repentinamente por una especie de vértigo. Se quedó inmóvil en medio
de la calle. Esperé paciente desde mi sitio alguna reacción de su parte…
Nada.
Él miraba con tal intensidad que parecía querer absorber la existencia por los ojos.
Creí que en cualquier momento iba a escuchar las trompetas del Apocalipsis. Temí que en verdad me absorbiera a mí, arrastrándome a una realidad que no era la mía, así como quizá él había sido arrastrado a la mía sin apenas darse cuenta. Tal vez por fin despertaba. Así que hui para dejar atrás aquel malviaje divino, abriéndome paso entre turistas, vendedores de artesanías y dealers que me guiñaban el ojo.
Si en el mar todo parecía bíblico, la Quinta Avenida era una Babel de lenguas de fuego. Los lugares con nombres grandilocuentes: Shambala. Aphrodite's Bar. Cairos. Wikari. Daban la bienvenida con anuncios luminosos que prometían experiencias espirituales transformadoras.
Me introduje por inercia en una tienda de luz artificial. El aire acondicionado golpeó mi cara. El frescor era tan falso como la iluminación, pero bastó para contener las ideas paranoicas que comenzaban a propagarse por mi cabeza.
Enderecé mi postura y moderé mi andar instintivamente. Respondí con amabilidad impecable a los vendedores que me saludaban. Me dejé llevar del brazo por una señorita hasta el mostrador de cristal en que me mostró una nueva fragancia. Me roció con ella en una de las muñecas y al instante sentí que era otra persona. Lima. Pomelo. Roble. Fui arrastrado por una corriente de notas aromáticas que la encargada describió pomposamente. Cuando quise darme cuenta, ya estaba frente a la caja, como si alguien hubiera adelantado unas cuantas escenas, tendiéndole mi tarjeta. El tintineo de la terminal anunció una transacción exitosa que dejaba mis arcas prácticamente vacías.
Avancé perdido entre pasillos hasta que finalmente vi la puerta. Entonces, cuando me disponía a salir del sitio, vi en la zona de libros y revistas, un montón de libros arrumbados como ladrillos de piedra negra. Las letras doradas del lomo me hicieron pensar que eran Biblias. Tomé una como si obedeciera un mandato superior. Ya sin lo suficiente en la cuenta bancaria, salí de ahí sin pagar por ella.
Volví a meterme entre la multitud de antes y me detuve en la esquina para abrirla, esperando encontrar una señal.
— Llamadme Ismael…
No era precisamente el Génesis.
Al levantar la mirada, sin andarlo buscando, lo encontré. Era Tarcisio. Sentado en la banqueta. Se estaba tapando los ojos con las manos.
Avancé hacia él con pasos discretos.
Puse una mano sobre su hombro y él se levantó de golpe con un espasmo felino. Su olor dejaba mucho que desear, pero yo tenía el remedio para ello. Saqué el perfume de la bolsa y lancé hacia él una serie de ráfagas cítricas, bañándolo por entero.
— Ralph Lauren number one — le dije.
Él se quedó viendo la botella, atravesada por las luces láser que salían disparadas de la discoteca de al lado.
— Dios puede encargarse del hambre y de la sed…Pero del mal olor debemos hacernos cargo nosotros mismos.
Lo vi desconcertado al escuchar esas palabras.
— No se puede andar por la vida apestando a mierda —agregué.
Pensé que después de todo, cada paso me había llevado hasta ese punto. Nadie nace sabiendo caminar. Tampoco aprende evitando las caídas. Pensé en el albatros que había visto tomar altura, precipitarse en caída libre para luego volver a elevarse con el pez en el pico. Sonreí. Al parecer yo también había pescado algo. Algo enorme. Lo saqué de la bolsa.
— Toma, la Biblia — dije, poniéndole el libro bajo el brazo —. Creo que te vas a llevar una sorpresa.
Él pareció erguirse triunfante, dispuesto quizá a aceptar mi recomendación de una vez por todas. Cruzando mi brazo por encima de su hombro, lo animé a retomar la marcha.
Nos dejamos atrás.
Sentados ahí y en las banquetas de otros lugares, muchos kilómetros antes.
Poco más adelante, al pasar frente a uno de los negocios llamado El Jardín de Príapo, escaparon en coro las risas de los comensales. El remate de un chiste de uno que estaba a la mesa, los tenía al borde de las lágrimas. Reí con fuerza y le tiré un codazo a Tarcisio para animarlo a reírse también. Él respondió con una risa genuina, aunque no había escuchado el chiste.
Yo tampoco lo había escuchado.
Pensé en Tarcisio y en mí como Encolpio y Ascilto. Perdidos en una bacanal antigua. La referencia me pareció más chistosa que erudita. Pensé también en la repetición de las historias a lo largo de los siglos. Me froté las manos al reconocer que era grandioso que nosotros estuviéramos ahí para experimentarlas con nuestros propios ojos, a nuestra manera. De pronto, sentí la mente más ligera.
Entre colores que parecían estallar como fuegos artificiales e imágenes que se deformaban, me entregué a esos momentos de gracia inesperada.
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