| Lectura recomendada (CODOS EN LOS MUSLOS) |

DIA DE MUERTOS

DIA DE MUERTOS
C I C U T A ☘︎ V I R O S A

ALUVIÓN

   A Mazu:
  Cae la tarde y me refugio en la reflexión desfragmentada, contradictoria. Un vaivén de ideas inútiles. De poco sirve cerrar los ojos. Reposo en una pecera suspendida en el aire. Cenital. Horizonte de naufragios: no hay ruido, no hay gritos. No hay nada.

De niño quise ser todo aquello que he olvidado. A lo mejor estoy dormido y no he nacido aún. Habito en medio de la incertidumbre.

Por accidente descubro las malezas desbordadas: gladiolas mutiladas, nardos y dalias. Todas secas, aguardando la primavera. Estación que devuelve la belleza. Me consuela pensar que no viviré para siempre con los peces, que labraré la tierra bajo la que descansaré. Formaré parte de un jardín. ¿A cuántos jardines hemos pertenecido?

Hablé de la lluvia que vendría. Imaginé el cielo como un espejo sucio, un vidrio frágil donde habitan deidades torcidas, ángeles pervertidos. Cambia de nuevo la estación. Se avecina la tormenta. En septiembre todo se derrumba: voces lejanas, deseos inquietos. Todo cae. La luz se refracta en el horizonte y contemplo la realidad que me pertenece. Por suerte, cada cual es dueño de la suya.

Permito al tiempo transcurrir como le plazca: que se detenga o continúe sin reposo. Sigo de soslayo la trayectoria del deseo, materia inerte que no recupera su sonido. Sonido ocluso. Impecable. La guerra sin balas. Los cimientos de lo invisible se desmoronan. Se desploma lo que habitamos: intangible, abstracto, etéreo: pero nuestro.

Y ahora, el irremediable vicio de continuar sin ti. En qué remoto sitio comenzamos a extinguirnos. Ineludible tragedia. Nos queda enterrar las viejas risas. Observar la polilla al encuentro con la luz: Ascalapha odorata.

Es ahora que desandamos las calles empedradas. Se apagan una a una las farolas que iluminaron nuestros pasos. Palabras mudas desembocan en este río sin cauce. Las manos que no se tocan son puentes de humo, vapor denso, hacia un abismo irrepetible.

Descubro que todo esto proviene de la pecera suspendida en el aire. De una pequeña grieta comenzó la inmensa corriente. El vidrio frágil desbordó la tempestad. Caída lenta. Nadie avisa. Nadie recoge los restos. La forma de un abrazo. Nadie nos observa. Derrumbe lento. En fin, quién sabe adónde nos lleve todo esto. Sujeta mi mano: que nos arrastre el aluvión.





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