| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

Un hombre frente al mar.

 Soñé que era un hombre frente al mar.

Estaba sentado y cavaba distraídamente un pequeño pozo con los pies. Eso hacía y nada más. Escarbaba la arena y contemplaba el mar.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Lo mismo podían haber sido unos minutos que los años enteros de mi vida. Tampoco sabía por qué había elegido aquel lugar ni por qué el mar estaba frente a mí.

Sospeché que el mar no estaba allí. Que lo había inventado para tener algo frente a lo cual sentarme y postergar las cosas.

Pensé en lo bien que se puede estar cuando de escarbar arena se trata. En la inconmensurable capacidad del hombre para permanecer absorto ante la inmensidad de la naturaleza y en lo microscópica que resulta la propia existencia frente a ella.

Resté importancia al pensamiento y continué removiendo arena con ayuda de mis pies.

Cavaba porque no tenía nada mejor que hacer.

Cavaba y posiblemente llevaba años haciendo lo mismo: cavar pequeños pozos con los pies mientras las cosas verdaderamente importantes permanecían intactas en algún sitio al que ya no sabía volver.

El pozo era cada vez más profundo y me enorgullecía en silencio de aquella hazaña.

Miren todos, pensé. He cavado un pozo en la arena. Lo he hecho únicamente con la ayuda de mis pies.

No había con quién compartir mis logros en la arena, y entonces me invadió el mal del pensamiento.

Pensé en toda la vida que puede tener un hombre. En lo inmensa e importante que puede parecer mientras uno la vive. Pensé que, desde cierta distancia, una distancia que quizá sólo concede el cansancio, puede parecer increíblemente pequeña. Diminuta. Ridícula.

Y fue mientras escarbaba cuando descubrí que ahora, justamente ahora, cuando la vida comenzaba a teñirse de colores agradables, cuando algunas cosas parecían adquirir una dulzura que durante mucho tiempo no habían tenido, comenzaba también a extinguirse.

Que desde el nacimiento la vida comienza, irremediablemente, su proceso de extinción.

Aquella contradicción me pareció insoportable.

Que uno necesitara tantos años para aprender a mirar y que, cuando finalmente aprendiera a ver las cosas de una forma amable, ya no quedara suficiente tiempo para continuar observándolas.

Seguí escarbando, intentando no pensar en nada más.

Pero entonces me hice consciente de todo aquello que nunca había terminado. De las cosas que quise hacer y fui postergando. De las ciudades a las que prometí volver y nunca regresé. De las palabras que no pronuncié por miedo a que, al pronunciarlas, cambiaran el ficticio rumbo natural del destino.

Pensé en la procrastinación como parte fundamental de mi ADN. Como una forma orgánica de la existencia.

Porque mientras algo permanece pendiente todavía puede ser cualquier cosa. Un libro sin escribir puede ser una obra extraordinaria. Una vida que todavía no empieza puede ser cualquier vida. Aplazarlo todo para conservar intacta la posibilidad de hacerlo.

Y quizá por eso había aplazado tanto.

Quizá no había sido incapaz de vivir, pensé, sino incapaz de soportar que una vida concreta destruyera todas las vidas posibles.

Fue entonces cuando pensé algo peor.

Pensé que quizá no había hecho nada.

Nada verdaderamente.

Que había confundido durante años el movimiento con el avance, la preocupación con el pensamiento, el deseo con la voluntad, los planes con los actos. Que había acumulado proyectos como quien acumula objetos en una habitación para no ver el vacío de las paredes.

Y pensé, con una claridad que me produjo miedo, que quizá había pasado buena parte de mi vida fingiendo que estaba viviendo para poder soportar el peso de los años.

Y qué martirio pensar involuntariamente esto y aquello.

La trampa del ego.

El fraude interior.

El personaje y el impostor.

Aquella idea se quedó conmigo.

Seguí cavando con la mirada extraviada.

Entonces pensé en mi abuelo. No sé por qué pensé precisamente en él.

Pensé en su vida. En la vida de los hombres que vienen antes que uno. En todas esas vidas que parecen conducir inevitablemente hacia la nuestra y que, sin embargo, no nos explican absolutamente nada.

Pensé que quizá cada hombre recibe de sus muertos una pregunta que no sabe formular y pasa el resto de su existencia intentando responderla sin saber siquiera que está respondiendo.

Entonces me pregunté cuál era la mía. No encontré respuesta.

Sólo encontré arena.

Arena debajo de las uñas. Arena entre los dedos. Arena en la boca seca.

Continué excavando.

Y cuanto más profundo era el pozo, menos comprendía en qué momento había comenzado a cavar.

Pensé que tal vez ése era el verdadero propósito de mi vida: cavar hacia una respuesta que no existe en ningún sitio y continuar cavando.

La idea borró de mi rostro cualquier rastro de despreocupación.

Por un instante me pareció terrible.

Porque si no existía ninguna respuesta, entonces todas aquellas cosas que había llamado propósito, amor, trabajo, escritura, futuro, miedo, esperanza, no eran más que nombres que yo había puesto sobre el vacío para no tener que mirarlo directamente.

Entonces descubrí que dentro del pozo había otro hombre.

Estaba sentado al fondo, con las rodillas contra el pecho.

Me miraba.

Era un hombre muy viejo.

O quizá sólo parecía viejo porque estaba cansado.

—¿Qué haces ahí? —le pregunté.

—Lo mismo que tú.

Su voz era mi voz.

Eso me inquietó.

Continué cavando.

Durante un largo rato no ocurrió nada.

Sólo el roce de mis pies contra la arena.

Entonces comprendí que aquel hombre era yo.

No una versión futura de mí, como pensé al principio, sino algo más difícil de comprender.

Era yo después de haber vivido toda mi vida.

Era el hombre que yo sería si finalmente llegaba al final.

Y comprendí que llevaba años cavando hacia él mientras él llevaba años cavando hacia mí.

Nos habíamos pasado la vida buscándonos mutuamente.

Aquello me produjo una felicidad inexplicable.

El hombre del fondo levantó la mirada.

—¿Lo has hecho? —me preguntó.

No supe qué responder.

—¿Qué cosa?

—Tu vida. ¿La has vivido?

Quise decir que sí.

Quise enumerar las cosas que había amado, los lugares en los que había estado, las personas que habían formado parte imprescindible de mis días, las palabras que había escrito, las mañanas en las que había despertado convencido de que todavía quedaba tiempo suficiente.

Pero nada de eso salió de mi boca.

Porque mientras intentaba responder comprendí que una vida puede estar llena de acontecimientos y permanecer completamente vacía de sí misma.

Entonces el mar comenzó a desvanecerse.

Se retiraba lentamente, como si alguien estuviera tirando de él desde el otro lado del mundo. La inmensidad retrocedía en silencio, arrastrándose sobre la arena como una inmensa red invisible.

Creí ver el fondo del océano.

Había ciudades sumergidas.

Árboles creciendo boca abajo.

Casas con las ventanas encendidas.

Trenes atravesando lentamente las profundidades.

Una mujer pasó junto a mí llevando un enorme reloj de arena entre los brazos.

Un niño arrastraba una sombra que no le pertenecía.

Un hombre idéntico a mí caminaba en dirección contraria.

Ninguno parecía sorprendido de verme.

Yo continué cavando.

El hombre del fondo me observaba.

—¿Qué buscas? —preguntó.

No respondí.

Porque de pronto comprendí que llevaba toda mi vida haciendo exactamente eso.

Buscando algo que me permitiera justificar haber estado aquí.

Una razón.

Una señal.

Una frase definitiva.

Algo que pudiera decir: esto fue vivir.

Pero cuanto más cavaba, más arena encontraba.

Y cuanto más arena encontraba, más profundo se volvía el pozo.

La arena me llegó al pecho.

Entonces el hombre del fondo dijo:

—Ya no es necesario.

—¿Qué cosa?

—Continuar.

Lo miré.

—¿Por qué?

El hombre sonrió.

—Porque ya llegaste.

Miré alrededor.

No había mar.

No había playa.

No había horizonte.

No había siquiera un hombre al fondo del pozo.

Sólo estaba yo.

O lo que quedaba de mí.

Entonces desperté.

Estaba sentado en mi cama, a oscuras, con los pies hundidos en una montaña de arena que cubría completamente el dormitorio.

Durante unos segundos no me moví.

Pensé en mi vida.

Pensé en todos los años que había llamado futuro.

Pensé en todo lo que todavía podía hacer.

Y, por primera vez, aquella posibilidad no me consoló.

Porque comprendí que también podía ser otra forma de postergar. Y que quizá el sentido no sea algo que encontramos al final, sino algo que perdemos mientras esperamos encontrarlo.

La arena seguía entrando por debajo de la puerta.

Muy lentamente.

Como si alguien estuviera llenando la habitación desde afuera.

Me levanté.

Quise abrir la puerta.

No pude.

Al otro lado alguien estaba cavando.

Escuché el roce de los pies contra la arena.

Una vez.

Otra.

Otra vez.

Y entonces comprendí que quizá toda mi vida había sido eso: un hombre frente al mar. Un hombre sentado y cavando distraídamente un pequeño pozo con los pies.

Me quedé inmóvil.

La arena me llegaba ya a las rodillas.

Y mientras la habitación se llenaba pensé que tal vez el sentido de una vida no consistía en encontrar una respuesta, sino en descubrir, antes de que la arena llegara al cuello, si alguna vez habíamos estado verdaderamente allí.

 


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